09/09/2026
𝗦𝗲𝗽𝘁𝗶𝗲𝗺𝗯𝗿𝗲, 𝗠𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗖𝗼𝗻𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗶𝘇𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗲𝗹 𝗗𝗼𝗹𝗼𝗿 𝗖𝗿𝗼́𝗻𝗶𝗰𝗼
𝗖𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗼𝗹𝗼𝗿 𝘁𝗶𝗲𝗻𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝗲𝘀𝗰𝘂𝗰𝗵𝗮𝗱𝗼
Dra. Nadia L. Caram Salas
Hace poco me sometí a una resección parcial de ganglios del lado izquierdo del cuello por cáncer papilar de tiroides metastásico. La cirugía salió bien y, en principio, todo parecía estar marchando como se esperaba. Mi oncólogo me indicó ketorolaco para controlar el dolor, ya que soy alérgica al paracetamol. Sin embargo, al tercer día comenzó algo que nunca imaginé que pudiera llegar a experimentar. El dolor fue aumentando hasta convertirse en algo verdaderamente incapacitante. Lo sentía en el hombro izquierdo, en la parte delantera y trasera del cuello, en parte de la espalda, en la cara y hasta en la cabeza. Era un dolor punzante, profundo y cambiante. Por momentos eran piquetes; después, descargas eléctricas, hormigueo, ardor, quemazón o una sensación de adormecimiento que también dolía. Llegó un momento en que apenas podía moverme. No soportaba la ropa sobre mi cuerpo ni siquiera el roce de las sábanas. Y algo que emocionalmente fue todavía más difícil: no podía tolerar los abrazos ni los besos de las personas que amo, especialmente de mis hijos. Eso me partía el corazón. Ellos querían acercarse a mí, abrazarme, besarme y hacerme sentir acompañada, pero mi cuerpo simplemente no podía soportarlo. Me sentía triste y hasta culpable, por que parecía que estaba rechazando su cariño cuando, en realidad, lo único que quería era recibir esos abrazos sin que me dolieran. No era rechazo. No era falta de amor. Era dolor. Le hablé a mi oncólogo y le expliqué lo que estaba viviendo. Le dije que el dolor era insoportable, que no podía moverme y que estaba completamente desesperada. Para mi sorpresa, me respondió que no tenía por qué sentir ese dolor, que estaba estresada, ansiosa y que debía tranquilizarme. Esas palabras me enojaron profundamente. Me hizo sentir que estaba exagerando mi dolor e invalidando mi reporte de éste. Yo sabía lo que estaba sintiendo. Entendía la fisiopatología del dolor y sabía que, después de una cirugía de este tipo, podía existir afectación de estructuras nerviosas y musculares. Durante el procedimiento se había tenido que manipular estructuras del cuello y, posiblemente, algunos nervios y músculos podían haber quedado afectados. Por eso me resultaba todavía más frustrante que todo aquello se redujera al estrés o la ansiedad. Yo podía distinguir perfectamente lo que estaba ocurriendo físicamente en mi cuerpo. Estaba viviendo un dolor intenso, complejo y completamente diferente a cualquier otro que hubiera experimentado. Y en ese momento, lo que necesitaba no era que me dijeran que me tranquilizara. Necesitaba una valoración adecuada de lo que estaba pasando y una solución para aliviar un dolor que ya había sobrepasado por completo mi capacidad de manejarlo.
Una persona con cáncer ya carga con mucho para todavía agregarle la invalidación de su dolor. Hay miedo, incertidumbre, cansancio, cambios en el cuerpo y una enorme carga emocional. Yo ya había pasado por una tiroidectomía aproximadamente un año antes para retirar el cáncer papilar de tiroides y ahora estaba enfrentando una segunda cirugía debido a la presencia de metástasis en los ganglios. No era simplemente “estrés” o “ansiedad”. Era mi cuerpo pidiendo ayuda. Afortunadamente, buscamos la ayuda de una algóloga (médico especializado en el manejo del dolor). Esa decisión cambió completamente mi experiencia. Con el apoyo de esta especialista, recibí un tratamiento para controlar el dolor que incluyó varios medicamentos, entre ellos opioides por vía oral y parches transdérmicos y gabapentinoides y parches de lidocaína. Poco a poco pude volver a levantarme, moverme y hacer algunas de las actividades más sencillas del día a día. El dolor no desapareció por completo, pero la diferencia fue enorme. Aquella sensación de quemazón, las descargas eléctricas, el hormigueo y ese dolor tan intenso dejaron de ser comparables con lo que había vivido al principio. Ahora estoy en otra etapa: disminuyendo los opioides de manera supervisada. Y tampoco está siendo fácil. Han aparecido náuseas, mareos, sudoración, inquietud, malestar y dificultades para dormir. Es otro proceso que estoy atravesando paso a paso y con acompañamiento médico. Comparto esto porque creo que necesitamos hablar más de algo que muchas veces se minimiza: el dolor necesita ser escuchado y creído. Cuando una persona dice que tiene un dolor insoportable, merece que se tome en serio y que se busquen alternativas para aliviarlo. Si los cirujanos no tienen el conocimiento, es imperativo que deriven al paciente con un especialista en dolor. Esta experiencia me enseñó que, cuando el dolor es complejo y el tratamiento inicial no es suficiente, la intervención de un especialista en manejo del dolor puede marcar una diferencia enorme. A quienes atraviesan una experiencia similar, les diría que no normalicen un dolor que sienten que está fuera de control y que busquen ayuda médica cuando el tratamiento indicado no sea suficiente. Y a los profesionales de la salud, especialmente a quienes acompañan a pacientes oncológicos, les pediría algo que parece sencillo, pero puede cambiar la experiencia de una persona en uno de sus momentos más vulnerables: no asumir que el dolor es por estrés. Hay que escuchar al paciente, valorar su dolor y tratarlo. Yo sigo avanzando. Un día a la vez. Con dolor todavía, sí, pero también con más herramientas, más apoyo y con la esperanza de que lo más difícil ya haya quedado atrás.