18/10/2025
Los destinos del objeto transicional: del juego al fetiche y la adicción
El objeto transicional, según Donald Winnicott, constituye una pieza fundamental en el proceso de diferenciación entre el mundo interno y la realidad externa. Este objeto (una manta, un muñeco, un trozo de tela) permite al niño sostener la experiencia paradójica de que algo puede ser simultáneamente creado y encontrado, es decir, producto de su fantasía, pero también perteneciente al mundo real. A través de él, el niño transita del vínculo fusional con la madre hacia una relación más autónoma con la realidad y con el otro, inaugurando así el espacio potencial del juego, la creatividad y la simbolización.
No obstante, este objeto puede seguir distintos destinos dependiendo de las vicisitudes del desarrollo emocional y de la calidad del ambiente facilitador. Cuando el entorno falla (ya sea por intrusión o por ausencia) el objeto transicional puede perder su valor simbólico y convertirse en un sustituto rígido o defensivo frente a la angustia. De ahí derivan dos posibles destinos patológicos: el objeto adictivo y el objeto fetiche.
En el objeto adictivo, el sujeto intenta restablecer, de manera compulsiva, una sensación de fusión o de completud perdida. El objeto deja de ser un símbolo y pasa a ser un medio de control sobre la ansiedad de desintegración. Ya no representa a la madre ni al vínculo con ella, sino que ocupa su lugar de forma concreta, como si en él residiera la posibilidad de calmar toda tensión. La experiencia de “jugar” se pierde y el uso del objeto se vuelve repetitivo y desesperado. Winnicott observó algo semejante en un niño que necesitaba morder constantemente una tela para poder dormirse: lo que en un principio había sido una fuente de consuelo transicional se había convertido en una adicción oral, una dependencia de la sensación física más que del significado afectivo.
Por otro lado, en el objeto fetiche, el sujeto fija la significación del objeto en un detalle o fragmento que condensa la experiencia perdida del amor y la presencia materna. A diferencia del objeto adictivo, el fetiche mantiene cierto valor simbólico, pero congelado: se convierte en un sustituto rígido de lo que alguna vez fue vivo y dinámico. En este caso, el objeto no calma la angustia de desintegración, sino la angustia de pérdida o castración. En la clínica, Winnicott describió casos de niños que sólo podían dormir si sostenían una prenda específica de su madre; al desaparecer ésta, el objeto ya no servía como puente simbólico, sino como garantía omnipotente de una unión imposible de sostener en la realidad.
Tanto en la adicción como en el fetichismo, se observa una detención de la experiencia transicional. El espacio potencial (aquel que posibilita la creatividad, el pensamiento y la capacidad de estar solo) se detiene. En lugar de abrir al sujeto al juego y a la relación, el objeto se convierte en una trampa que perpetúa la dependencia y el control.
La tarea terapéutica, desde la perspectiva de Winnicott, consistirá entonces en restituir las condiciones que permitan que el objeto vuelva a ser usado y no poseído, que recupere su carácter de mediador entre la realidad interna y la externa. Sólo así puede el sujeto volver a jugar, es decir, volver a crear su mundo sin quedar atrapado en él.