Paty Barba

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07/05/2026
UNA VERDAD INCÓMODA..“Un buen hijo no se queda… un buen hijo se va.”Esta frase incomoda.Porque nos enseñaron que amar es...
06/05/2026

UNA VERDAD INCÓMODA..

“Un buen hijo no se queda… un buen hijo se va.”

Esta frase incomoda.
Porque nos enseñaron que amar es quedarse, sostener, no alejarse… no “fallar”.

Pero muchas veces eso no es amor.
Es miedo.
Es culpa.
Es una lealtad silenciosa que ata.

Un hijo está en paz con sus padres cuando puede irse sin peso en el pecho.
Sin sentir que abandona.
Sin creer que traiciona.
Sin cargar una deuda invisible.

La paz no se mide en la cercanía física.
Se siente en la libertad interna.

Cuando un hijo toma la vida tal como vino —con lo que hubo y con lo que faltó— sin reclamos, sin exigencias, sin querer cambiar la historia… algo se ordena dentro.

Ya no se queda por compensar.
Ya no carga lo que no le corresponde.
Ya no vive para llenar vacíos ajenos.

Entonces ocurre lo natural:
sale al mundo… y camina hacia su propio destino.

Muchos hijos no se van por amor…
se quedan por lealtad.

Por una madre que sufrió.
Por un padre que no pudo.
Por una historia que pesa más de lo que se dice.

Y sin darse cuenta, se quedan sosteniendo lo que nunca fue suyo.

Pero un hijo no vino a salvar a sus padres.
Vino a recibir la vida… y a vivirla.

Cuando los padres aman de verdad, no retienen.
Confían.
Saben que el mayor acto de amor no es que el hijo se quede…
sino que pueda irse en paz.

Y cuando ese orden se respeta, pasa algo poderoso:
el hijo se va…
y el vínculo se vuelve más limpio, más sano, más real.

Porque un buen hijo no es el que se sacrifica.
No es el que se posterga.
No es el que vive a medias.

Un buen hijo honra la vida que recibió… viviéndola plenamente.

Aprender a amarte es aprender a soltar… incluso lo que más te duele.

“Debemos estudiar conscientemente cómo tratarnos con mutua ternura, hasta que ésta se convierta en un hábito.” 🦋Si al...
05/05/2026

“Debemos estudiar conscientemente cómo tratarnos con mutua ternura, hasta que ésta se convierta en un hábito.” 🦋

Si algún elemento da belleza y sentido a la vida, ése es, sin duda, la ternura. La ternura es la expresión más serena, bella y firme del amor. Es el respeto, el reconocimiento y el cariño expresado en la caricia, en el detalle sutil, en el regalo inesperado, en la mirada cómplice o en el abrazo entregado y sincero. Gracias a la ternura, las relaciones afectivas crean las raíces del vínculo, del respeto, de la consideración y del verdadero amor. Sin ternura es difícil que prospere la relación de pareja. Pero además es gracias a la ternura que nuestros hijos reciben también un sostén emocional fundamental para su desarrollo como futuras personas.

La doctora Elisabeth Kübler-Ross, que acompañó a miles de enfermos terminales en su camino hacia la muerte y dio testimonio de sus experiencias en una serie de libros, cuenta que los recuerdos que más nos acompañan en los últimos instantes de nuestra vida no tienen que ver con momentos de triunfo o de éxito, sino con experiencias donde lo que acontece es un encuentro profundo con un ser amado, un momento de intimidad cargado de significado: palabras de gratitud, caricias, miradas, un adiós, un reencuentro, un gracias, un perdón, un te quiero. Son esos instantes los que al parecer quedan grabados en la memoria gracias a la luz de la ternura que revela la excelencia del ser humano a través del cuidado y el afecto.

Decía Oscar Wilde que en el arte como en el amor es la ternura lo que da la fuerza. Mahatma Gandhi apuntaba en la misma dirección cuando decía que un cobarde es incapaz de mostrar amor. Y así es: paradójicamente, la ternura no es blanda, sino fuerte, firme y audaz, porque se muestra sin barreras, sin miedo. Es más, no sólo la ternura puede leerse como un acto de coraje, sino también de voluntad para mantener y reforzar el vínculo de una relación. La ternura hace fuerte el amor y enciende la chispa de la alegría en la adversidad. Gracias a ella, toda relación deviene más profunda y duradera porque su expresión no es más que un síntoma del deseo de que el otro esté bien.

La ternura implica, por tanto, confianza y seguridad en uno mismo. Sin ella no hay entrega. Y lo más paradójico es que su expresión no es ostentosa, ya que se manifiesta en pequeños detalles: la escucha atenta, el gesto amable, la demostración de interés por el otro, sin contrapartidas.

La ternura expresa además la calidad de una relación. S**o con ternura es expresión del amor; sin ternura, una relación basada en la sexualidad está condenada a la ruptura. Porque aunque pueda haber intensidad sensorial en el intercambio físico, sin ternura se produce una relación que se encierra en la búsqueda del propio placer y hace del otro un objeto de satisfacción y nada más. El ensayista francés Joseph Joubert decía que la ternura es el reposo de la pasión. En efecto, la pasión del enamoramiento es efímera y deja paso con el tiempo a una relación más reposada donde se instala la ternura. Sin ella, la relación de pareja está condenada al fracaso porque su ausencia genera aburrimiento, rutina, apatía, distancia y egoísmo.

