22/06/2026
EL DOLOR DE SER PADRE SIN TI...
Hay ausencias que no entierran a los muertos… entierran partes de los vivos.
Desde aquel invierno sin calendario,
camino con una grieta escondida entre las costillas,
como un bosque que aprendió a florecer
mientras debajo de la tierra
sus raíces siguen llorando su aroma.
Los años han pasado,
pero el tiempo es apenas un río distraído;
hay dolores que no envejecen,
que se quedan suspendidos
como una estrella atrapada en el reflejo de un lago,
sin tocar jamás el fondo,
sin abandonar jamás el cielo.
Yo creí que la vida era como una montaña,
y que todo ascenso justificaba el esfuerzo,
hasta descubrir que existen abismos
que no fueron hechos para caer,
sino para aprender a sobrevivir flotando en ellos.
Tu partida fue uno.
Desde entonces,
hay amaneceres que llegan con la suavidad de una caricia,
y aun así despiertan tempestades antiguas que se muestran como traumas;
hay risas que de pronto se convierten en espejos,
y en ellos encuentro la silueta imposible
de lo que pudo haber sido.
Porque perder una hija
es ver cómo una rama desaparece del árbol,
pero seguir sintiendo su sombra cuando sopla el viento,
o cuando quema el sol.
Es contemplar jardines enteros
y recordar precisamente la flor que ya no está.
Es escuchar al mar hablar de eternidad,
mientras cada ola repite tu nombre
contra las piedras de mi memoria.
A veces el miedo me encuentra desprevenido.
Llega vestido de presente,
susurrándome que toda belleza es frágil,
que toda primavera puede romperse,
que todo milagro tiene alas,
que puedo perder a un hijo más
Y entonces comprendo
que no temo al dolor que viví,
sino al eco del dolor que todavía suele sangrar.
Como un relámpago oculto detrás de las nubes,
como una cicatriz que recuerda la forma exacta del fuego,
como una filosofía que se descubre
demasiado tarde,
o una existencia que está hecha
de más que infinitas preguntas, con infinitas sin respuestas.
Porque hay pérdidas
que no arrancan solamente una presencia.
Arrancan versiones enteras de uno mismo.
Se llevan la inocencia de los planes,
la confianza despreocupada en los mañanas,
la manera simple de mirar el horizonte.
Y sin embargo…
En medio de esta tarde interminable,
en la cual supuestamente debo celebrar la dicha de ser padre,
he descubierto algo que el sufrimiento jamás imaginó.
El amor no murió contigo.
Se transformó.
A veces en miedo, a veces en añoranza.
Ahora habita los silencios,
las fotografías,
las canciones que aparecen sin aviso,
las lágrimas que llegan cuando nadie las llama.
Habita incluso esta herida.
Y quizá por eso sigo aquí.
Porque el alma es parecida a ciertos árboles antiguos:
los incendios pueden vaciarles el centro,
pero aun así encuentran la forma de levantar hojas nuevas
hacia la luz.
No porque olviden.
Sino porque aprendieron
que recordar también puede ser una forma de florecer.
Y aunque el universo siga girando
con su indiferente perfección,
aunque las estaciones continúen cambiando
sin pedir permiso al corazón de nadie,
hay una verdad que permanece.
Tú ya no caminas a mi lado,
pero sigues creciendo dentro de mí,
como una semilla eterna
plantada en la parte más profunda del espíritu.
Y hay noches,
cuando el cielo parece abrir sus puertas de silencio,
en las que todavía levanto la mirada
y siento que la eternidad tiene tu rostro.
Escucho tu voz, te puedo oler, te puedo sentir...
Porque como dicen... recordar es volver a vivir.
Te amo hija mía con todo mi ser... Me haces falta...
Dejaste un vacío que solo tu puedes llenar.