Psic. Alejandra Monsreal.

Psic. Alejandra Monsreal. Una página creada con el fin de promover el equilibrio y el bienestar emocional.

A veces no dañamos a las personas por lo que hicieron, sino por lo que necesitamos creer de ellas.Hay conflictos que com...
23/08/2026

A veces no dañamos a las personas por lo que hicieron, sino por lo que necesitamos creer de ellas.

Hay conflictos que comienzan mucho antes de que alguien diga algo.

Comienzan cuando dejamos de preguntar y empezamos a interpretar.

Cuando una indicación nos incomoda y, en lugar de preguntarnos qué nos está pasando con ella, pensamos:

“Lo hace porque me quiere perjudicar.”

Cuando alguien nos pone un límite y lo convertimos en una ofensa.

Cuando alguien ocupa una posición de autoridad y nuestra dificultad para aceptar que no siempre podemos hacer las cosas como queremos termina convirtiéndose en enojo, resistencia o descalificación.

Y entonces construimos una historia.

La contamos.

La compartimos.

Encontramos a alguien que la confirme.

Y poco a poco, nuestra interpretación comienza a convertirse en una verdad sobre el otro.

“Es una persona injusta.”
“Me tiene algo.”
“Siempre hace lo mismo.”
“Lo hizo para hacerme quedar mal.”

Pero, ¿qué pasa si no fue así?

¿Qué pasa si parte de lo que estamos viendo también habla de nuestra propia dificultad para aceptar un límite, recibir una observación o reconocer que quizá no tenemos toda la razón?

La humildad emocional también consiste en poder preguntarnos:

“¿Y si estoy equivocado?”

No es una pregunta sencilla.

Porque implica aceptar que nuestra percepción puede estar incompleta.

Que alguien puede señalarnos algo que no queremos escuchar.

Que una autoridad puede tomar una decisión que no nos gusta y eso no significa necesariamente que quiera dañarnos.

Y que recibir una indicación, una crítica o un límite no tiene por qué convertirse en una amenaza contra nuestra dignidad.

Esto no significa justificar abusos ni aceptar cualquier forma de autoridad.

Hay límites que deben cuestionarse.

Hay injusticias que necesitan ser señaladas.

Y hay relaciones en las que debemos defendernos.

Pero defendernos requiere algo diferente a desacreditar al otro.

Podemos no estar de acuerdo sin convertir al otro en una mala persona.

Podemos sentirnos molestos sin construir una historia para justificar nuestra molestia.

Podemos recibir una corrección sin sentir que hemos perdido.

Y podemos reconocer nuestra parte sin sentir que eso nos hace menos valiosos.

Porque quizá una de las formas más silenciosas de inmadurez emocional sea esta:

necesitar que el otro sea el culpable para no tener que mirar nuestra propia participación en lo que ocurre.

Y cuando hacemos eso, no solamente nos hacemos daño a nosotros mismos.

También podemos dañar profundamente a la persona sobre la que construimos esa historia.

Porque nuestras palabras tienen consecuencias.

Lo que decimos de alguien puede cambiar la manera en que otros lo miran.

Una interpretación repetida puede convertirse en una reputación.

Y una versión contada muchas veces puede terminar pareciendo verdad, aunque nunca hayamos tenido la humildad de preguntarle al otro qué ocurrió realmente.

Por eso, antes de juzgar, señalar o hablar de alguien, quizá valga la pena detenernos un momento y preguntarnos:

¿Estoy hablando desde lo que sé… o desde lo que necesito creer?

Porque la madurez no consiste en tener siempre la razón.

A veces consiste en tener la humildad suficiente para descubrir que también nosotros podemos estar equivocados.

Y quizá ahí comienza una manera mucho más humana de relacionarnos:

cuando dejamos de necesitar destruir la imagen del otro para poder sostener la nuestra.

Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

Las palabras también pueden convertirse en una forma de violencia.En el trabajo hablamos mucho de productividad, resulta...
22/08/2026

Las palabras también pueden convertirse en una forma de violencia.

En el trabajo hablamos mucho de productividad, resultados y responsabilidades.

