19/08/2026
"Un endocrinólogo mexicano y su amor por el Sol"
Mi amor al Sol es multidimensional.
- Nací el mismo año que se estrenó el Superman de Christopher Reeve y la música de John Williams se me quedó impregnada epigenéticamente. Y claro, Superman guarda una sabiduría muy profunda y un gran amor por el Sol.
Entendí que su historia encierra una metáfora biológica fascinante: sus células kryptonianas funcionan como una "batería viviente", actuando como células fotovoltaicas orgánicas que absorben el espectro de radiación de alta energía de nuestro Sol amarillo. En Krypton, bajo un sol rojo más viejo, frío y de baja energía, era un ser común; pero la inmensa energía solar terrestre le otorga una estructura atómica hiperdensa, origen de su superfuerza, invulnerabilidad y visión térmica. El Sol es su medicina principal: si la kryptonita lo debilita, la luz solar regenera sus tejidos, y si se adentra en su núcleo —el famoso sun-dip—, sus poderes se multiplican a niveles divinos. En resumen, sin el Sol, Clark Kent no sería más que un ser humano ordinario.
Años después, durante una etapa de depresión muy oscura y tras un intento de suicidio a los 14 años, encontré refugio en Nietzsche y su Así habló Zaratustra. Fue ahí cuando recordé... Al escuchar a Zaratustra hablándole al Sol, diciendo que incluso el astro rey necesitaba a los seres a quienes cubría con su amor para dar sentido a su abundancia; por lo que Zaratustra decidió bajar de la montaña y entregar su plenitud al mundo, exactamente como lo hace el Sol. Recordé también que Zaratustra le decía al ermitaño que él no era lo suficientemente pobre como para dar limosnas, una idea que resonaba con la filosofía estoica de Epicteto siglos atrás: al Sol no hay que rogarle para que llene de sus bondades a todos los seres del mundo; así, de la misma manera, uno debe hacer todo el bien que de uno dependa.
También en medio de esa depresión había cosas que jamás me abandonaban: la oscuridad, el dolor y la soledad. Sin embargo, sabía que el Sol —aunque me costara trabajo sentirlo— también estaba ahí, seguro para mí cada mañana.
Siempre tuve facilidad para las matemáticas y la física; incluso estuve a punto de estudiar la carrera. Hice el área fisicomatemática dudando entre física general y astronomía, pero al final, por un juramento sagrado, me encontré —casi sin darme cuenta— en la más bella de todas las profesiones: la medicina.
Hasta que, en el primer año de la carrera de Medicina, me encontró el amor de una mujer que luego me dio el honor de ser padre dos veces, conociendo al fin el amor incondicional. Yo, que había entrado a Medicina por cumplir una promesa sagrada y no por curar a nadie, buscando estudiar neurociencias o la inmortalidad, acabé cayendo —por una de las necesidades más básicas: el hambre, y por puro pragmatismo— en una subespecialidad que no conocí sino hasta que estudié Medicina: la endocrinología.
Estuve encerrado mucho tiempo entre libros, aulas, bibliotecas y computadoras, y posteriormente entre hospitales, pacientes y desvelos constantes. Tanto así, que por un largo periodo me olvidé de él.
Esta disciplina me trajo de vuelta a mi viejo amor a través de dos hormonas: la mal llamada vitamina D (o mejor nombrada hormona D), que requiere para su síntesis la exposición del ser humano al Sol —o el Güero, como lo llama mi padre—; y la melatonina, la hormona reguladora de nuestros ciclos y encargada del sueño reparador. Una sustancia que se produce en la oscuridad por la glándula pineal o epífisis; esa misma glándula que guarda silencio cuando estamos, como se imaginan, bajo el Sol.
Fue entonces cuando me encontré con una frase anónima en internet que resonó muy hondo en mí y me hizo recordar a mi viejo amor: "Ya entendí el sentido de la vida: era para el otro lado". Volví a buscarlo a él, al Sol, y él, que siempre estuvo allí, me ayudó a sanar.
Hoy, habiendo vivido mucho tiempo con el concepto de Superman —o lo que en psicología llaman el "complejo de superhéroe"—, adopto más bien el papel de mi entrañable Supermancito. Aferrado al conocimiento científico y respetando siempre la máxima médica del Primum non nocere (lo primero es no hacer daño), aconsejo la exposición al Sol de forma gradual hasta alcanzar unos 15 minutos diarios sin bloqueador solar, idealmente antes de las 10 u 11 de la mañana, o bien después de las 4 de la tarde. El resto del tiempo, la protección con bloqueador sigue siendo indispensable.
Dr. Israel Vázquez Cruz