07/08/2026
LA PÉRDIDA DE QUIEN FUIMOS
Un día descubres que ya no puedes hacer algunas cosas como antes.
Subir unas escaleras sin detenerte.
Leer una letra pequeña sin buscar los lentes.
Caminar al mismo ritmo.
Recordar un nombre con la misma rapidez.
Nadie suele advertirnos que esos pequeños cambios también pueden doler.
Porque cada uno implica despedirse, poco a poco, de la persona que fuimos.
Con la edad, la vida nos confronta con pérdidas: las capacidades que cambian, la independencia que se transforma, los proyectos que quizá ya no podrán realizarse o la imagen que teníamos de nosotros mismos.
Envejecer también puede ser un duelo.
Y no es que la vejez sea una tragedia. Más bien, toda transformación importante nos invita a despedirnos de algo que fue valioso.
Nombrar esas pérdidas nos permite tratarnos con la misma compasión con la que acompañaríamos a alguien más.
Quizá el desafío consista en descubrir que, incluso cuando algunas cosas cambian, seguimos siendo dignos de amor, de respeto y de sentido.
Porque el paso del tiempo transforma muchas cosas.
Pero nunca debería arrebatarnos la posibilidad de seguir encontrando valor en la vida que aún tenemos por delante.