Pero pocas veces hablamos de lo que puede ocurrir cuando un espacio laboral se convierte en un lugar donde circulan rumores, se descalifica a una persona, se habla de ella a sus espaldas o se le niega la posibilidad de explicar su propia versión.

Hay algo todavía más doloroso:

cuando quien tiene autoridad escucha siempre a la misma persona y deja de escuchar a quien está siendo señalado.

A veces por amistad.

Por parentesco.

Por cercanía.

Por confianza.

O simplemente porque alguien aprendió a contar primero su versión.

Y cuando eso ocurre, una persona puede comenzar a sentirse invisible dentro de su propio lugar de trabajo.

Deja de hablar.

Deja de defenderse.

Empieza a medir sus palabras.

Duda de sí misma.

Y poco a poco, el trabajo deja de ser solamente trabajo.

Se convierte en un lugar donde tiene que estar constantemente protegiéndose.

Por eso también necesitamos hablar de la responsabilidad que tenemos con nuestras palabras.

Porque decir:

“Yo no quise decir eso.”

no borra necesariamente el impacto que nuestras palabras tuvieron.

Y decir:

“Solo estaba bromeando.”

tampoco convierte automáticamente el daño en algo inocente.

La intención importa, pero el impacto también.

Una palabra puede desacreditar.

Una mentira puede aislar.

Un rumor puede romper una relación laboral.

Una burla repetida puede deteriorar la seguridad de una persona.

Y cuando estas conductas se normalizan, el daño no se queda en el momento.

Puede llegar a afectar la confianza, la autoestima, la motivación y la manera en que una persona vive su trabajo.

Por eso, quien dirige un equipo tiene una responsabilidad todavía mayor:

no creer automáticamente al que habla más fuerte.

Preguntar.

Escuchar.

Contrastar.

Dar voz a quien está siendo señalado.

Y no utilizar la confianza, la amistad o los vínculos personales para decidir quién merece ser escuchado y quién no.

Porque liderar también significa cuidar la dignidad de las personas.

Y quizá antes de repetir una historia sobre alguien, antes de hacer un comentario, antes de tomar partido, valdría la pena preguntarnos:

¿Estoy buscando comprender lo que ocurrió… o estoy contribuyendo a que alguien sea lastimado?

Las palabras no son pequeñas cuando caen sobre alguien que ya se siente solo.

Lo que decimos puede herir.
Lo que creemos puede excluir.
Y lo que decidimos escuchar puede proteger o destruir.

Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

Un jefe también puede convertirse en el clima emocional de un equipo.A veces creemos que un buen jefe es aquel que logra...
21/08/2026

Un jefe también puede convertirse en el clima emocional de un equipo.

A veces creemos que un buen jefe es aquel que logra caerle bien a todos.

El que evita decir que no.

El que no quiere incomodar.

El que escucha todos los rumores antes de preguntar directamente.

El que prefiere no poner límites para no generar conflictos.

Pero hay algo que quizá necesitamos decir con honestidad:

un jefe no está para caerle bien a todos. Está para liderar.

Y liderar implica tomar decisiones que no siempre serán populares.

Implica escuchar antes de juzgar, preguntar antes de asumir, poner límites, sostener acuerdos y, cuando es necesario, atravesar conversaciones incómodas.

Porque cuando un jefe tiene miedo de confrontar un problema, el problema no desaparece.

Se queda en el equipo.

Se convierte en rumores, bandos, desconfianza, silencios y desgaste.

Y hay algo todavía más injusto:

cuando no se ponen límites a quienes no cumplen, muchas veces el peso termina recayendo sobre quienes sí trabajan.

Son ellos quienes compensan.

Quienes resuelven.

Quienes se cansan.

Quienes comienzan a preguntarse:

”¿Para qué esforzarme si al final da lo mismo?”

Un buen líder no necesita ser una “monedita de oro”.

No necesita que todos estén de acuerdo con él.

Necesita ser claro, congruente y justo.

Debe poder escuchar a todos sin convertirse en rehén de todos.

Debe saber diferenciar entre escuchar una preocupación y alimentar un chisme.

Entre comprender un conflicto y tomar partido.

