11/07/2026
En 1809, una mujer cabalgó casi 100 kilómetros para pedir que le abrieran el abdomen en una época en la que hacerlo se consideraba prácticamente una sentencia de muerte.
Se llamaba Jane Todd Crawford y tenía alrededor de 46 años. Vivía con su esposo y sus hijos en una zona rural de Kentucky cuando su abdomen comenzó a crecer de manera alarmante.
Durante meses creyó estar embarazada. Su vientre alcanzó un tamaño enorme, el dolor se volvió constante y llegó un momento en que apenas podía mantenerse en pie o caminar.
Dos médicos llamaron al cirujano Ephraim McDowell, quien recorrió cerca de 60 millas para examinarla. Al hacerlo, descubrió que el útero tenía un tamaño normal y que aquella masa podía desplazarse de un lado a otro.
Jane no esperaba un hijo.
Tenía un enorme tumor ovárico.
En aquel tiempo no existían las ecografías, los antibióticos ni la anestesia quirúrgica moderna. Tampoco se comprendía plenamente cómo los microorganismos provocaban infecciones. Abrir el abdomen de una persona viva era considerado tan peligroso que ningún procedimiento semejante había terminado con éxito reconocido.
McDowell fue completamente honesto: no conocía una operación anterior que hubiera salvado a una mujer en aquellas condiciones. Intentarlo podía matarla rápidamente; no hacerlo significaba soportar un deterioro doloroso que también terminaría con su vida.
Jane decidió correr el riesgo.
Pero McDowell solo aceptaría operar en su casa de Danville, donde tenía sus instrumentos y podía controlar mejor las condiciones. Para llegar hasta allí, Jane tuvo que recorrer 60 millas por caminos tan difíciles que un carruaje no era una opción segura.
Hizo el viaje a caballo durante varios días.
Cada movimiento debía aumentar la presión del tumor y el dolor de su cuerpo. Aun así, continuó avanzando hacia una intervención de la que nadie podía prometerle que despertaría con vida.
La operación comenzó el 25 de diciembre de 1809 en la casa de McDowell.
No había una sala quirúrgica como las actuales. Jane permaneció consciente mientras el cirujano realizaba una incisión de aproximadamente 23 centímetros y encontraba una masa demasiado grande para extraerla completa.
McDowell abrió el tumor y retiró cerca de siete kilogramos de material. Después ligó los tejidos que lo conectaban con el cuerpo y extrajo el s**o restante, de unos tres kilogramos.
En total, la masa pesaba aproximadamente 10 kilos.
La intervención duró unos 25 minutos.
Jane había sobrevivido a la operación, pero todavía enfrentaba el mayor peligro: una hemorragia, una infección o una complicación abdominal podían matarla durante los días siguientes.
Nada de eso ocurrió.
Su recuperación fue tan favorable que, menos de un mes después, volvió a montar a caballo y emprendió el viaje de regreso a su hogar.
Vivió otros 32 años.
McDowell tardó hasta 1817 en publicar el procedimiento. Antes de hacerlo, repitió la operación en otras pacientes, consciente de que la comunidad médica podía considerar imposible —o incluso falsa— la historia de Jane.
Con el tiempo, aquella intervención fue reconocida como la primera extirpación exitosa documentada de un tumor ovárico y como uno de los acontecimientos que ayudaron a abrir el camino de la cirugía abdominal.
Durante años, la fama quedó concentrada en el hombre que sostuvo el bisturí. Sin embargo, nada habría ocurrido sin la mujer que aceptó lo impensable.
Jane no fue una paciente pasiva.
Escuchó el diagnóstico, comprendió que podía morir, tomó una decisión y atravesó decenas de kilómetros para enfrentarse a una operación que nadie podía asegurar que funcionaría.
Ephraim McDowell hizo historia al realizar la cirugía.
Pero Jane Todd Crawford hizo posible esa historia al atreverse a ser la primera en sobrevivirla.