Psicólogo en Monclova - Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Psicólogo en Monclova - Carlos Arturo Moreno De la Rosa Psicólogo. Egresado de la UANL, con Maestría en Psicoterapia y Doctorante en Salud Mental

10/08/2026

¿Insomnio? Tres pasos para el buen dormir

Dormir no siempre ocurre simplemente porque cerremos los ojos. Muchas veces el cuerpo está cansado, pero el cerebro continúa trabajando: pendientes, preocupaciones, recuerdos, problemas y escenarios futuros mantienen activa nuestra atención. Por eso, una estrategia para facilitar el sueño puede organizarse en tres pasos muy sencillos: escribir, leer y dirigir la atención.

Esta técnica la recomiendo con frecuencia a mis pacientes y he observado excelentes resultados para facilitar la conciliación del sueño. Aunque es sencilla, no es una ocurrencia al azar: se apoya en principios cognitivos como la regulación de la atención, la disminución de la activación mental y el uso de estímulos repetitivos para evitar engancharnos con preocupaciones o pensamientos intrusivos. La idea no es “obligar” al cerebro a dormir, sino ayudarlo a abandonar progresivamente el estado de alerta y facilitar las condiciones para que el sueño aparezca.

Escribir para descargar. Antes de dormir, tome una hoja y escriba aquello que continúa dando vueltas en su cabeza: pendientes, preocupaciones, problemas o cosas que teme olvidar. No se trata de resolverlas en ese momento, sino de sacarlas de la memoria de trabajo y dejarlas registradas para mañana. Es una manera de decirle al cerebro: “Esto ya está anotado; ahora no necesito seguir repasándolo”.

Leer para bajar revoluciones. Después, dedique algunos minutos a una lectura tranquila, de preferencia algo que no resulte demasiado estimulante. La lectura funciona como un puente entre la actividad del día y el descanso. Durante la vigilia activa encontramos mayor presencia de actividad beta; al relajarnos y cerrar los ojos aumenta la actividad alfa y, conforme avanzamos hacia el sueño, aparecen con mayor presencia ondas theta y posteriormente delta durante el sueño profundo. No significa que leer produzca directamente estas ondas, sino que una actividad tranquila puede facilitar esa transición progresiva de la vigilia hacia el sueño.

Respirar, contar y dirigir la atención. La combinación de respiración y conteo no es nueva. Estrategias semejantes se utilizan en ejercicios de relajación y se han popularizado también en contextos militares, donde aprender a disminuir rápidamente la activación y aprovechar periodos breves de descanso puede resultar especialmente útil. El principio es sencillo: darle al cerebro una tarea repetitiva, predecible y poco estimulante mientras el organismo va disminuyendo su activación.

En esta técnica utilizamos una variante muy sencilla. Ya acostado, visualice mentalmente el número 1, inhale lentamente y suelte el aire; después visualice el 2 y vuelva a respirar. Continúe así hasta llegar al 9. Si todavía está despierto, vuelva nuevamente al 1 y repita la secuencia las veces que sea necesario. Si pierde la cuenta, no pasa nada: simplemente vuelva al número que recuerde o comience otra vez.

Esto se fundamenta en cómo trabaja el proceso de la atención: Primero el proceso de Atención Selectiva: entre todos los estímulos posibles elegimos uno, el número. Después Atención Focalizada: centramos los recursos atencionales en ese estímulo e intentamos no engancharnos con información irrelevante. Finalmente Atención Sostenida: mantenemos ese foco durante varias secuencias, aun cuando aparezcan pensamientos, preocupaciones, ruidos o distracciones.

La finalidad no es dejar la mente en blanco ni luchar contra los pensamientos. Si aparece uno, se deja pasar y simplemente se regresa al número y a la respiración. Escribir descarga lo pendiente, leer ayuda a desacelerar y el ejercicio final le proporciona a la atención un estímulo sencillo donde permanecer mientras llega el sueño.

No hay que perseguir el sueño. Se preparan las condiciones y se permite que llegue.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
Psicoterapeuta Cédula Profesional 6775187
Doctorante en Salud Mental
Citas al 866 133 3958

06/08/2026
06/08/2026

¿Se puede dejar de pensar?

Querer dejar de pensar es como querer que el planeta Tierra deje de girar. Simplemente no está diseñado para detenerse. Igual de absurdo es exigirle al cerebro que deje de producir pensamientos. Está diseñado para pensar, igual que el corazón para latir o los pulmones para respirar. Así como la Tierra continúa su movimiento sin pedirnos permiso, nuestro cerebro también produce pensamientos de manera constante, incluso cuando no los deseamos. Pensar no es un error del cerebro; es precisamente una de sus funciones más importantes.

