08/11/2025
Hoy decido contar algo que guardé por muchos años.
No lo hago desde el miedo, sino desde la conciencia y el deseo de que nunca más tengamos que callar lo que nos duele.
Lo personal también es político.
Si algo de esto te resonó, compártelo.
Que se escuche, que se hable, que se rompa el silencio.
✊💜 Gracias por leer con el corazón.
🌿 Como terapeuta feminista, creo en el poder sanador de narrar lo vivido y en transformar la vergüenza en memoria colectiva.
Hola,
a partir de la viol3ncia s3xu4l que sufrió la presidenta Sheinbaum en el centro de la Ciudad de México, han habido muchos posts, carruseles, reels, análisis, etc. en redes sociales.
Una conocida publicó una experiencia que ella vivió en el pasado, equiparándolo con el suceso de la presidenta.
Al leerlo, traté de recordar eventos que me hubieran pasado a mí, pero no me venía ninguno a la mente, hasta que de pronto me vino uno a la cabeza que me dejó helada y en shock. Supongo que fue una respuesta traumática.
Hace 15 años aproximadamente, fui a tomar un café con un amigo en la colonia Condesa saliendo de trabajar. Cuando terminamos, en la calle tomé un taxi para irme a mi casa.
Tengo la costumbre de siempre poner el seguro de la puerta. Recuerdo que al intentar ponerlo, la manija estaba como atascada y no pude hacerlo. Me pareció raro, pero lo dejé pasar. Sentí al conductor un poco nervioso, aunque no me pareció sospechoso.
Cuando ya estábamos en la avenida, dos hombres se subieron al auto: uno al asiento del copiloto y otro por donde yo estaba. Me empujó y se sentó junto a mí.
No recuerdo bien todos los hechos, pero sí recuerdo que tomó mi cabeza para que no viera nada. Al principio dijo algo de que necesitaba mi ayuda, pero después confesó que se trataba de un asalto.
Me tocó todo el cuerpo, incluyendo mis pechos y nalgas. Tomaron mi bolsa y revisaron lo que llevaba dentro, mientras el taxi seguía avanzando.
Recuerdo que dimos vueltas, aunque yo no sabía hacia dónde íbamos.
Me amenazaron con no decir nada a la policía porque ya sabían dónde vivía y leyeron mi domicilio.
Me robaron el celular y el dinero.
Posteriormente se detuvo el taxi y me indicaron que me bajara y que no mirara atrás.
Me dijeron que traían una pi***la, que caminara normal y no corriera, que si no seguía sus indicaciones iban a disparar.
Les pedí que no lo hicieran, que yo obedecería.
Caminé derecho, cojeando un poco debido a una reciente fractura de tobillo que había tenido, y al llegar a la esquina abrí mi pequeña bolsa y me di cuenta de que ya no tenía celular. Me dejaron mis identificaciones y veinte pesos, supongo que para mi regreso a casa.
Estaba en estado de shock, no entendía qué había pasado.
Tomé un taxi que me llevó a mi casa. Llegué alrededor de las 11 de la noche.
Recuerdo que mi abuela me regañó por llegar tarde. Le conté lo que había ocurrido y sus palabras tuvieron que ver con que fue mi culpa por estar sola de noche y tomar un taxi de la calle.
Le llamé a mi amigo para avisarle que había llegado a mi casa. Le narré brevemente lo que me pasó y que ya no tenía celular, pues me lo habían robado.
Su reacción fue muy rara. No me sentí comprendida ni apoyada, más bien incómoda, como si yo hubiera hecho algo mal al llamarle.
Llamé a algún número de emergencias y me sugirieron hacer una denuncia, pero decidí no hacerla porque no vi las caras de los tipos.
Me sentí culpable de lo ocurrido, tenía miedo de que en verdad me fueran a buscar a mi casa y supuse que no pasaría nada.
Platiqué lo que me pasó con algunas personas cercanas.
En realidad, no sentí apoyo de ninguna de ellas; más bien sentí que me culpabilizaban: por no hacer caso a mi sexto sentido, por quedarme en ese taxi…
Con el tiempo, la historia se volvió anécdota, la cual terminaba en risas y carcajadas, pues nadie dimensionaba lo que realmente me había pasado.
Sólo me sentí comprendida por una persona: una prima a quien tengo un gran cariño.
Ella vivió una situación similar en una zona cercana a la que a mí me sucedió.
Una prima con quien he compartido pensamientos y sentimientos, y con quien tengo mucho en común.
Quizá eso fue lo que facilitó la empatía.
Hoy que lo miro en retrospectiva, lo recuerdo con mucha tristeza.
No tenía por qué pasarme y, por supuesto, no tenía por qué vivirlo sin red de apoyo.
No tenían por qué culparme ni por qué revictimizarme.
Tampoco tenían por qué burlarse ni por qué minimizar lo que me sucedió.
Esta es una de tantas historias que he vivido de acoso o abuso sexual.
Sí, porque no ha sido sólo una.
Y tristemente no soy ni la única ni la última que tiene varias historias que contar sobre este tema.
Sólo espero que esto no le toque a mi hija, ni a mis sobrinas, y que si les pasa, prometo ser la primera en acuerparlas, en acompañarlas, y que nunca jamás se sientan solas.
Porque si tocan a una, nos tocan a todas.
Que nunca más tengamos que callar lo que nos duele o vivirlo en soledad.
💜 Porque contar lo que nos pasó también es una forma de justicia.
💜 Porque hablarlo es romper el silencio que tanto tiempo nos impusieron.
Diana Santoscoy