LaCuesta. Lupita Iñigo

LaCuesta. Lupita Iñigo Psicológica Clínica, Neuropsicología, TCC. Atención en Psicoterapia Especializada. Atención Personalizada, vía Zoom

13/05/2026

EL DISCURSO DEL ADICTO

El discurso del adicto se configura como un tejido de quejas: una interpelación dirigida al Otro, una demanda de alivio, de solución, de rescate frente al sufrimiento. Pero en esa demanda late también una acusación: el dolor se atribuye a una fuente externa, al Otro, como si la causa de la herida estuviera siempre fuera del sujeto. El dilema humano, sin embargo, es que el Otro efectivamente participa en la génesis del sufrimiento, pero el sujeto no puede abdicar de su responsabilidad: está condenado a cargar con la tarea de vivir con ese hecho, de asumirlo en su existencia.

La adicción aparece como un intento de evitar este dilema radical. Repite la escena en otro nivel, pero de manera destructiva: por un lado, se presenta como independencia respecto del Otro, como si el sujeto pudiera prescindir de él; por otro, lo encadena a la repetición compulsiva del consumo. En el campo clínico, este acto debe leerse como un llamado de ayuda, como síntoma que habla. El problema es que la aparente independencia de la adicción frente al Otro complica la transferencia: el sujeto adicto puede intentar huir del encuentro con el deseo del Otro que la relación analítica convoca, refugiándose en la sustancia para evitar la angustia y la incertidumbre que trae consigo el proceso terapéutico.

Aquí podemos situar una de las pocas (quizá la única) referencias que Lacan hace a la adicción: “todo aquello que permite escapar de este matrimonio (con el falo) es claramente muy bienvenido, esa es la razón del éxito de las dr**as, por ejemplo; no hay otra definición para las dr**as que esta: es lo que permite romper el matrimonio con el pequeño pipi”(Seminario 23). Es decir, la sustancia funciona como un atajo para evitar la castración simbólica, ofreciendo una potencia suplementaria que el sujeto administra a voluntad.

Roberto Reyes

Una persona propone un tema especialmente delicado: el duelo por suicidio y, en particular, la culpa que suele aparecer ...
27/04/2026

Una persona propone un tema especialmente delicado: el duelo por suicidio y, en particular, la culpa que suele aparecer de manera casi inevitable en quienes quedan. Es una forma de duelo profundamente compleja, no solo por la pérdida en sí, sino por la manera en que irrumpe. A la ausencia se le suma el impacto, las preguntas sin respuesta, la necesidad de encontrar sentido y, con mucha frecuencia, una culpa persistente que puede volverse una de las partes más difíciles de elaborar.

El duelo por suicidio tiene una carga particular porque no solo confronta con la muerte de alguien querido, sino con una muerte que suele sentirse imposible de integrar desde la lógica afectiva. Quien queda no solo atraviesa el dolor de la pérdida, también queda expuesto a una pregunta insistente: por qué ocurrió. Y cuando esa pregunta no encuentra una respuesta clara, la psique intenta producir una. Muy a menudo, esa respuesta toma la forma de culpa.

La culpa aparece porque ofrece una ilusión de control. Pensar “debí haber visto algo”, “podría haber hecho más”, “si hubiera dicho otra cosa”, duele, pero también organiza. Es una forma dolorosa de intentar hacer comprensible lo incomprensible. Si hubo algo que uno no hizo, entonces el mundo todavía conserva una lógica: algo podría haber evitado el desenlace. El problema es que esta forma de pensamiento, aunque comprensible, suele convertirse en una trampa psíquica.

En muchos casos, la culpa no expresa responsabilidad real, sino impotencia. Lo que duele no es solo creer que se falló, sino descubrir que no siempre es posible salvar a quien sufre. Y esa es una de las verdades más difíciles de aceptar en este tipo de duelo. Amar a alguien no siempre da acceso a su mundo interno completo. Estar cerca no siempre significa poder ver lo que el otro no pudo decir, no supo mostrar o no logró compartir.

Esto no significa que no haya preguntas legítimas, zonas grises o aspectos dolorosos para revisar. Pero revisar no es lo mismo que condenarse. El trabajo no consiste en negar toda culpa de manera automática, sino en diferenciar con honestidad lo que pertenece a la responsabilidad real de lo que pertenece a la necesidad de encontrar una explicación soportable.

El duelo por suicidio también suele quedar atravesado por otras emociones difíciles de admitir: rabia, desconcierto, sensación de abandono, incluso resentimiento. Estas emociones no niegan el amor. Forman parte del impacto. Muchas veces quien queda no solo llora la pérdida, también carga con el peso de haber sido dejado con algo imposible de comprender del todo. Y eso también necesita poder pensarse sin culpa añadida.

Trabajar este duelo implica aceptar que probablemente no habrá una respuesta completamente satisfactoria. Esta es una de las partes más dolorosas: el suicidio rara vez deja un cierre emocional claro. Por eso, una parte importante del proceso no es encontrar una explicación perfecta, sino aprender a sostener la ausencia sin quedar atrapado indefinidamente en la búsqueda de una causa total.