Entre ser empático y dejar de ejercer su responsabilidad.

Porque la empatía sin límites puede convertirse en permisividad.

Y la permisividad sostenida también desgasta a un equipo.

Un liderazgo saludable no consiste en evitar el conflicto.

Consiste en tener la madurez para atravesarlo.

Hablar con quien corresponde.

Escuchar las distintas versiones.

Reconocer cuando se ha cometido un error.

Respaldar al equipo cuando corresponde.

Y también decir “esto no está bien” cuando es necesario.

Porque detrás de cada puesto hay una persona.

Y las personas no solamente se cansan por trabajar demasiado.

También se cansan de trabajar en lugares donde sienten que la justicia depende de quién habla más fuerte, quién cae mejor o quién logra influir más.

Por eso, si tienes personas a tu cargo, quizá valga la pena preguntarte:

¿Estoy liderando desde la responsabilidad… o desde el miedo a no caerle bien a alguien?

La respuesta puede decir mucho más de tu liderazgo de lo que imaginas.

Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

Hay personas que prefieren ganar una discusión antes que cuidar una relación.Y quizá una de las cosas más difíciles de a...
18/08/2026

Hay personas que prefieren ganar una discusión antes que cuidar una relación.

Y quizá una de las cosas más difíciles de aprender en nuestras relaciones es que no todas las personas saben atravesar un conflicto de la misma manera.

Hay quienes hablan.

Preguntan.

Aclaran.

Piden disculpas cuando se equivocan.

Intentan llegar a acuerdos, incluso cuando eso significa ceder un poco.

No porque sean débiles.

Sino porque entienden que una relación no debería convertirse en una batalla para decidir quién tiene la razón.

Pero también hay quienes, frente al conflicto, necesitan ganar.

Entonces aparecen los silencios, los comentarios a espaldas, las alianzas, las burlas, las indirectas…

Y cuando alguien intenta acercarse para hablar, pueden interpretar ese gesto como una derrota.

Como si escuchar fuera perder.

Como si pedir disculpas significara ponerse por debajo del otro.

Como si llegar a un acuerdo fuera permitir que alguien “ganara”.

Y ahí ocurre algo doloroso:

La persona que intenta reparar termina preguntándose si hizo mal en acercarse.

Si habló demasiado.

Si debió quedarse callada.

Si hubiera sido mejor no decir nada.

Pero hablar de lo que nos pasa no es el problema.

El problema aparece cuando intentamos construir un diálogo con alguien que todavía entiende el vínculo desde la competencia.

La madurez emocional no consiste en nunca equivocarnos.

Consiste también en poder escuchar algo que nos incomoda sin necesitar defendernos inmediatamente.

En poder decir:

“Sí, te lastimé.”

Y aceptar una disculpa sin convertirla en una oportunidad para humillar al otro.

Porque una disculpa no debería convertirse en una nueva forma de poder.

Cuando alguien dice “perdón”, no está necesariamente diciendo:

“Tú ganaste y yo perdí.”

Está diciendo:

“Pude mirar mi parte y reconocer que algo de lo que hice tuvo un impacto en ti.”

Y quizá eso sea una de las formas más difíciles de madurez:

poder reparar sin convertir la reparación en una competencia.

No todos los conflictos se resuelven.

No todas las personas están disponibles para hablar.

Y no siempre podemos encontrarnos a mitad del camino.

Pero sí podemos elegir cómo queremos estar nosotros frente al conflicto.

Sin chismes.

Sin juegos de poder.

Sin humillar.

Sin utilizar aquello que el otro nos confió para lastimarlo después.

Porque al final, relacionarnos con madurez no significa evitar el conflicto.

Significa no convertir al otro en nuestro enemigo cada vez que algo nos duele.

Y quizá una pregunta que vale la pena hacernos sea:

¿Cuando tengo un conflicto, estoy intentando comprender y reparar… o estoy intentando ganar?



Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

No todo conflicto significa que una relación está mal.Vivimos en una época en la que cualquier desacuerdo puede converti...
13/08/2026

No todo conflicto significa que una relación está mal.

Vivimos en una época en la que cualquier desacuerdo puede convertirse rápidamente en una señal de alerta.

