Dra. Estela Pérez Bustos Neumología

Dra. Estela Pérez Bustos Neumología Mi principal interés es dar la mejor atención y orientación a mis pacientes
(Atención especializada a pacientes con enfermedades respiratorias)

Medico egresado de la Universidad Panamericana
Dos años de especialidad en Medicina Interna en la Fundacion Clinica Medica Sur
Especialidad en Neumologia en el Instituto nacional de enfermedades respiratoria "INER"
miembro de la Sociedad mexicana de neumologia y cirugia de torax
Estudios avalados por el Consejo Nacional de Neumologia
Miembro de la academia mexicana de medicina del dormir. Ced Pr

of: 5272253
Ced Neumologia: 8025622
Consejo Nacional de Neumologia: 978
Licenciatura en Medicina por Univerisdad Panamericana
Especialidad de Neumologia en Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias

23/06/2026
24/05/2026
08/05/2026

🦠 HANTAVIRUS ANDES 2026: EL CRUCERO QUE PARTIÓ DE USHUAIA Y EL VIRUS QUE NADIE VIO EMBARCAR

✍️ Reflexionando con Pasión Médica Pro

Ushuaia. El fin del mundo, como la llaman los argentinos. Ciudad portuaria en el extremo sur de la Patagonia, rodeada de monte bajo, viento constante y roedores silvestres que nadie mira dos veces. Desde allí zarpó el MV Hondius el 20 de marzo de 2026 con 147 personas a bordo. Turistas europeos en su mayoría. Observadores de aves, jubilados con recursos, viajeros que habían esperado años para hacer ese recorrido. El tipo de expedición que en los catálogos se vende como una experiencia transformadora.

Nadie en el manifiesto tenía fiebre. Nadie tenía síntomas. El médico de a bordo era competente. Todo indicaba un crucero sin mayores incidencias por el Atlántico sur.

Pero en algún momento, antes de subir al barco, uno de esos pasajeros caminó por el lugar equivocado. Tocó algo que no debía. Respiró el aire incorrecto cerca de algún roedor silvestre en tierra patagónica. No lo supo. No había manera de saberlo.

El 6 de abril, un hombre neerlandés de 70 años empezó a sentirse mal. Fiebre. Cefalea. Dolor abdominal. Diarrea. Cualquier médico razonable en ese contexto habría pensado en una gastroenteritis viral. El Ministerio de Salud de Tierra del Fuego afirmó que nunca se había reportado un caso de hantavirus en esa provincia. No había antecedente local. No había razón para mirar más lejos.

Su condición fue empeorando. Desarrolló insuficiencia respiratoria progresiva. Murió el 11 de abril. Cinco días desde los primeros síntomas hasta el final. Al día siguiente, el capitán convocó a los pasajeros y dijo: "Fue por causas naturales, o eso creemos. Los problemas de salud que enfrentaba no son infecciosos. El barco es seguro."

Nadie mintió. Nadie fue negligente. Simplemente nadie tenía aún la información para hacer la pregunta correcta. Y esa distancia entre la ignorancia de buena fe y las consecuencias reales es, precisamente, el territorio más peligroso en medicina.

La esposa del fallecido, 69 años, fue desembarcada en la isla de Santa Elena junto con el cuerpo de su esposo. Ya presentaba síntomas. Aun así, abordó un vuelo comercial a Johannesburgo con 82 pasajeros. Su condición se deterioró durante el trayecto. Murió en Sudáfrica el 27 de abril. Una mujer con el virus activo en un avión comercial con 82 desconocidos que hoy están siendo rastreados en múltiples países. La tercera muerte ocurrió el 2 de mayo. Y el médico del barco, que había atendido pacientes durante semanas sin diagnóstico, terminó él mismo en estado crítico.

Cuando el que cuida se convierte en víctima, la señal es inequívoca: el sistema de respuesta llegó tarde.

Cuando el mundo finalmente se enteró, el Hondius estaba anclado frente a Cabo Verde. Sin permiso para entrar a puerto. Con 147 personas esperando instrucciones de autoridades sanitarias que tampoco habían visto esto antes.

Hasta aquí el relato. Ahora el análisis. Porque la historia del crucero es dramática, pero lo que subyace es más importante que cualquier titular.

El virus Andes no apareció en 2026. Fue caracterizado por primera vez en Argentina en 1995 durante un brote en la Patagonia y lleva tres décadas circulando de manera endémica en el Cono Sur. No es un patógeno nuevo ni desconocido para la virología latinoamericana. Es un virus antiguo, bien descrito en revistas científicas que el mundo rico suele no leer con suficiente atención, y que en 2026 encontró el vehículo perfecto para llamar la atención global: un crucero de lujo con pasajeros europeos.

De las aproximadamente 50 especies de hantavirus distribuidas por el mundo, el Andes ocupa un lugar singular. En Europa las especies circulantes causan fiebre hemorrágica con compromiso renal, cuadros graves pero manejables. En América el hantavirus produce algo cualitativamente distinto y más brutal: el síndrome cardiopulmonar, donde el pulmón se inunda de líquido en horas, la respuesta inflamatoria colapsa el gasto cardíaco y el paciente puede pasar de caminar por el pasillo a requerir ventilación mecánica en menos de dos días. La tasa de letalidad en las Américas puede alcanzar el 50%. No existe tratamiento específico ni vacuna disponible. Es soporte intensivo y esperar.