También implica mover el eje lentamente. Pasar de la pregunta “qué hice o qué no hice” a una más difícil, pero más verdadera: “cómo acompaño ahora el dolor que esto dejó en mí”. Esa transición no borra el amor ni la pérdida, pero empieza a sacar a la culpa del centro.

El duelo por suicidio no se trabaja olvidando ni resolviendo por completo lo sucedido. Se trabaja permitiendo que el dolor encuentre un lugar donde no tenga que convertirse todo el tiempo en acusación contra uno mismo. La culpa suele aparecer primero porque ofrece una explicación.
El trabajo más profundo comienza cuando esa culpa puede empezar a ceder lugar al dolor real, a la impotencia real y, con el tiempo, a una forma más honesta y menos cruel de recordar.

24/04/2026

Una persona nos comparte, de forma anónima, una experiencia profundamente compleja marcada por múltiples pérdidas, vínculos dolorosos y una sensación persistente de agotamiento emocional. A lo largo de su vida ha atravesado situaciones muy difíciles: la pérdida de un hijo, el distanciamiento de otros hijos sin cierre claro, relaciones de pareja donde hubo daño y violencia, y una red familiar lejana o ausente.

En el presente, esta persona continúa en un vínculo donde sigue ocupando el lugar de sostén, no desde el deseo, sino desde la necesidad del otro. Y en medio de todo esto, aparece una vivencia interna muy fuerte: sentirse vacía, sin energía, sin paz, con dificultades para dormir y con una sensación de desconexión profunda de la vida. El llanto no siempre se expresa hacia afuera, pero internamente el dolor sigue activo, como si no hubiera tenido un espacio real para procesarse.

Este tipo de experiencia suele aparecer cuando una persona ha tenido que sostener demasiado durante demasiado tiempo, sin haber sido suficientemente sostenida. No se trata de debilidad, sino de un sistema emocional que ha llegado a un límite. El cuerpo y la mente comienzan a manifestarlo a través del agotamiento, el insomnio, la desconexión y el deseo de retirarse del mundo.

También se observa un patrón importante: la tendencia a seguir cuidando y sosteniendo a otros incluso cuando internamente ya no hay recursos disponibles. Esto, aunque muchas veces nace del amor o de la responsabilidad, puede terminar profundizando la sensación de vacío, porque deja sin espacio a las propias necesidades.

El deseo de estar en silencio, de aislarse o de no responder constantemente no necesariamente es un problema, sino una señal de que la psique necesita descanso, límite y reconstrucción interna. Es un intento de proteger lo poco que queda de energía.

Este tipo de situaciones requieren una mirada cuidadosa y, en muchos casos, acompañamiento profesional. No porque la persona no pueda salir adelante, sino porque el nivel de carga emocional acumulada supera lo que puede elaborarse en soledad. Poder hablar, ser escuchado y empezar a reorganizar la experiencia en un espacio seguro es un paso importante.

El eje de este tipo de procesos no es “seguir siendo fuerte”, sino comenzar, poco a poco, a dejar de sostener todo sin sostenerse a uno mismo. Reconocer el límite no es rendirse, es el inicio de un cambio necesario.

Cuando la vida se ha vivido en función de los otros durante tanto tiempo, el desafío más difícil —pero también más importante— es empezar a preguntarse, aunque cueste:
¿qué necesito yo ahora?

09/03/2026

No soy Yo
se están usando mis fotos de perfil de FB y WhatsApp

Bloquearlo es estafa

07/03/2026

Autismo: La evidencia científica frente a la narrativa de la culpa.

En 2019 se publicó una de las investigaciones más robustas de la historia sobre la heredabilidad del autismo. El estudio analizó a más de 2 millones de niños en Suecia, Dinamarca, Finlandia, Israel y Australia. Los hallazgos principales son contundentes:
La heredabilidad del autismo se estimó en un 80%.
Los llamados "efectos maternos no genéticos" (estrés durante el embarazo, infecciones, condiciones del entorno, etc) aportaron entre 0,4% y 1,6%.
Estos datos indican que el autismo es, ante todo, un neurotipo con una base genética extremadamente fuerte. Si la carga genética está presente y supera el umbral biológico, la persona será autista independientemente del país o las condiciones ambientales del embarazo. El ambiente no tiene la capacidad de "borrar" o evitar esta configuración genética.

Es fundamental comprender que el autismo no es una consecuencia de factores externos controlables por la madre. Estos resultados permiten eliminar culpas infundadas sobre las madres y enfocar los esfuerzos en los apoyos y la calidad de vida que cada persona autista requiere.

Si quieres profundizar en los detalles de esta investigación te comparto las referencias.
¿Qué es lo más "extraño" o doloroso que te han dicho que "causó" el autismo de tu hijo? Vamos a desmentir mitos juntos en los comentarios 👇

Referencias:
Bai, D., Yip, B. H. K., Windham, G. C., et al. (2019). Association of Genetic and Environmental Factors With Autism in a 5-Country Cohort. JAMA Psychiatry, 76(10), 1035–1043.

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