17/05/2026
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El apagón repentino que no duele pero lo cambia todo.
Ayer atendí en mi consulta a un paciente que llegó con el rostro pálido. Me contó que, mientras desayunaba, su ojo derecho simplemente se apagó. No hubo golpe, ni ardor, ni una sola gota de sangre. Solo una cortina negra que descendió en un segundo y nunca más se levantó.
Estamos ante un infarto ocular, técnicamente conocido como oclusión de la arteria central de la retina. Lo que sucede es aterrador por su silencio: un pequeño coágulo, muchas veces del tamaño de un granito de arena, viaja desde el corazón o las carótidas hasta atorarse en la arteria principal de tu ojo.
Al cortarse el flujo de sangre, la retina se queda sin oxígeno. En ese preciso instante, las células que te permiten ver comienzan a morir. Es, en esencia, la misma tragedia que ocurre en un ataque al corazón o un derrame cerebral, pero localizada en el sistema visual.
¿Cómo podemos prevenir esto hoy mismo? El secreto no está solo en tus ojos, sino en tus arterias. Mi consejo práctico es que controles de forma estricta tu presión arterial y tus niveles de colesterol.
Si alguna vez experimentas que tu visión se nubla por unos segundos y luego regresa a la normalidad, no lo ignores pensando que fue cansancio. Ese fenómeno se llama amaurosis fugax y es el aviso de que un infarto ocular mayor está por ocurrir. Acude a tu médico para un chequeo de carótidas de inmediato.
Esta publicación tiene fines educativos y busca crear conciencia sobre la salud vascular. Bajo ninguna circunstancia reemplaza la consulta con un especialista. Si notas una pérdida súbita de visión, corre a urgencias; cada minuto cuenta para intentar salvar ese ojo 👁️.
Cuidar tu corazón es, también, cuidar tu mirada.