Mérida Psicólogos

Mérida Psicólogos www.meridapsicologos.com Mérida Psicólogos es un grupo de expertos en salud mental.

Contamos con un experto en cada una de las corrientes psicológicas; Psicología Cognitiva Conductual, Psicología Humanista, Psicoanálisis todos expertos en superación personal vía experiencia. Con amplia experiencia en resolución de problemas específicos, terapia de pareja, terapia individual y auto descubrimiento del inconsciente. De igual manera somos expertos en aplicación y evaluación de prueba

s psicométricas; creadores de programas de modificación de conducta, especialistas en docencia y expertos en reclutamiento de personal, con una sólida formación ética.

El amor propio no debería ser una excusa para desconectarnos emocionalmente de los demás, sino una forma más consciente ...
11/05/2026

El amor propio no debería ser una excusa para desconectarnos emocionalmente de los demás, sino una forma más consciente de relacionarnos.

Linda semana a todos!

Un domingo para hacer pausa y volver a ti.Agradece lo que te sostiene, reconoce lo que sientes y recuerda que pedir ayud...
03/05/2026

Un domingo para hacer pausa y volver a ti.
Agradece lo que te sostiene, reconoce lo que sientes y recuerda que pedir ayuda también es una forma de cuidar tu paz.

A continuación… el gran relato.«El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana, haciendo march...
25/04/2026

A continuación… el gran relato.

«El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana, haciendo marcha atrás con el auto.
Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida. Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un in****no interminable.

Yo vivía en Buenos Aires y había viajado a Mercedes para festejar el cumpleaños número ochenta de mi abuela paterna (por eso recuerdo la fecha exacta: porque en unos días mi abuela cumplirá noventa, porque en unos días se cumplirán diez años de esto que ahora narro y que me marcó como ninguna otra cosa, ni buena ni mala, en la vida).

Festejábamos el aniversario de mi abuela con un asado en la quinta; ya estábamos en la sobremesa familiar. A las tres de la tarde le pido prestado el auto a Roberto para ir hasta el diario a entregar un reportaje. Me subo al coche, vigilo por el espejo retrovisor que no haya chicos rondando y hago marchatrás para encarar la tranquera y salir a la calle.
Entonces siento el golpe, seco contra la parte de atrás del auto, y se detiene el mundo para siempre.

A cuarenta metros, en la mesa donde todos conversan, mi hermana se levanta aterrada y grita el nombre de su hija. Mi madre, o mi abuela, alguien, también grita:

—¡La agarró!

Entonces me doy cuenta de que mi vida, tal y como estaba transcurriendo, había llegado al final. Mi vida ya no era.
Lo supe inmediatamente. Supe que mi sobrina, de tres años, estaba detrás del auto; supe que, a causa de su altura, yo no habría podido verla por el espejo antes de hacer marchatrás; supe, por fin, que efectivamente acababa de matarla.

Diez segundos es lo que tardan todos en correr desde la mesa hasta el auto.
Los veo levantarse, con el gesto desencajado, veo un vaso de vino interminable cayendo al suelo. Los veo a ellos, de frente, venir hasta mí.
Yo no hago nada; ni me bajo del coche,
ni miro a nadie: no tengo ojos que dedicarle al mundo real, porque ya ha empezado mi viaje fatal en el tiempo, mi larguísimo viaje que en la superficie duraría diez segundos pero que, dentro mío, se convertirá en una eternidad pegajosa.

En ese momento (no sé por qué es tan grande la certeza) no tengo dudas sobre lo que acabo de hacer. No pienso en la posibilidad de que sea un tronco lo que he embestido, ni pienso que mi sobrina está durmiendo la siesta dentro de la casa. Lo veo todo tan claro, tan real, que solamente me queda pensar por última vez en mí antes de dejarme matar.

“Ojalá el Negro me mate” —pienso—, “ojalá sea tan grande su enajenación de padre salvaje, tan grande su rabia, que me pegue hasta matarme y no me dé la opción de tener que suicidarme yo mismo, esta noche, con mis propias manos, porque soy cobarde y no podría hacerlo, porque cometería la peor de todas las bajezas: me iría a Finlandia”.
Utilizo esos diez segundos, los últimos de calma que tendré en toda mi vida, para pensar en quien ya no seré nunca más.

Tenía casi veinticinco años, estaba escribiendo una novela larguísima y placentera, vivía en una casa preciosa del barrio de Villa Urquiza, con una mesa de pinpón en la terraza y toda la vida por delante, trabajaba en una revista donde me pagaban muy bien, tenía una vida social intensa, era feliz, y entonces mato a mi ahijada de tres años y se apagan todas las luces de todas las habitaciones de todas las casas en las que podría haber sido feliz en el futuro. Lo pienso de ese modo, desapasionadamente, porque ya no tengo ni cuerpo con el que temblar.

En esos diez segundos, en donde el tiempo real se ha roto literalmente, en donde el cerebro trabaja durante horas para instalarse en un recipiente de diez segundos, descubro con nitidez que mis únicas opciones —si mi cuñado no me hace el favor de matarme allí mismo— son las de huir (huir de inmediato, sobornar a alguien y escapar del país) o suicidarme. Lo que más me duele, tal como están las cosas, es que no podré volver a escribir literatura, ni a reír.

Durante mucho tiempo, durante años enteros, me siguió sorprendiendo la frialdad con que asumí la catástrofe en esos diez segundos en que había matado a mi sobrina.
No fue exactamente frialdad, sino algo peor: fue un desdoblamiento del alma,
una objetividad inhumana. Me dolía saber que ya no podría escribir, que en el suicidio o en la huida —aún no había optado con qué quedarme— no existiría esa opción: la de los placeres.

