21/08/2026
Hablemos de ansiedad…
Un tema que conviene abordar sin mitos, sin dramatismos y también sin minimizarlo.
La ansiedad forma parte de nuestra biología y no es, por sí misma, una enfermedad; *es mas bien una respuesta emocional y fisiológica de anticipación frente a una amenaza real, posible o imaginada*.
Puede desencadenarse por un estímulo externo, pero también por algo interno: un pensamiento, una preocupación, un recuerdo o incluso una imagen mental; *su función original es protectora*: advertirnos de un posible peligro y preparar al organismo para responder.
Cuando percibimos una amenaza, se activa el sistema nervioso autónomo, particularmente el sistema simpático; aumentan la frecuencia cardiaca y la ventilación, se modifica el flujo sanguíneo, aumenta la tensión muscular y se moviliza energía.
Participan neurotransmisores y hormonas como la noradrenalina, la adrenalina y el cortisol; es la conocida respuesta de “lucha o huida”, aunque actualmente sabemos que la respuesta humana ante una amenaza puede incluir también inmovilización, evitación y otras estrategias defensivas.
En condiciones normales, esta activación tiene un principio y un final: aparece la amenaza, el organismo se prepara, la persona responde y, una vez resuelto el peligro, los sistemas de regulación recuperan progresivamente el equilibrio.
Esa ansiedad es adaptativa.
Incluso puede mejorar nuestro desempeño, un cierto grado de activación puede favorecer la atención, la concentración y la capacidad de responder ante una situación exigente.
El problema aparece cuando la alarma deja de corresponder con el peligro, se mantiene durante demasiado tiempo, resulta difícil de controlar o comienza a interferir con la vida cotidiana.
Entonces podemos estar frente a un *trastorno de ansiedad*.
No se trata simplemente de “estar nervioso”, puede manifestarse mediante preocupación persistente, inquietud, irritabilidad, dificultad para concentrarse, insomnio, fatiga, tensión muscular, palpitaciones, sensación de falta de aire, molestias gastrointestinales, mareo, sudoración y conductas de evitación, entre muchos otros síntomas.
Y aquí existe algo fundamental que no debemos olvidar: *la ansiedad no siempre tiene un origen exclusivamente psicológico*; algunas enfermedades y determinadas sustancias o medicamentos pueden producir síntomas semejantes.
Las alteraciones endocrinas, cardiovasculares, respiratorias, neurológicas, metabólicas y otras condiciones médicas pueden presentarse con manifestaciones que el paciente interpreta inicialmente como “ansiedad”; por eso, *ante síntomas nuevos, intensos, persistentes o inexplicables, no es correcto asumir automáticamente que se trata de un trastorno de ansiedad*.
La historia clínica, la exploración física y, cuando están indicados, los estudios complementarios forman parte de una adecuada evaluación diagnóstica; además, *existen diferentes trastornos de ansiedad*.
No es lo mismo un trastorno de ansiedad generalizada que un trastorno de pánico, una ansiedad social, una fobia específica o la ansiedad relacionada con determinadas circunstancias; cada uno tiene características clínicas y abordajes particulares.
La buena noticia es que los trastornos de ansiedad tienen tratamiento y existen intervenciones muy eficaces; entre las estrategias psicológicas con mayor respaldo científico se encuentran las basadas en la terapia cognitivo-conductual, incluida la exposición cuando está indicada.
También pueden ser útiles las técnicas de relajación, el ejercicio físico, la regulación del sueño, el manejo del estrés y las intervenciones basadas en mindfulness.
En determinados casos pueden utilizarse medicamentos; y hay otro punto importante:
*no toda persona con ansiedad necesita medicamentos*.
La elección del tratamiento debe individualizarse de acuerdo con el diagnóstico, la intensidad de los síntomas, el grado de deterioro funcional, las enfermedades concomitantes, las preferencias del paciente y la respuesta al tratamiento.
En este contexto, la hipnosis clínica o hipnoterapia puede considerarse una *herramienta complementaria* en determinados pacientes; existe evidencia de reducción de síntomas de ansiedad.
La mejor medicina no consiste en enfrentar “medicamentos contra terapias” como si fueran enemigos; consiste en identificar correctamente qué está ocurriendo y utilizar, de manera responsable, las herramientas que tengan sentido para cada persona.
La ansiedad no es nuestra enemiga... es un sistema de alarma; el problema comienza cuando esa alarma se activa demasiado, permanece encendida cuando ya no existe peligro o empieza a gobernar nuestra vida.
Aprender a reconocerla, comprenderla y tratarla adecuadamente es mucho más útil que simplemente intentar eliminarla.
Porque el objetivo no es vivir sin ansiedad.
El objetivo es que la ansiedad vuelva a cumplir su función y deje de dirigir nuestra vida.