20/05/2026
“¿Y qué disfrutas de escuchar problemas todo el día?”
En alguna ocasión alguien me preguntó cuál era la parte que más disfrutaba de mi trabajo como analista. La pregunta venía acompañada de cierta extrañeza, como si resultara difícil imaginar que pudiera existir algo valioso en pasar horas escuchando dolor, angustia, pérdidas o personas llorando amargamente frente a mí y gastando kleenex al por mayor.
“Debe ser muy pesado”, me dijeron.
“¿Qué disfrute puede haber en eso?”
Y sí… Hay días en que el consultorio se parece a eso, días en que el dolor entra y puede ser casi palpable.
Entra en la voz quebrada de alguien que lleva años intentando ser fuerte. En el silencio de quien nunca había sentido que tenía permiso de hablar. En las historias de abandono, culpa, violencia, miedo o soledad que muchos pacientes han cargado durante demasiado tiempo creyendo que debían resolverlas solas.
Pero, con los años entendí que mi trabajo no consiste solo en escuchar sufrimiento y mirar heridas.Consiste también en ser testigo de algo profundamente conmovedor y transformador: la capacidad que tienen las personas de reconstruirse, de renacer desde las cenizas.
Porque hay momentos que parecen pequeños desde afuera, pero que dentro del consultorio se sienten enormes. Y ahí está la magia y el disfrute de mi trabajo... El instante en que alguien deja de culparse por todo. Cuando una persona logra poner en palabras algo que llevaba años ahogándole el pecho. Cuando alguien descubre que no estaba “mal”, solo profundamente herido. Cuando por primera vez un paciente puede mirarse con un poco más de compasión. Cuando pueden sostener un límite a pesar de su sentimiento de culpa, o cuando incluso sus malestares físicos mejoran.
Te conmueve y reconforta como analista porque entiendes que la terapia no solo es un espacio para hablar de lo que duele, también es un lugar donde puedes observar el cambio profundo, ver al paciente irse más ligero después de la sesión y notar como empieza, poco a poco, a volver a sí mismo.Eso es lo que más amo de mi trabajo.
La posibilidad de acompañar procesos profundamente humanos. De sostener junto a otro momentos de mucha vulnerabilidad y también de mucha valentía. Porque sí...Hace falta valentía para mirar hacia adentro, para reconocer heridas, para intentar cambiar historias que llevan años repitiéndose.
Por eso hoy, en el Día del Psicólogo, más que pensar en una profesión, pienso en el profundo privilegio que significa que cada uno de mis pacientes decida confiar en mí y permitirme entrar en los espacios más sensibles, dolorosos y vulnerables de su historia. Sé que detrás de cada palabra, cada silencio y cada lágrima hay un acto inmenso de valentía y confianza que nunca doy por sentado.
A todos aquellos que han encontrado en mi consultorio un lugar para sentirse escuchados, sostenidos y comprendidos: gracias. Gracias por permitirme acompañarles en procesos tan íntimos y humanos. Porque sinceramente, pocas cosas me parecen tan valiosas y tan profundamente conmovedoras como eso y porque ustedes hacen posible esta profesión.
¡Feliz día del Psicólogo!💜