14/04/2026
Tuve una noche difícil. Era de madrugada cuando desperté intempestivamente, pero no era como todas las demás noches de angustia, donde el corazón quiere salirse y el cuarto se hace pequeño. Esta vez era distinto.
Pensé en mi versión antigua: la chica soñadora que odiaba profundamente la frase “no se puede”. Sonreí al recordarla, pero al mismo tiempo me dolió profundamente el corazón. La sentí perdida.
Llevo muchos meses sobreviviendo al caos. Sobreviviendo, repito, pues no sentía que estuviera viviendo. Desde mi diagnóstico abandoné mi cuerpo y me escondí en no sé qué parte de la conciencia… quizá en el inconsciente.
Mientras estaba en esa cama de hotel, algo en mí quería salir corriendo. Tenía una sensación en el cuerpo que no sé cómo explicarla; era más que ansiedad. Después, comencé a recordar la sonrisa de mi padre, la de mi madre, la de mis hermanos, la de mi esposo y la de mis hijas, y sentí un llanto que salió de lo más profundo de mi pecho. Me ahogaba. Como pude, resistí.
Al día siguiente me sentía extremadamente cansada, como es de imaginarse, víctima del desvelo. Pero pasó algo increíble: volví. Volvía a sentirme yo, a sentirme viva, a sentir el dolor, pero también la alegría.
Aún estoy procesando la experiencia, pero hay mucho que entender al respecto. Llevo ya una semana en la que retomé algunas actividades sencillas, pero que me hacen sentir útil y presente.
Pensé que no existía nada peor que sentirse derrotado, pero sí lo hay: no poder sentirlo.
Vive tus procesos. Vive tu enojo, tu tristeza y tus alegrías. Muchas serán experiencias difíciles de atravesar, pero valen la pena.