Podía irme a Finlandia, sí, a cualquier país lejano y frío, podía no llamar nunca más a mi familia ni a los amigos, podía convertirme en fiambrero en un supermercado de Hämeenlinna, pero ya no podría volver a escribir, ni amar a una mujer, ni pescar.
Me daría vergüenza la felicidad, me daría vergüenza el olvido y la distracción.
La culpa estaría allí involuntariamente,
pero cuando comenzara la falsa calma o el olvido momentáneo, yo mismo regresaría a la culpa para seguir sufriendo. La vida había terminado. Yo debía desaparecer.

Pero si desaparecía, qué. Qué importancia podía tener darles a ellos la serenidad de no ver nunca más al asesino. Ellos, mi familia, los que ahora corrían lentamente desde la mesa al coche para matarme o para ver el cadáver de un niño, podrían creerme exiliado, lleno de dolor y de miedo, temeroso y ruin, o agorafóbico; o podrían sospecharme loco, como esas personas que pierden el rumbo y la memoria después de los terremotos; alucinado, mendigo, enfermo; podrían hasta perdonarme pues me creerían fuera de toda felicidad, fuera de todo placer. Matarían a quien blasfemara mi memoria diciendo que se me ha visto reír en una ciudad finlandesa, a quien dijera que se me ha visto beber en un bar de putas, o escribir un cuento, ganar dinero, seducir a una mujer, acariciar un gato, pescar bogas o dar limosna a un marroquí en el metro. No creerían que alguien (ya no yo en particular, sino que nadie) fuese capaz de semejante flaqueza, de tan penoso olvido, de matar y no llorar, de escapar y no seguir pensando en la tarde de verano en que una niña de tu sangre ha mu**to bajo las ruedas del coche.

Diez segundos eternos hasta que alguien ve el tronco y todos olvidan la situación.

Nadie, ninguna de todas las personas que almorzaban aquella tarde de hace diez años en Mercedes, recuerda ahora esta anécdota. Nadie ha tenido pesadillas con estas imágenes: sólo yo me he despertado transpirado durante años enteros, cuando esos diez segundos regresan por la noche sin el final feliz del tronco; para ellos no ocurrió más que la abolladura de un guardabarros al final de la primavera.

Nada malo pasó aquella tarde, ni nada malo ocurrió, antes o después, en mi vida.
Han pasado diez años desde entonces y todo ha sido un remanso en el que nunca lo irreversible se ha metido conmigo.
¿Por qué entonces, en estos días, siento que he cumplido sólo diez, y no treinta y cinco años? ¿Por qué le doy más importancia a esta fecha en que no maté a nadie, que a aquella otra fecha anterior en que salí de mi madre dando un grito eufórico de vida?
¿Por qué algunas noches me despierto y descubro que me falta el aire, y recuerdo como real el frío de una cabaña en Finlandia, y me encuentro con las hilachas de la angustia y el exilio, y me ahoga la cobardía de no haber tenido la voluntad de suicidarme?

Es la fragilidad de la paz la que nos devuelve al escalofrío y a la incertidumbre. Es la velocidad infernal de la desgracia, que acecha como un águila en la noche, la que sigue allí escondida para quitarnos todo y dejarnos aferrados a un volante y pensando que la única opción es morir solos en Finlandia, con los ojos secos de no llorar.

Por suerte, casi siempre es un tronco y vivimos en paz. Pero todos sabemos, por debajo de la risa y del amor y del s**o y de las noches con amigos y de los libros y los discos, que no siempre es un tronco.
A veces es Finlandia».

Hernán Casciari - Finlandia.

No todos merecen verte ganar.Hubo días donde nadie estuvo.Ni cuando dudabas, ni cuando dolía, ni cuando casi te rendías....
24/04/2026

No todos merecen verte ganar.

Hubo días donde nadie estuvo.
Ni cuando dudabas, ni cuando dolía, ni cuando casi te rendías.

Ahí no había aplausos.
Solo disciplina, silencio y carácter.

Que no se te olvide:
no todos los que llegan al final… pelearon contigo al inicio.

Deja de buscar… empieza a convertirte.No atraes lo que quieres,atraes lo que eres.Cuando sanas, cambias.Cuando cambias, ...
24/04/2026

Deja de buscar… empieza a convertirte.

No atraes lo que quieres,
atraes lo que eres.

Cuando sanas, cambias.
Cuando cambias, eliges distinto.
Y entonces… llega alguien que ya no te rompe, te expande.

El verdadero match no es suerte…
es evolución.

No necesitas caerle bien a todos.La gente va a opinar igual, hagas lo que hagas.Van a inventar versiones,van a interpret...
24/04/2026

No necesitas caerle bien a todos.

La gente va a opinar igual, hagas lo que hagas.

Van a inventar versiones,
van a interpretar desde sus heridas,
van a juzgar desde lo que no entienden.

Y está bien.

Tu trabajo no es convencer…
es vivir en paz con quien eres.

El amor sano no se adivina, se siente claro.No te llena de dudas,te da calma, certezay paz mental.
24/04/2026

El amor sano no se adivina, se siente claro.

No te llena de dudas,
te da calma, certeza
y paz mental.

“Tu mejor versión no aparece… se construye sanando lo que no te deja serlo.”
12/04/2026

“Tu mejor versión no aparece… se construye sanando lo que no te deja serlo.”

“Lo que se quiere, se cuida… y tu mente y tu salud mental también merece ese cuidado.”
09/04/2026

“Lo que se quiere, se cuida… y tu mente y tu salud mental también merece ese cuidado.”

“El éxito no es encajar, es construir tu propio camino y disfrutar el proceso, con todo y sus subidas y bajadas.”
07/04/2026

“El éxito no es encajar, es construir tu propio camino y disfrutar el proceso, con todo y sus subidas y bajadas.”

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