01/08/2025
Llegamos a casa y la noté rara.
Seria. Irritable. Como malhumorada.
Ya sé que muchas veces eso va con la edad… pero también sé que, como cuando era chiquita, hay señales que el cuerpo lanza antes que las palabras.
Cuando era bebé, lo primero que revisabas era el pañal, la siesta, la leche.
Ahora que es adolescente, es igual… solo que más sutil.
Mientras preparábamos la comida, me dijo:
“Estoy cansada y me siento irritada.”
Yo solo respondí bajito:
“Tal vez tienes hambre o sed… ¿por qué no preparas un agua y le pones hielo? Tal vez te la tomas en lo que está la comida.”
Medio refunfuñó.
No insistí.
Seguí con lo mío.
Unos minutos después la vi: hizo el agua, puso la mesa, y se sentó a tomarla en silencio.
Y fue entonces, sin empujarla,
que empezó a hablar. A contarme lo que en verdad traía: algo con sus compañeros, algo que le había dolido. Lo traía atorado.
Comimos. Y su ánimo cambió.
Hoy tuve la precaución de no empujar la conversación, de no hacer preguntas antes de asegurar lo básico: agua, alimento, espacio.
A veces no es que no quieran hablar.
Es que no pueden… todavía. Y acompañarlos también es eso: leer las señales sin forzar las respuestas.
Sostener la calma… para que ellos encuentren la suya.
MO