20/04/2024
Ay, mamá.
Uno de los dolores continuos que las mujeres me transmiten en consulta, una de las rabias más persistentes y agudas tiene que ver con no haber sido entendidas, apoyadas o defendidas por sus madres.
Las hijas se duelen por la traición repetida, por la indefensión aprendida.
Se duelen por madres que no han sabido, podido o querido defender y proteger a sus hijas de la violencia de los hombres de la familia, de las agresiones internas, de las externas. De la selva del mundo.
Madres que han puesto a sus hijas al servicio de la paz familiar, que las han silenciado o que han triangulado tratando de depositar en ellas sus propios malestares de pareja o vitales.
Es un dolor este que me comparten tan nuclear, tan volcánico, que no pocas veces aprieta las mandíbulas, los labios y los puños al desenterrarse.
"No me protegió, se lo conté y no hizo nada, le confesé lo que me ocurría y se mostró pasiva, me obligó a seguir viendo a esa persona, hizo equidistancia, me pidió que me callara. Me acusó a mí del mal que recibía.
Me dejó sola."
La niña o la adolescente que fuimos clama reparación, justicia, y no entiende cómo una adulta al cargo, la que debía cuidarnos, nos provocó más daño aún o no pudo salvarnos.
Esa niña está presente y pide que alguien la coja de la mano y la saque de la oscuridad. Que se abra la puerta y haya alguien suficientemente bueno al otro lado.
Llega un momento en que las mujeres adultas entendemos más sobre nosotras y sabemos, con algo de amor, que las madres tienen su propia historia.
El máximo acto de amor de una hija adulta es saber que las madres tienen su propia historia como mujeres.
Mujeres que muchas veces han vivido también en sumisión y suboordinación sin defenderse ni protegerse y que no sabían ni cómo hacer con nosotras lo que no podían con ellas mismas.
Que los contornos de nuestras vidas tienen que ver con otras líneas rectas de traición, amor, culpa y silencio transgeneracional.
Que nuestro cuerpo en tensión y alerta viene de otro cuerpo en tensión y alerta.
Nuestra madre fue hija. Nuestra abuela fue hija, nosotras somos hijas de un linaje de mujeres viviendo situaciones y malestares similares.
No hay reparación desde la justificación vacía y patriarcal ni el espiritualismo buenista, desde un supuesto perdón obligado, pero sí hay entendimiento desde la comprensión humana.
Las madres pueden avanzar cuando se dan cuenta de VERDAD de que sus hijas son seres diferentes a ellas, diferenciados, con sus propios criterios y deseos.
El máximo acto de amor que puede hacer una madre por su hija es liberarla de la carga de tener que ser quien ella quería, su propia proyección. El máximo acto de amor es poder reconocer lo que no se pudo dar.
Siempre estamos a tiempo de poder mirar nuestra historia personal con nuevos ojos.
Y, quizá, hoy no es el día para ti, pero hay un gran descanso en poder decir:
Ay mamá.
Tengo que separarme de ti y asumir todo lo que no se dio, tengo que separarme de mi fantasía de reparación constante.
Y, a la vez, empiezo a entenderlo.
Ay, mamá, no quiero seguir transmitiendo mi mal a las que vienen detrás, ni que ellas vivan lo mismo.
Buen día, otro día.
De María Sabroso