13/05/2026
EL DISCURSO DEL ADICTO
El discurso del adicto se configura como un tejido de quejas: una interpelación dirigida al Otro, una demanda de alivio, de solución, de rescate frente al sufrimiento. Pero en esa demanda late también una acusación: el dolor se atribuye a una fuente externa, al Otro, como si la causa de la herida estuviera siempre fuera del sujeto. El dilema humano, sin embargo, es que el Otro efectivamente participa en la génesis del sufrimiento, pero el sujeto no puede abdicar de su responsabilidad: está condenado a cargar con la tarea de vivir con ese hecho, de asumirlo en su existencia.
La adicción aparece como un intento de evitar este dilema radical. Repite la escena en otro nivel, pero de manera destructiva: por un lado, se presenta como independencia respecto del Otro, como si el sujeto pudiera prescindir de él; por otro, lo encadena a la repetición compulsiva del consumo. En el campo clínico, este acto debe leerse como un llamado de ayuda, como síntoma que habla. El problema es que la aparente independencia de la adicción frente al Otro complica la transferencia: el sujeto adicto puede intentar huir del encuentro con el deseo del Otro que la relación analítica convoca, refugiándose en la sustancia para evitar la angustia y la incertidumbre que trae consigo el proceso terapéutico.
Aquí podemos situar una de las pocas (quizá la única) referencias que Lacan hace a la adicción: “todo aquello que permite escapar de este matrimonio (con el falo) es claramente muy bienvenido, esa es la razón del éxito de las dr**as, por ejemplo; no hay otra definición para las dr**as que esta: es lo que permite romper el matrimonio con el pequeño pipi”(Seminario 23). Es decir, la sustancia funciona como un atajo para evitar la castración simbólica, ofreciendo una potencia suplementaria que el sujeto administra a voluntad.
Roberto Reyes