13/06/2026
El costo invisible de la entrega absoluta e incondicional dentro de una relación de pareja: la estafa emocional y económica.
Una de las violencias más normalizadas, más silenciadas, más escondidas en la vida cotidiana de las mujeres es la estafa emocional y económica que muchas veces ocurre en el interior de la familia. Esa dinámica donde los hombres no sólo se desentienden de la corresponsabilidad económica, sino que además construyen patrimonio personal a costa del trabajo, la entrega y el sacrificio de las mujeres que aman.
Marcela Lagarde nos enseñó a identificar los cautiverios de las mujeres, esos lugares donde, sin barrotes visibles, nos quedamos atrapadas en el mandato de amar, de cuidar, de sostener, de ser buenas mujeres. Las mujeres aprenden a entregarlo todo: el dinero, el tiempo, el cuerpo, la salud, la vida. Y lo entregan convencidas de que así funciona el amor. Pero ¿quién nos enseñó que amar era darlo todo sin recibir lo mismo a cambio? La misma cultura que también nos juzga cuando buscamos ser felices sin cumplir con los mandatos de género, cuando elegimos ser nuestra prioridad y nos señalan como “egoístas.
Clara Coria, desde su lúcida crítica al poder del dinero en las relaciones, nos muestra que el dinero no es neutro, el dinero es poder. ¿Por qué los hombres no dan cuentas de su dinero, mientras las mujeres tienen que justificar cada peso que gastan? ¿Por qué ellas aportan todo al gasto diario, a la comida, a la escuela de los hijos, mientras ellos guardan, invierten, construyen… pero no para la familia, sino para sí mismos?
El patrimonio que ellos presumen haber “construido” muchas veces se erige sobre la espalda de una mujer que sostuvo todo: los pagos, la crianza, la casa, la relación. Muchas veces cuando esos hombres encuentran a otra mujer que les parece más útil, más joven o simplemente una mujer más a quien estafar emocionalmente o económicamente, entonces llegan los reproches: “yo lo compré”, “yo lo construí”, “esto es mío”. Pero no, no lo hicieron solos. Lo hicieron porque hubo una mujer que sostuvo lo invisible, lo no contado: los gastos cotidianos, las jornadas dobles, las noches sin dormir, las preocupaciones eternas. Lo hicieron porque esa mujer, mientras ellos acumulaban bienes, acumulaba cansancio, frustración y soledad.
Eso es violencia económica.
Eso es violencia psicológica.
Eso es despojo.
Eso es estafa.
El dinero, como dice Clara Coria, es también un dispositivo de control: quien lo administra, quien lo guarda, quien lo pone a su nombre, tiene el poder. Y las mujeres, atrapadas en el mandato de cuidar y amar, muchas veces no se dan cuenta de que están siendo usadas, de que están sosteniendo no sólo la casa, sino la comodidad del otro, mientras ellas mismas se abandonan.
Este texto es para ti, que estás ahí preguntándote si lo que vives es violencia.
Sí, lo es.
Es violencia cuando no te permite crecer, cuando te obliga a entregar todo sin reciprocidad, cuando te hace sentir que no tienes derecho a pedir, a guardar, a tener algo propio. Es violencia cuando el dinero del otro siempre está lejos, siempre es ajeno, pero el tuyo es común, es de la familia, es de todos.
No te sientas culpable por darte cuenta. No te sientas culpable por querer salir.
Reconocerlo es el primer paso.
— Yolitzin Jaimes Rendón