Muchas personas llegan al consultorio de psicoterapia convencidas de que el objetivo es "dejar de pensar". "Quiero dejar de pensar en mi ex", "quiero dejar de darle vueltas a las cosas", "quiero apagar mi mente". Es una petición comprensible, porque cuando el sufrimiento es intenso, uno quisiera que también desaparecieran los pensamientos que lo acompañan. El problema es que intentar expulsarlos suele producir el efecto contrario: cuanto más luchamos contra ellos, más fuerza parecen adquirir.

Algo que suele poner a reflexionar a los pacientes es descubrir que no todos los pensamientos representan lo que realmente quieren. El cerebro genera hipótesis, anticipa peligros, imagina escenarios, recuerda errores del pasado y fabrica posibilidades futuras. Muchas veces esos pensamientos son completamente ajenos a los intereses conscientes de la persona. No aparecen porque uno los elija, sino porque el cerebro está haciendo aquello para lo que evolucionó: detectar riesgos, resolver problemas y mantenernos preparados.

En psicoterapia el primer paso rara vez consiste en eliminar los pensamientos. Consiste en cambiar la relación que tenemos con ellos. En lugar de pelear contra cada idea que aparece, aprendemos a observarla, comprenderla y preguntarnos qué información intenta aportar. Algunos pensamientos serán útiles; otros serán exagerados, catastróficos o simplemente ruido mental. Pero todos pueden ser escuchados sin necesidad de obedecerlos.

Con frecuencia les digo a mis pacientes una frase que resume esta idea: los pensamientos y los sentimientos no se reprimen; la conducta sí se puede regular. No siempre podemos decidir qué pasa por nuestra mente o qué emoción aparece en nuestro interior, pero sí podemos decidir qué hacemos con ello. Puedo sentir miedo y aun así avanzar. Puedo pensar que voy a fracasar y, pese a ello, presentar el examen. Puedo sentir enojo sin lastimar a nadie.

Aquí hay una idea que suele cambiar la forma de entender la ansiedad: el problema no es que el cerebro piense; el problema es creer que debemos obedecer todo lo que pensamos. Tener un pensamiento no significa que sea cierto, ni que represente nuestros valores, ni mucho menos que estemos obligados a actuar en consecuencia. Los pensamientos son eventos mentales, no órdenes.

La salud mental no consiste en tener la mente en blanco. Del mismo modo que no necesitamos detener el movimiento de la Tierra para vivir en paz, tampoco necesitamos detener el movimiento de nuestra mente. Lo que necesitamos es aprender a convivir con ella, entender su funcionamiento y recordar que, aunque no siempre elegimos lo que pensamos, sí podemos elegir cómo respondemos a esos pensamientos. Ahí es donde comienza el verdadero cambio terapéutico.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
Psicoterapeuta Cédula Profesional 6775187
Doctorante en Salud Mental
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05/08/2026

Del "así soy y qué" al "quiero cambiar": Comprendiendo los Trastornos de la Personalidad.

Cuando escuchamos la palabra "personalidad", solemos pensar que cada quien tiene una forma única de ser. Y es cierto. Sin embargo, la CIE-11 (Clasificación Internacional de Enfermedades, 11.ª edición) propone que, cuando existe un trastorno de la personalidad, no basta con decir que alguien es "complicado", "difícil" o "tiene mal carácter". Lo importante es identificar cuáles son los rasgos de personalidad que predominan y cómo estos afectan su funcionamiento diario.

La CIE-11 describe cinco grandes dominios de rasgos patológicos: afectividad negativa, disocialidad, desinhibición, anancastia y distanciamiento. Todos podemos presentar alguno de ellos en determinadas circunstancias. El problema aparece cuando son intensos, persistentes, rígidos y terminan afectando la vida personal, familiar, laboral o social.

1. Una persona con predominio de afectividad negativa suele vivir las emociones con mucha intensidad. Se preocupa excesivamente, interpreta con facilidad que las cosas saldrán mal, experimenta ansiedad, culpa, tristeza o irritabilidad con mayor frecuencia que la mayoría de las personas. Un ejemplo cotidiano sería alguien que, después de enviar un mensaje y no recibir respuesta durante unos minutos, comienza a pensar que hizo algo mal, que la otra persona está molesta o que la van a rechazar, aunque no exista ninguna evidencia de ello. Su cerebro parece mantenerse constantemente en estado de alerta.

