31/07/2026
Hola! Soy Georgina Alcántara y les escribo esta historia para que si alguien se siente identificada, pueda ayudarles a saber que la lactancia no es un terrible enemigo y tampoco un campo de flores.
Hace cinco años me diagnosticaron una serie de afecciones de salud que me impedían embarazarme, no solo porque pondría en riesgo mi vida, sino también la del bebé; triste y resignada, acepté que ser mamá seria un sueño imposible, sin embargo, con los años, he aprendido que los imposibles solo viven en nuestras mentes.
Me embaracé de mi primer bebé y a pesar de que fue un embarazo de alto riesgo, nació una bebé perfecta, sana y llena de esperanza, pensé que mi sueño había comenzado y me enfrenté con un enemigo enorme, la lactancia. Esa etapa que tanto se habla y que se identifica como algo tan natural como respirar pero que a la hora de hacerlo, no tenemos ni idea.
Me enfrenté con los prejuicios y los tabúes que hay alrededor: que si no tenía la leche suficiente, que si no lo llenaba, que si no era de buena calidad pero en ese túnel, no había ninguna voz que me dijera que lo estaba haciendo bien o que no me rindiera. Pensé en desistir y dar fórmula pero algo en mi interior me decía que no debía ser así de malo, así que comencé a investigar. Conforme lo hice, le enseñé a Pedrito todo lo que encontraba y decidimos creer; así, poco a poco decidimos creer y construir muros que evitarán que otros entraran a criticar o señalar, lo que hizo que garantizara la continuidad de mi lactancia por más de un año.
El plan de hacerlo por más tiempo se vio interrumpido por una noticia mágica e inesperada, venía un segundo bebé, en la emoción deseamos que fuera igual de sencillo que el embarazo anterior pero la vida nos tenía nuevos retos. A los casi 6 meses de embarazo tuvieron que operarme del riñón porque estaba tan obstruido y tengo de líquido que en cualquier momento podía explotar y terminar nuestra existencia, la operación fue un éxito pero piso demasiado estrés en la bebé y en mi cuerpo que tuve que permanecer en reposo absoluto; después de casi dos semanas llegó la frase más horrible que cualquier mamá o papá puede escuchar: había riesgo de parto prematuro.
Iniciamos maduradores, el reposo era restrictivo a solo levantarme de la cama para ir al baño, comidas ligeras pero nutritivas porque bebé había perdido peso y si nacía ya, debía de hacerlo con el mayor peso posible. Pasaban días y noches de mucha ansiedad, rezando por un día más, porque bebé alcanzara los días en que los maduradores hacen efecto, porque tuviera un peso que garantizara su supervivencia.
De pronto, un 21 de junio de 2025, Minerva decidió nacer en el asiento de copiloto, solo fuimos ella y yo, la recibí sin ayuda entre mis brazos y el miedo más grande se hizo realidad, había nacido prematura, fuera de un hospital y no sabía si estaba bien y si sobreviviría a esa llegada tan intempestiva.
Minerva fue una bebé bendecida y vencedora porque no solo nació cuando y como quiso, sino porque contra todo pronóstico, estaba sana y salva. Teniendo 48 cm y 2.4 kg, se aferró a mi pecho que me fue imposible volver a soltarla. Sin embargo, tener a un bebé prematuro te hace darte cuenta de muchas cosas y entre ellas, que esos pequeños indefensos no pueden, en muchas ocasiones, recibir directamente la leche de sus madres y que la necesitaban para poder sobrevivir, es por eso que ante el dolor que viví y del que constaté, decidí volverme donadora de leche materna del Banco de Leche Materna del Estado de Guanajuato.
Sé que el amor no solo se transmite con abrazos, sino también en frascos con mi excedente de leche, que poco o mucho, ayuda a mejorar y garantizar la vida de muchos bebés en todo el Estado, en la que con cada gota le digo a la mamá de esos pequeños que no están solas y que la maternidad y la lactancia no es algo que se vive solas en casa, sino que nos une, nos fortalece y nos nutre. No están solas🩷