26/06/2026
¿Por qué el fútbol despierta pasiones tan intensas? ⚽
Si nos proponemos pensar el fútbol, no sólo como un deporte, sino como un fenómeno psicosocial de alcance desproporcionalmente masivo, descubrimos que, desde una mirada psicoanalítica, puede fácilmente atribuirse a que condensa muchos de los elementos fundamentales de la experiencia infantil. Fenómeno que, tal como sucede en los primeros años de vida, moviliza afectos tan intensos, que van desde la euforia y el orgullo hasta la rabia, la tristeza o incluso la violencia.
El partido mismo recuerda la estructura del complejo de Edipo. Veamos: Freud observó que el niño se desarrolla en medio de relaciones de amor, rivalidad y competencia por el reconocimiento de las figuras significativas, como sus padres. De manera análoga, dos bandos rivales compiten por un objeto valioso (el balón, la copa, el campeonato, la victoria) bajo la vigilancia de un tercero encargado de hacer cumplir las reglas. El árbitro encarna, en cierto sentido, la función de la Ley, es decir, aquello que limita, sanciona y regula el deseo de los participantes. No es casual que muchas veces las mayores frustraciones del aficionado se dirijan precisamente contra el árbitro, es decir, contra quien impide que el deseo se realice sin restricciones.
Por otra parte, el balón ocupa un lugar muy peculiar. Es un objeto que se gana, se pierde, se recupera y vuelve a perderse una y otra vez. Su vaivén constante reproduce algo de aquella experiencia descrita por Freud en el juego del Fort-Da, donde un niño arrojaba y recuperaba un carrete para simbolizar las ausencias y presencia de su madre. El juego permitía transformar una experiencia pasiva de pérdida en una actividad que podía controlar. En el fútbol encontramos una dinámica semejante, en la que poseer el balón produce ilusión de dominio, mientras que perderlo genera tensión, frustración y la necesidad de recuperarlo.
Desde Lacan, podríamos decir que el balón funciona como un soporte imaginario de aquello que siempre parece faltar y que todos buscan conquistar. En psicoanálisis se denomina "falo" al símbolo de aquello que se supone capaz de otorgar completud, reconocimiento o valor. Sin embargo, una vez alcanzado, el deseo no se consuma, pues siempre surge algo nuevo: otra meta, una nueva copa, una nueva temporada, etc. El objeto cambia, pero la falta permanece.
La identificación también ocupa en el fútbol un lugar central. El aficionado no sólo observa a los jugadores, sino que se reconoce en ellos. Sus triunfos se viven como propios y sus derrotas como fracasos personales. Basta escuchar expresiones como "ganamos" o "nos robaron el partido", pronunciadas por personas que nunca pisaron la cancha. Freud mostró que, en las masas, los individuos pueden identificarse con una misma figura ideal y experimentar una sensación de unidad que reduce las diferencias individuales. El equipo se convierte entonces en portador del ideal del yo: una imagen de fuerza, éxito, prestigio o pertenencia con la que el sujeto busca identificarse.
Por su parte, Winnicott describió cómo el desarrollo psicoemocional saludable requiere transitar gradualmente desde la ilusión de omnipotencia (la fantasía infantil de que el mundo responde a nuestros deseos) hacia la aceptación de una realidad independiente. El deporte ofrece un espacio privilegiado para revivir esta oscilación: por momentos sentimos que la victoria está asegurada, que el equipo es invencible o que "esta vez sí ganaremos"; poco después, una derrota inesperada confronta al aficionado con los límites de su control. La pasión deportiva puede entenderse entonces también como un escenario donde se juega constantemente esta tensión entre ilusión y desilusión.
Quizá por ello el fanatismo no sea simplemente una cuestión de gusto deportivo. Cuando la identificación con el grupo se vuelve absoluta, disminuyen los límites subjetivos, la responsabilidad se comparte y el adversario corre el riesgo de transformarse en un enemigo. Lo que aparece entonces no es simplemente pasión deportiva, sino el retorno de formas más primitivas de funcionamiento psíquico. La masa protege, exalta, entusiasma, pero también suspende temporalmente el juicio crítico y favorecer conductas que difícilmente asumiríamos de forma individual.
Por supuesto, estos fenómenos pueden encontrarse en muchos juegos, deportes o espectáculos colectivos. Sin embargo, pocos reúnen de manera tan clara la rivalidad por el reconocimiento, la presencia de una Ley, la experiencia repetida de pérdida y recuperación del objeto, la identificación con ideales exaltados y la pertenencia a una masa.
Es quizás por este motivo que el fútbol se vuelve un escenario privilegiado donde se actualizan, una y otra vez, algunos de los dramas fundamentales de la vida psíquica infantil.