2. Los rasgos disociales se caracterizan por una escasa consideración hacia los derechos, necesidades y sentimientos de los demás. Son personas que pueden manipular, mentir o aprovecharse de otros sin experimentar culpa. Por ejemplo, alguien que promete ayudar únicamente para obtener un beneficio personal, culpa a los demás de todos sus problemas o considera que las reglas existen para los demás, pero no para él. Lo que predomina no es solamente el egoísmo, sino una marcada dificultad para desarrollar empatía.

3. La desinhibición se manifiesta como una tendencia a actuar primero y pensar después. Son personas impulsivas, con dificultad para controlar sus deseos inmediatos y para valorar las consecuencias de sus actos. Un ejemplo frecuente sería quien realiza compras que no puede pagar, abandona un empleo por enojo sin tener otro asegurado, responde agresivamente en una discusión o toma decisiones importantes guiándose únicamente por la emoción del momento, para después arrepentirse de ellas.

4. La anancastia representa el extremo opuesto de la impulsividad. Aquí la persona necesita que todo esté bajo control, busca la perfección, le cuesta delegar responsabilidades y puede dedicar tanto tiempo a revisar los detalles que termina retrasando o incluso impidiendo la realización de sus propias actividades. Por ejemplo, alguien que tarda horas revisando un correo electrónico para asegurarse de que no tenga un solo error, o que rehace constantemente un trabajo porque siente que nunca está lo suficientemente bien. Su dificultad no es la falta de control, sino el exceso de control.

5. El distanciamiento se caracteriza por una marcada desconexión emocional e interpersonal. Estas personas suelen preferir la soledad, mantienen pocas relaciones cercanas, expresan poco sus emociones y con frecuencia parecen indiferentes hacia los demás. No significa que no tengan sentimientos, sino que les resulta difícil compartirlos o establecer vínculos profundos. Por ejemplo, alguien que evita reuniones familiares, rara vez busca convivir con amigos, responde con pocas palabras y prefiere resolver todo por su cuenta, incluso cuando necesita ayuda.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
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05/08/2026

Trastorno de Personalidad: Leve, Moderado o Grave

Hasta hace pocos años, la mayoría de los sistemas diagnósticos se enfocaban principalmente en identificar qué tipo de trastorno de la personalidad tenía una persona. Sin embargo, la CIE-11 (Clasificación Internacional de Enfermedades, 11.ª edición) propone un cambio importante de perspectiva: antes de preguntarnos cuál es el diagnóstico, debemos preguntarnos qué tanto afecta ese trastorno la vida cotidiana de la persona.

En otras palabras, ya no basta con identificar ciertos rasgos de personalidad. Lo verdaderamente importante es evaluar qué tan deterioradas se encuentran sus relaciones personales, su desempeño laboral o académico, su vida familiar, su capacidad para adaptarse a los cambios y el riesgo de hacerse daño a sí mismo o a los demás. Con base en ello, la CIE-11 clasifica los trastornos de la personalidad en tres niveles de gravedad: leve, moderado y severo.

En un trastorno de personalidad leve, la persona todavía logra desenvolverse en la mayoría de los aspectos de su vida, aunque con dificultades evidentes. Puede conservar un empleo, mantener algunos amigos o sostener una relación de pareja, pero los conflictos son frecuentes. Por ejemplo, puede discutir constantemente por su impulsividad, desconfiar con facilidad de los demás o reaccionar de manera exagerada ante las críticas. A pesar de ello, aún conserva la capacidad de reparar algunas relaciones y continuar con sus responsabilidades.

Cuando el trastorno es moderado, las dificultades comienzan a extenderse a casi todas las áreas de la vida. La persona cambia repetidamente de trabajo por conflictos con compañeros o supervisores, termina con frecuencia sus relaciones de pareja, mantiene poco contacto con su familia o vive en constantes discusiones. Poco a poco, el aislamiento, la impulsividad o los problemas emocionales limitan seriamente su funcionamiento. En algunos casos pueden aparecer amenazas de suicidio, autolesiones, explosiones intensas de ira o agresiones físicas que, aunque generalmente no ponen en peligro la vida, sí generan un importante deterioro en la calidad de vida.

