23/08/2026
A veces no dañamos a las personas por lo que hicieron, sino por lo que necesitamos creer de ellas.
Hay conflictos que comienzan mucho antes de que alguien diga algo.
Comienzan cuando dejamos de preguntar y empezamos a interpretar.
Cuando una indicación nos incomoda y, en lugar de preguntarnos qué nos está pasando con ella, pensamos:
“Lo hace porque me quiere perjudicar.”
Cuando alguien nos pone un límite y lo convertimos en una ofensa.
Cuando alguien ocupa una posición de autoridad y nuestra dificultad para aceptar que no siempre podemos hacer las cosas como queremos termina convirtiéndose en enojo, resistencia o descalificación.
Y entonces construimos una historia.
La contamos.
La compartimos.
Encontramos a alguien que la confirme.
Y poco a poco, nuestra interpretación comienza a convertirse en una verdad sobre el otro.
“Es una persona injusta.”
“Me tiene algo.”
“Siempre hace lo mismo.”
“Lo hizo para hacerme quedar mal.”
Pero, ¿qué pasa si no fue así?
¿Qué pasa si parte de lo que estamos viendo también habla de nuestra propia dificultad para aceptar un límite, recibir una observación o reconocer que quizá no tenemos toda la razón?
La humildad emocional también consiste en poder preguntarnos:
“¿Y si estoy equivocado?”
No es una pregunta sencilla.
Porque implica aceptar que nuestra percepción puede estar incompleta.
Que alguien puede señalarnos algo que no queremos escuchar.
Que una autoridad puede tomar una decisión que no nos gusta y eso no significa necesariamente que quiera dañarnos.
Y que recibir una indicación, una crítica o un límite no tiene por qué convertirse en una amenaza contra nuestra dignidad.
Esto no significa justificar abusos ni aceptar cualquier forma de autoridad.
Hay límites que deben cuestionarse.
Hay injusticias que necesitan ser señaladas.
Y hay relaciones en las que debemos defendernos.
Pero defendernos requiere algo diferente a desacreditar al otro.
Podemos no estar de acuerdo sin convertir al otro en una mala persona.
Podemos sentirnos molestos sin construir una historia para justificar nuestra molestia.
Podemos recibir una corrección sin sentir que hemos perdido.
Y podemos reconocer nuestra parte sin sentir que eso nos hace menos valiosos.
Porque quizá una de las formas más silenciosas de inmadurez emocional sea esta:
necesitar que el otro sea el culpable para no tener que mirar nuestra propia participación en lo que ocurre.
Y cuando hacemos eso, no solamente nos hacemos daño a nosotros mismos.
También podemos dañar profundamente a la persona sobre la que construimos esa historia.
Porque nuestras palabras tienen consecuencias.
Lo que decimos de alguien puede cambiar la manera en que otros lo miran.
Una interpretación repetida puede convertirse en una reputación.
Y una versión contada muchas veces puede terminar pareciendo verdad, aunque nunca hayamos tenido la humildad de preguntarle al otro qué ocurrió realmente.
Por eso, antes de juzgar, señalar o hablar de alguien, quizá valga la pena detenernos un momento y preguntarnos:
¿Estoy hablando desde lo que sé… o desde lo que necesito creer?
Porque la madurez no consiste en tener siempre la razón.
A veces consiste en tener la humildad suficiente para descubrir que también nosotros podemos estar equivocados.
Y quizá ahí comienza una manera mucho más humana de relacionarnos:
cuando dejamos de necesitar destruir la imagen del otro para poder sostener la nuestra.
Ale Monsreal
Psicóloga | Psicoterapeuta Gestalt Humanista
Donde el encuentro nos transforma.