21/06/2026
TOMAR A PAPÁ
El movimiento que cambia lo que ningún otro movimiento puede cambiar
Hay edificios que se caen no porque les falten cimientos, sino porque les faltan columnas.
Lo vemos en consulta una y otra vez. Personas con bases sólidas —una madre que estuvo, un origen que se sostuvo, una infancia que no fue una tragedia—, y aun así, cuando llega el momento de levantar algo de verdad —una empresa, una pareja, una decisión grande, una postura pública—, el edificio se les viene abajo. No del piso. De arriba. De la altura. De donde tendría que sostenerse hacia el cielo.
Esa altura, en lenguaje familiar, se llama "padre".
¿Qué es "Tomar a Papá"?
No es perdonar. No es olvidar. No es pretender que lo que dolió no lo hizo.
Tomar al padre es un movimiento interno. Es asentir a él como es, con su luz y su sombra, con lo que te dio y con lo que no pudo darte. Desde el adulto que hoy eres —no desde el hijo o la hija herida que todavía espera—, mirarlo de frente y reconocer: "Eres mi padre. De ti recibí la vida. Lo que no pudiste darme, me toca dármelo a mí."
Hay una distinción que cambia todo cuando se entiende: tener padre y haberlo tomado no son lo mismo. Se puede tener un padre presente, vivo y accesible, y no haberlo tomado. Y se puede haber tenido un padre ausente, alcohólico, frío, ya fallecido, y haberlo tomado profundamente. Lo que importa no es la fotografía externa del padre. Lo que importa es lo que ese hombre ocupa en ti.
También hay tres palabras que la gente usa como si fueran sinónimos y no lo son: aceptar, honrar y tomar. Son tres movimientos distintos, en tres momentos del proceso, y el orden importa.
Aceptar es dejar de pelear con el hecho de que tu padre fue quien fue. No es justificar lo que dolió. Es soltar la pelea con la realidad.
Honrar es reconocer que de él vino la mitad de tu vida. Que, sin él, tú no estarías. No es idolatría. Es reconocer la cadena.
Tomar es la operación. Es darle lugar interno como tu padre, recibir de ahí la fuerza que te corresponde, y desde ahí, por primera vez, ocupar el tuyo propio.
Si la madre da la vida, el padre da la fuerza para sostenerla. Y son dos cosas distintas. Una persona puede tener mucha vida —energía, calidez, capacidad de sentir— y, al mismo tiempo, no tener fuerza. Puede recibir y no sostener. Puede empezar y no terminar. Puede amar y no aguantar.
Hay cinco verbos que el padre enseñó —o que no pudo enseñar— y que describen tanto lo que se hace con el dinero como con el cuerpo, el deseo, la palabra y la pareja. Cinco verbos. Los nombro despacio porque conviene escucharlos:
Querer. Pedir. Recibir. Sostener. G***r.
Dilo al pasar: querer, pedir, recibir, sostener, g***r. Aplícalos a tu cuenta bancaria y describe tu economía personal. Aplícalos a tu cuerpo en intimidad y describe tu sexualidad. Aplícalos a una conversación difícil en el trabajo y describe tu capacidad de negociación. Aplícalos a un café por las mañanas y describe tu permiso para el placer cotidiano mínimo.
No es coincidencia que sean los mismos.
¿Qué va a aportar a tu vida el tomar a tu padre?
Los cambios no son abstractos. Se aterrizan en lo concreto.
En tu vida profesional y financiera. Del padre se toman la fuerza para trazar objetivos y alcanzarlos, la capacidad de emprender, la claridad para tomar decisiones y el impulso para sostenerse cuando todo depende completamente de uno. Muchos bloqueos de éxito, muchos techos invisibles, mucha incapacidad para cobrar lo que uno vale —no son de carácter ni de disciplina. Son del padre interno que enseñó, sin palabras, a conformarse. "Hasta aquí está bien." Esa frase, cuando viene del padre, se hereda.
En tu vida de pareja. El tipo de personas que atraes. La forma en que te vinculas. El miedo al abandono o la incapacidad para comprometerte. El patrón de elegir a quien no está disponible. Todo eso lleva la huella de cómo fue —o cómo no fue— el primer vínculo con la figura masculina o femenina de origen.
Esto aplica igual para los hombres. Muchos hombres, sin saberlo, llegan al matrimonio como esposos simbólicos de su madre, no como esposos de su pareja real. Se desinflan en los momentos importantes. Sus parejas los sienten "presentes pero ausentes". No es que no quieran estar. Es que adentro, sin que nadie se lo dijera, aprendieron que el lugar del hombre en el hogar es acompañar, no sostener.
En tu relación contigo. La autoestima tiene padre. La capacidad de poner límites tiene padre. La claridad sobre quién eres, de dónde vienes y hasta dónde puedes llegar. Todo eso se asienta cuando los dos ríos que te forman —el materno y el paterno— fluyen hacia ti sin obstrucción.
En tu cuerpo. El cuerpo no improvisa. Cuando hay una herida del padre, el cuerpo la dice.
En cuerpos masculinos, frecuentemente como debilidad estructural: piernas, postura, dificultad para empujar, para terminar, para sostener.
En cuerpos femeninos, frecuentemente en zonas pélvicas y ginecológicas que no terminan de cicatrizar. No estoy diciendo que todos los síntomas físicos provengan del padre. Estoy diciendo que si llevas meses o años con algo que la medicina no ha podido explicar del todo, vale la pena mirar también desde acá.
No necesitamos que papá haya sido perfecto para reconocer su lugar. Podemos honrar la vida que llegó a través de él y tomar lo bueno que nos corresponde.
Cuando dejamos de luchar con nuestra historia y reconocemos a papá en nuestro corazón, recuperamos una fuerza profunda para construir nuestro propio destino.
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Frase sanadora:
"Mamá, gracias por la vida. Papá, te tomo en mi corazón tal como eres y tomo de ti la fuerza para avanzar. Con amor, hago algo bueno con la vida que recibí."
Un hijo necesita a ambos padres en su corazón para sentirse completo y caminar con mayor fuerza hacia la vida.
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¡Tu padre te dio lo que pudo. Lo que no pudo, te toca a ti. Sostente!