13/08/2026
LOS PSICOFÁRMACOS PROVOCAN ESTADOS MENTALES ALTERADOS
José Luis Marín lo dice sin rodeos, los psicofármacos no han curado nunca a una persona deprimida ni a alguien con un trastorno psicótico. Lo que hacen es provocar estados mentales alterados que el paciente suele preferir frente al sufrimiento que trae consigo. Esa preferencia no es un detalle menor. Es el núcleo del problema.
Marín, psiquiatra y psicoterapeuta con décadas de experiencia, sostiene que estos medicamentos no tocan lo que produce el malestar. No preguntan por la historia, no restauran vínculos rotos, no dan sentido a lo que no lo tiene y no modifican las condiciones de vida. Contienen síntomas. Y contener no es curar.
Cuando alguien lleva años o décadas tomando pastillas y sigue prácticamente igual, la evidencia es clara, no se resolvió nada. Solo se estabilizó químicamente una situación que sigue intacta por debajo.
El mecanismo es sencillo y a la vez profundo. Un antidepresivo puede subir un poco el tono vital y, sobre todo, generar una especie de indiferencia emocional. La persona se vuelve más “pasota”. El dolor ya no duele igual. El miedo se embota. La angustia pierde filo. Ese estado alterado de conciencia resulta preferible al sufrimiento original.
El paciente se alivia, puede funcionar, volver a trabajar o simplemente dejar de sentir que se está ahogando. Pero la causa sigue ahí. La depresión, dice Marín, no está en el cerebro. Está en la vida. Y ninguna pastilla cambia la vida.
Acá aparece la trampa. El sistema sanitario, apurado y sobrecargado, ofrece el recurso más rápido: EL FÁRMACO. El paciente, agotado por el malestar, lo acepta. Y de a poco se instala la idea de que el problema era un desequilibrio químico que ahora está “corregido”. Se ha hecho creer durante décadas que la depresión funciona como un déficit de serotonina, casi como la diabetes.
Marín desmonta esa metáfora. No es así. El sufrimiento humano no se reduce a una falla bioquímica. Tiene raíces en la biografía, en las experiencias adversas, en los vínculos que fallaron, en las condiciones sociales y en lo que quedó sepultado en el inconsciente.
Por eso la psicoterapia ocupa un lugar central en su planteo. No como un complemento decorativo, sino como el camino para afrontar lo que los fármacos evitan. La terapia permite mirar de frente las angustias, sacar a la luz lo que subyace, hacerlo consciente y empezar a resolverlo. No se trata de eliminar el malestar de un plumazo, sino de entender de dónde viene y qué se puede hacer con él. El fármaco puede servir en una crisis aguda, cuando el sufrimiento es tan intenso que impide cualquier otra intervención. En ese momento puede dar un respiro necesario y crear las condiciones para que otras cosas sean posibles. Pero tiene que ser un puente, no el destino.
Cuando se convierte en el tratamiento principal y se prolonga indefinidamente, cronifica. Genera dependencia, efectos secundarios y, sobre todo, la ilusión de que el problema está resuelto. El paciente aprende a preferir el estado alterado antes que el trabajo de mirarse. Prefiere la anestesia antes que la confrontación. Y el sistema lo refuerza, es más barato, más rápido y más fácil dispensar pastillas que escuchar historias y acompañar procesos.
Marín no demoniza los psicofármacos. Reconoce que en ciertos momentos salvan vidas y reducen riesgos. Pero insiste en que no son el tratamiento. El tratamiento es mirar la vida. Es preguntarse no solo “qué te pasa”, sino “qué te ha pasado”. Es recuperar la capacidad de sentir sin que todo se convierta de inmediato en un trastorno que hay que silenciar químicamente.
La preferencia por el estado alterado es comprensible. El sufrimiento duele. Pero cuando esa preferencia se vuelve crónica, se pierde algo esencial, la posibilidad de sanar de verdad. Los psicofármacos modifican la conciencia. La psicoterapia, cuando funciona, permite recuperar la propia.
Julio César Cháves
Copiado de la red.
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Y tu, prefieres despertar a la conciencia con terapias o seguirla durmiendo medicandote y lastimando tus órganos??
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