En un trastorno de personalidad severo, prácticamente toda la vida de la persona gira alrededor del trastorno. Le resulta muy difícil conservar un empleo, mantener amistades o establecer relaciones afectivas estables. Los conflictos son permanentes y el deterioro social suele ser profundo. En este nivel aumenta considerablemente el riesgo de intentos de suicidio con verdadera intención de morir, autolesiones graves que dejan secuelas permanentes o episodios de violencia capaces de causar daños importantes a otras personas.

Quizá la idea más importante es que la gravedad no depende de lo "extraña" que parezca una persona ni de la cantidad de síntomas que presente. Lo que realmente determina la gravedad es el impacto que esos patrones tienen sobre su funcionamiento diario. Dos personas pueden compartir rasgos muy similares, pero si una logra trabajar, mantener relaciones estables y adaptarse a los cambios, mientras la otra pierde repetidamente sus empleos, rompe todos sus vínculos y pone en riesgo su integridad o la de quienes la rodean, evidentemente no presentan el mismo nivel de gravedad.

Este cambio representa uno de los avances más importantes de la CIE-11. En lugar de centrarse únicamente en colocar una etiqueta diagnóstica, propone comprender a la persona de manera integral, evaluando cuánto afectan sus patrones de personalidad a su vida cotidiana y qué nivel de apoyo necesita para recuperar su funcionamiento y su calidad de vida.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
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05/08/2026

¿Cómo identificar un Trastorno de la Personalidad?

Todos tenemos una forma particular de pensar, sentir, relacionarnos con los demás y enfrentar los problemas de la vida. Hay personas más reservadas, otras más sociables; algunas son muy organizadas y otras prefieren la espontaneidad. Estas diferencias forman parte de la personalidad y, por sí mismas, no representan ningún problema.

Sin embargo, llega un punto en el que esos rasgos dejan de ser simplemente una manera de ser y comienzan a convertirse en una fuente constante de sufrimiento y conflictos. Es ahí cuando podemos empezar a hablar de un trastorno de la personalidad.

Un trastorno de la personalidad implica una alteración profunda en la manera en que una persona se percibe a sí misma, interpreta a los demás y entiende el mundo que la rodea. Esa forma de pensar, sentir y actuar se vuelve tan rígida que termina afectando su vida familiar, de pareja, laboral, social e incluso académica.

Por ejemplo, todos podemos desconfiar de alguien después de una traición. Eso es completamente normal. Pero imaginemos a una persona que interpreta casi cualquier comentario como una ofensa, que piensa constantemente que los demás quieren perjudicarla o que vive convencida de que nadie es digno de confianza, aun cuando no existan evidencias que lo justifiquen. En ese caso, ya no hablamos de una simple desconfianza, sino de un patrón que afecta la manera en que se relaciona con todo el mundo.

Lo mismo ocurre con las emociones. Todos sentimos tristeza, enojo, miedo o ansiedad en determinados momentos. El problema aparece cuando las emociones son tan intensas o cambiantes que provocan discusiones constantes, rupturas de pareja, conflictos familiares, problemas en el trabajo o decisiones impulsivas de las que la persona después se arrepiente.

Otra característica fundamental es la rigidez. La mayoría de nosotros aprendemos de los errores y modificamos nuestra conducta cuando algo no funciona. En cambio, una persona con un trastorno de la personalidad suele repetir una y otra vez los mismos patrones, aunque estos le ocasionen pérdidas, conflictos o sufrimiento. Es como intentar abrir todas las puertas con la misma llave, aunque sea evidente que no funciona.

Además, estas dificultades no aparecen únicamente con una persona o en una situación específica. No es que tenga problemas solo con su pareja, únicamente con su jefe o exclusivamente con un familiar. Los conflictos suelen repetirse en diferentes contextos y con distintas personas, porque forman parte de una manera estable de relacionarse con el mundo.

Finalmente, estos patrones suelen comenzar desde etapas tempranas de la vida. Muchas veces sus primeras manifestaciones aparecen durante la infancia, se hacen más evidentes en la adolescencia y continúan en la edad adulta si no reciben atención. Por ello, un trastorno de la personalidad no se diagnostica por un mal día, una crisis emocional o una conducta aislada, sino por la presencia de un patrón persistente, inflexible y generalizado que genera un deterioro significativo en la vida de la persona.

Quizá la idea más importante es esta: todos tenemos rasgos de personalidad; eso es normal. Lo que diferencia a un trastorno de la personalidad no es el rasgo en sí, sino la intensidad, la rigidez, la persistencia y el impacto negativo que ese patrón tiene sobre la vida de quien lo presenta y de quienes lo rodean.

