22/06/2026
Después de tomar una decisión importante, vine a Puerto Escondido buscando una pausa, para crear un espacio donde pudiera escucharme sin la intención de conocer todo lo que había que conocer ni una lista de lugares por visitar.
Mi objetivo era descansar, descargar la tensión acumulada y dedicar tiempo a algo que a menudo se descuida en la vida acelerada: estar conmigo mismo.
Estos días han transcurrido entre playas, caminatas, comidas sencillas, atardeceres, dos tardes sin luz hasta el día siguiente y largos momentos sin una tarea específica. En esa aparente simpleza encontré algo valioso, se trata de lo bien que hace vivir siguiendo el propio ritmo.
Dormir cuando llega el sueño, comer cuando se tiene hambre, quedarse en un lugar porque uno quiere y cambiar de plan sin más. Escuchar el cuerpo antes que la agenda.
En este viaje en soledad busqué hacerme preguntas importantes: ¿Qué necesito? ¿Qué disfruto realmente? ¿Qué hago por costumbre y qué elijo de verdad?
Con el paso de los días, descubrí que uno de los aprendizajes más importantes es la forma en que uno está en el mundo. Vi el artículo sobre el muchacho que hizo el viaje oceánico con 24 años en una embarcación a remo, Tim Robinson, y menciona que vivió momentos de gran euforia e inmensa paz en esos 15 meses en soledad.
Sin remos y por algunos días, sentí eso en este descanso, desde la felicidad completa por un mar calmado, la sensación de paz absoluta por no hacer nada, el desayuno delicioso en una panadería cuyo nombre era LOLÓH (según me dijeron en una lengua africana es “amor” pero también responde al perro callejero que todos quieren y estaba estampada la imagen de un perro salchicha como mi amado Lolo) o la alegría simple porque el auto que renté tenía una marcha increíble.
Y quizás eso sea lo que más me llevo de estos días: la experiencia de volver a escuchar mi propio ritmo y recordar que no estás mal seguirlo y amarlo.