“Si te quiere, no te hace enojar.”

“Si hay discusiones, no es una relación sana.”

“Si tienes que explicar lo que sientes, ahí no es.”

Y quizá hemos empezado a confundir una relación sin conflictos con una relación saludable.

Pero las personas somos diferentes.

Tenemos historias diferentes, necesidades diferentes y maneras distintas de mirar el mundo.

Por supuesto que existen relaciones donde hay violencia, manipulación, desprecio o maltrato. Y eso no debe normalizarse.

Pero un desacuerdo no es lo mismo que una agresión.

Una discusión no necesariamente significa que dejamos de querernos.

Y tener diferencias no significa que la relación haya fracasado.

A veces, el verdadero desafío de una relación no es evitar el conflicto.

Es aprender a atravesarlo sin destruirnos.

Poder decir:

“Esto que hiciste me dolió.”

Y también poder escuchar:

“No era mi intención, pero entiendo que te haya lastimado.”

Poder permanecer frente a la diferencia sin convertir al otro en nuestro enemigo.

Quizá una relación madura no sea aquella en la que nunca nos lastimamos.

Quizá sea aquella en la que aprendemos a reparar cuando ocurre.

Porque amar a alguien no significa coincidir siempre.

También significa aprender a encontrarnos cuando pensamos diferente.

¿Qué crees que hace más daño a una relación: tener conflictos o no saber repararlos?

Me gustaría leerte.

Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

La pregunta que cambió mi forma de acompañar a las personas…Hay una pregunta que, con los años, cambió por completo mi m...
05/08/2026

La pregunta que cambió mi forma de acompañar a las personas…

Hay una pregunta que, con los años, cambió por completo mi manera de escuchar a las personas.

No es:

”¿Qué te pasó?”

Es:

”¿Qué hiciste para poder sobrevivir a lo que te pasó?”

Porque muchas veces aquello que hoy llamamos “problema” fue, en otro momento de la vida, una forma de protegernos.

La desconfianza.

La necesidad de controlar.

La dificultad para pedir ayuda.

El miedo a sentir.

Quizá no nacieron para complicarnos la vida.

Quizá nacieron para ayudarnos a atravesar una etapa en la que no conocíamos otra forma de hacerlo.

Y cuando miramos nuestra historia desde ese lugar, dejamos de preguntarnos:

”¿Qué tengo de malo?”

Y empezamos a preguntarnos:

”¿Qué intentó cuidar de mí esta forma de actuar?”

No para quedarnos ahí.

Sino para decidir, con más libertad, si hoy seguimos necesitando esa manera de protegernos.

Creo que esa pregunta cambia algo muy importante.

Deja de buscar culpables.

Y empieza a buscar comprensión.

¿Hay alguna conducta tuya que hoy mires con menos juicio y más curiosidad?

Ale Monsreal

Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

04/08/2026

La validación no significa daré la razón!

Hay una palabra que se ha vuelto muy importante en los últimos años: validar.

Y eso me parece una buena noticia.

Durante mucho tiempo muchas personas crecieron sintiendo que sus emociones eran exageradas, incorrectas o un problema.

Pero hay algo que me preocupa.

A veces hemos empezado a creer que validar significa estar de acuerdo con todo lo que alguien siente, piensa o hace.

Y no es lo mismo.

Como psicoterapeuta, validar significa algo distinto.

Significa decir:

“Entiendo que esto te duela.”

“Puedo comprender por qué reaccionaste así.”

“Lo que estás sintiendo tiene sentido en tu historia.”

Pero comprender una emoción no siempre significa justificar una conducta.

Podemos validar el dolor de una persona y, al mismo tiempo, acompañarla para mirar aquello en lo que quizás está equivocada.

Porque el acompañamiento no consiste en confirmar todo.

Consiste en ayudar a comprender con honestidad y con cuidado.

Quizá una de las formas más profundas de respeto no sea decirle a alguien lo que quiere escuchar.

Sino permanecer a su lado mientras descubre aquello que necesita mirar.

¿Qué piensas? ¿Crees que hoy confundimos validar con dar siempre la razón?

Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

El día que dejamos de escuchar el cuerpo, empezamos a pedirle que solo obedeciera.Hay una pregunta que casi nunca nos ha...
02/08/2026

El día que dejamos de escuchar el cuerpo, empezamos a pedirle que solo obedeciera.

Hay una pregunta que casi nunca nos hacemos.

No es:

”¿Qué tengo?”

Es:

”¿Qué está intentando decirme mi cuerpo?”

Vivimos en una cultura que nos enseñó a seguir adelante.

A trabajar aunque estemos agotados.

A sonreír aunque estemos rotos.

A producir aunque llevemos semanas sin descansar.

Y cuando el cuerpo finalmente habla…

Lo primero que queremos es que se calle.

Que deje de doler.

Que deje de cansarse.

Que deje de llorar.

Como si fuera un enemigo que nos está estorbando.

Como psicoterapeuta, no creo que el cuerpo siempre tenga la respuesta.

Pero sí creo que muchas veces hace las preguntas que hemos evitado durante demasiado tiempo.

Quizá no todo síntoma tenga un significado emocional.

Pero tampoco toda emoción encuentra palabras.

A veces encuentra un cuerpo.

Y por eso vale la pena escucharlo con curiosidad antes que con enojo.

No para romantizar el sufrimiento.

Sino para recordar que nuestro cuerpo no solo nos sostiene.

También nos habla.

¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a tu cuerpo con curiosidad en lugar de exigirle que siguiera funcionando?

Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

01/08/2026

No todo lo que sentimos necesita ser sanado.

Hay una palabra que escucho cada vez con más frecuencia:

“Sana.”

“Sana a tu niña interior.”

“Sana tus heridas.”

“Sana para poder amar.”

Y aunque creo profundamente en el proceso terapéutico, hay algo de este discurso que me inquieta.

Porque, sin darnos cuenta, podríamos empezar a creer que solo cuando estemos completamente “sanos” mereceremos vivir, amar o disfrutar.

¿Y si esa meta no existiera?

¿Y si la vida no consistiera en llegar a una versión perfecta de nosotros mismos?

Como psicoterapeuta, he aprendido que muchas personas no necesitan dejar de sentir tristeza, miedo o enojo.

Necesitan dejar de pensar que sentirlos significa que están fallando.

No somos proyectos que algún día quedarán terminados.

Somos personas en constante transformación.

Y quizá la pregunta no sea:

”¿Cuándo voy a sanar por completo?”

Quizá sea:

”¿Cómo quiero relacionarme conmigo mientras sigo creciendo?”

Porque vivir no empieza cuando dejamos de tener heridas.

Empieza cuando dejamos de creer que solo una versión perfecta de nosotros merece ser vivida.

¿Qué piensas de esta idea? Me gustaría leerte.

Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

Donde el encuentro nos transforma.

Las personas no siempre llegan a terapia porque no saben qué hacer. Llegan porque llevan demasiado tiempo haciéndolo sol...
01/08/2026

Las personas no siempre llegan a terapia porque no saben qué hacer. Llegan porque llevan demasiado tiempo haciéndolo solas.

Hay algo que cambió profundamente mi manera de entender el sufrimiento humano.

Durante mucho tiempo pensé que las personas buscaban terapia porque no encontraban respuestas.

Hoy creo que, muchas veces, llegan por otra razón.

Llegan porque están cansadas.

Cansadas de ser quienes sostienen a todos.

Cansadas de tener que verse fuertes.

Cansadas de escuchar: “tú puedes”.

Como si ser capaces de resistir significara que ya no necesitan ser acompañadas.

Con los años he descubierto que el problema no siempre es la falta de herramientas.

A veces es la falta de un lugar donde alguien nos mire sin pedirnos que seamos más fuertes, más positivos o más valientes.

Un lugar donde no tengamos que demostrar nada.

Solo existir.

Y quizá esa sea una de las necesidades más profundamente humanas que compartimos.

No que alguien resuelva nuestra vida.

Sino que alguien permanezca con nosotros mientras intentamos comprenderla.

¿En qué momento empezamos a creer que pedir compañía era una señal de debilidad?

Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista

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