Piero Ferrucci, en su libro El poder de la bondad, relata los resultados de un estudio en el que se interrogó a 10.000 hombres sobre su salud, hábitos y circunstancias. Según este estudio, el indicador más fiable de una angina de pecho era la respuesta a la pregunta: ¿le demuestra su esposa que le ama? Un sí por respuesta se relacionaba estadísticamente con el no haber sufrido una angina de pecho, mientras que quienes respondían no habían tenido esta dolencia cardiaca en un porcentaje muy superior a la media.

La ternura encuentra también un espacio para desarrollar su extraordinario valor en los momentos difíciles. Expresar el afecto, saber escuchar, hacerse cargo de los problemas del otro, comprender, acariciar, cultivar el detalle, acompañar, estar física y anímicamente en el momento adecuado, son actos de entrega cargados de significado. Y es que en el amor no hay nada pequeño. Esperar las grandes ocasiones para expresar la ternura nos lleva a perder las mejores oportunidades que nos brinda lo cotidiano para hacer saber al ser amado cuán importante es para nosotros su existencia, su presencia, su compañía.

Ya lo dijo hace más de 2.000 años el poeta latino Publio Virgilio Marón: el amor todo lo vence. Y es verdad, a través de la ternura.

El cerebro del corazón.

Día a día se realizan interesantes y sorprendentes avances científicos sobre el desarrollo del potencial humano. Hoy se sabe que la inteligencia está distribuida por todo el cuerpo y que hay maneras diferentes de pensar a las que hemos asumido como convencionales y basadas en el cerebro.

El neurólogo Robert K. Cooper, en su libro El otro 90 por ciento, apunta que ¡el corazón tiene cerebro! Constituido por más de 40.000 células nerviosas unidas a una compleja red de neurotransmisores. Según Cooper, el cerebro del corazón es tan grande como muchas áreas del cerebro craneal y su campo electromagnético es el más poderoso del cuerpo. Es, de hecho, unas 5.000 veces mayor que el campo que genera el cerebro, y es medible incluso a tres metros de distancia. Al parecer, actúa independientemente, aprende, recuerda y tiene pautas propias de respuesta a la vida. Lo interesante, además, es que dispone de habilidades hasta ahora intuidas, pero todavía no demostradas científicamente.

Las corazonadas, las fuertes intuiciones que se revelan como realidades ciertas, se generan en el corazón. Diversos autores que han profundizado en el estudio de este tercer cerebro sostienen que el ingenio, la iniciativa y la intuición nacen de él: este cerebro está más abierto a la vida y busca activamente una comprensión nueva e intuitiva de lo que más le importa a la persona en la vida.

Probablemente en el futuro se descubrirá que en él residen nuevas y desconocidas capacidades del ser humano relacionadas con lo que ya hoy se define como "las claves de la inteligencia emocional": la empatía, la conciencia emocional de uno mismo, la transparencia, el optimismo, la iniciativa, la vocación de servicio, la inspiración, la alegría, la confianza y, cómo no, la ternura.

El Amor, la Felicidad, La Paz…
son estados Inter-Subjetivos
profundos del Ser

Humberto Del Pozo López

No era el objetivo lo que buscabas… era la conexión contigo que perdiste en el camino“A veces consigues todo lo que quer...
30/12/2025

No era el objetivo lo que buscabas… era la conexión contigo que perdiste en el camino

“A veces consigues todo lo que querías… y te das cuenta de que no era eso lo que necesitabas.”

Lograste el trabajo.
Publicaste el libro.
Llegaste al número.
Te aplaudieron. Te reconocieron.

Y al principio fue euforia.
Pero después… silencio.
Una tristeza sutil.
Una extrañeza.
Un ¿y ahora qué? que no esperabas.

🌑 El vacío después del éxito no es fracaso.
Es revelación.

Es darte cuenta de que durante tanto tiempo pusiste tu valor en una meta,
que olvidaste cultivar lo más importante:
tu relación contigo.
Tu alegría cotidiana.
Tu raíz emocional.

💡 El logro externo nunca llena una ausencia interna.
Puede darte orgullo. Sí.
Pero la plenitud… no se mide en resultados.
Se siente cuando dejas de correr.

Cuando estás en paz
aunque nadie aplauda.
Cuando te eliges
aunque no estés “produciendo”.

– C.G. Jung

Hay momentos en los que, objetivamente, las cosas empiezan a ordenarse.Una relación se estabiliza.Un trabajo deja de ser...
23/12/2025

Hay momentos en los que, objetivamente, las cosas empiezan a ordenarse.
Una relación se estabiliza.
Un trabajo deja de ser caótico.
La vida se vuelve más predecible.
Y justo entonces aparece una urgencia inexplicable por escapar.

Desde una mirada junguiana, este fenómeno puede leerse como el impulso de huir: una reacción del inconsciente cuando la estabilidad amenaza una identidad construida en el movimiento, la lucha o la incertidumbre.
Si aprendiste a ser alguien solo cuando había problemas que resolver, la calma puede sentirse como pérdida de sentido.

No huyes porque algo vaya mal.
Huyes porque ya no sabes quién eres sin conflicto.
La tensión te daba identidad; la calma te deja frente a ti mismo.

Integrar este impulso no es forzarte a quedarte ni obedecer la huida.
Es preguntarte con honestidad:
“¿Qué parte de mí solo sabe existir cuando todo arde?”

A veces crecer no es irse.
Es aprender a habitar una vida que ya no necesita ser salvada.

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