Pero lo que verdaderamente distingue al Andes de todas las demás especies es una sola característica que desde 1995 mantiene a los epidemiólogos con un ojo siempre abierto: es el único hantavirus conocido capaz de transmitirse de persona a persona. Todos los demás requieren contacto directo con roedores infectados. Solo el Andes cruzó esa línea. Y ese cruce, aunque limitado en su eficiencia, es lo que convierte este brote en un evento de vigilancia de primer orden.

¿Qué tan eficiente es esa transmisión? La pregunta es central y la respuesta es matizada.

El mecanismo preciso no ha sido definitivamente establecido. El virus ha sido detectado en sangre, saliva, o***a y semen. Los casos documentados de contagio entre personas involucran casi exclusivamente a convivientes y a trabajadores de salud que atendieron enfermos sin diagnóstico durante semanas. No hay evidencia de transmisión en espacios públicos ni por contacto casual. Y ese detalle, que parece técnico, es en realidad el corazón del análisis de riesgo pandémico.

En un barco cerrado con cientos de personas compartiendo espacios reducidos durante semanas, el peor escenario posible para cualquier patógeno, la transmisión fue rara y quedó limitada a los contactos más estrechos. Si el virus Andes fuera eficientemente transmisible, el MV Hondius habría sido su laboratorio perfecto. Y no lo fue. Ese dato epidemiológico habla más que cualquier declaración institucional.

La razón biológica de esa limitación es, paradójicamente, su propia virulencia.

El epidemiólogo Bill Hanage, de Harvard, lo articula con precisión: lo que determina el potencial pandémico de un patógeno no es su tasa de letalidad sino su capacidad de transmitirse eficientemente antes de que los portadores enfermen gravemente. El COVID-19 fue devastador precisamente porque millones de infectados eran asintomáticos y se movían con normalidad durante días. El hantavirus Andes postra al paciente demasiado rápido y con demasiada severidad como para que circule libremente propagando el virus de manera silenciosa. Su agresividad clínica es, irónicamente, su freno epidemiológico natural.

Sin embargo, sería un error leer esto como una señal de tranquilidad absoluta.

Lo que mantiene a los epidemiólogos vigilantes es lo que tendría que ocurrir para que este virus evolucionara hacia una amenaza mayor: necesitaría volverse más eficientemente transmisible entre humanos, lo que requeriría múltiples cambios evolutivos coordinados. No es inminente. Pero tampoco es imposible. Es exactamente el escenario que se monitorea en relación al influenza H5N1. La vigilancia no es paranoia. Es la única herramienta real que existe antes de tener vacunas, antes de tener antivirales, antes de tener cualquier respuesta estructurada.

El riesgo inmediato tiene tres caras concretas. Los casos secundarios entre contactos cercanos de pasajeros ya dispersos en más de 20 países, todos dentro de una ventana de incubación que puede extenderse hasta ocho semanas. El subdiagnóstico: los médicos en Europa, Norteamérica o Asia que atiendan en las próximas semanas a un paciente con fiebre y compromiso respiratorio pensarán en influenza, en neumonía bacteriana, en COVID, antes de pensar en hantavirus Andes. Y el contexto endémico argentino que no mejorará solo: los casos se duplicaron respecto al año anterior y el cambio climático sigue expandiendo el territorio de los roedores reservorio.

Este último punto es el más importante y el menos discutido. El origen de este brote no es virológico. Es ecológico. Es el resultado predecible de la intersección entre turismo de expedición sin protocolos de bioseguridad para zoonosis, ecosistemas alterados por el cambio climático y sistemas de vigilancia que en zonas rurales remotas siguen siendo estructuralmente deficitarios.

El virus Andes tiene 30 años circulando en la Patagonia. Lo que cambió en 2026 no fue el virus. Cambiaron los humanos que se le acercaron, el turismo que los llevó hasta su reservorio natural.

Y como siempre decimos en Pasión Médica Pro:

👉 No hay razón para el pánico. Hay razón para la atención.
👉 Siga fuentes confiables. OMS, ministerios de salud, centros de vigilancia epidemiológica.
👉 Para contagiarse del virus Andes de otra persona hace falta contacto estrecho y prolongado. Compartir cama, convivir con un enfermo, atenderlo sin protección durante semanas.

Y sí mi gente en epidemiología, como en clínica, el diagnóstico que llega tarde no es una falla del patógeno.

Es lamentablemente una falla nuestra. 🦠💯

01/02/2026

✅I ¿Eres adulto y no sabes si ponerte la vacuna del sarampión?"

Te comparto este gráfico que te puede sacar de dudas, el cual fue publicado por la oficina de Promoción y Prevención de la Salud de la Universidad Autónoma de Metropolitana (UAM) unidad Xochimilco.



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