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05/08/2026

Factores de la Personalidad: ¿Por qué unas personas son más amables, otras más responsables y otras más impulsivas?

El Modelo de los Cinco Grandes Factores de la Personalidad (Five Factor Model, FFM), desarrollado por Robert R. McCrae y Paul T. Costa Jr. (1996), propone que la personalidad humana puede describirse a partir de cinco grandes dimensiones relativamente estables: amabilidad, responsabilidad o escrupulosidad, extraversión, neuroticismo y apertura a la experiencia. Estas dimensiones no deben entenderse como categorías en las que una persona "tiene" o "no tiene" un rasgo, sino como continuos, donde cada individuo puede ubicarse en distintos grados. Por ejemplo, una persona puede ser muy responsable, moderadamente responsable o poco responsable, sin que ello implique necesariamente la presencia de un trastorno de la personalidad.

En la vida cotidiana, una persona con alta amabilidad suele mostrarse empática, cooperadora, respetuosa y dispuesta a ayudar; en el extremo opuesto puede predominar la hostilidad, manifestándose como alguien constantemente irritable, desconfiado, crítico o que entra con facilidad en discusiones y conflictos. En cuanto a la responsabilidad, quienes puntúan alto acostumbran planificar, cumplir horarios, terminar lo que empiezan y pensar antes de actuar; mientras que en el polo contrario es frecuente observar desorganización, impulsividad, incumplimiento de compromisos, olvidos constantes o dificultad para asumir responsabilidades.

La extraversión suele reflejarse en personas que disfrutan convivir, expresan con facilidad sus emociones, participan activamente en reuniones y se sienten cómodas conociendo gente nueva. En el otro extremo se encuentra la introversión, caracterizada por una preferencia por actividades solitarias o grupos pequeños, por reservar la vida emocional para personas de confianza y por necesitar momentos de tranquilidad para recuperar energía. Es importante aclarar que la introversión no representa un defecto ni un trastorno psicológico; simplemente constituye una forma distinta de relacionarse con el mundo.

El neuroticismo implica una mayor tendencia a experimentar ansiedad, preocupación, culpa o cambios emocionales intensos ante situaciones estresantes; mientras que una persona con mayor estabilidad emocional suele conservar la calma, recuperarse con mayor rapidez de las dificultades y tolerar mejor la incertidumbre.

La apertura a la experiencia se observa en personas curiosas, creativas, interesadas en aprender, explorar ideas nuevas o cuestionar sus propias creencias; en contraste, quienes se ubican hacia el convencionalismo suelen preferir las rutinas, las tradiciones, los métodos conocidos y sentirse incómodos ante cambios o formas diferentes de pensar.

Esta concepción dimensional ha tenido una enorme influencia en la psicología contemporánea, ya que permitió pasar de una visión rígida y dicotómica de la personalidad a una perspectiva mucho más flexible, donde las diferencias individuales se entienden como variaciones normales de un continuo. De hecho, este modelo sirvió como una de las principales bases para el desarrollo del Modelo Alternativo de los Trastornos de la Personalidad del DSM-5 y del enfoque dimensional adoptado por la CIE-11, los cuales evalúan la personalidad considerando tanto la gravedad del deterioro como la intensidad de determinados rasgos patológicos.

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05/08/2026

¿Cómo saber si una persona presenta un trastorno de la personalidad?

Cuando se piensa en un trastorno de la personalidad, se suele poner atención en los síntomas: impulsividad, relaciones conflictivas, manipulación o cambios emocionales intensos. Sin embargo, actualmente sabemos que eso representa únicamente la parte visible del problema.

Para comprender realmente el funcionamiento de una persona no basta con identificar síntomas o contar criterios diagnósticos; también es necesario evaluar la forma en que se percibe a sí misma y la manera en que se relaciona con los demás.

Para responder esta pregunta, es importante evaluar cuatro dimensiones fundamentales. Dos corresponden al funcionamiento del Self: identidad y autodirección. Las otras dos pertenecen al funcionamiento interpersonal: empatía e intimidad.

La identidad nos permite conocer si la persona tiene un sentido relativamente estable de quién es. La autodirección nos dice si es capaz de establecer metas, tomar decisiones y dar rumbo a su vida. La empatía evalúa si puede comprender las emociones y necesidades de los demás sin perder su propia perspectiva. Y la Intimidad explora la capacidad para establecer vínculos cercanos, estables y basados en la confianza.

Las señales de alerta aparecen cuando la persona presenta una identidad inestable o fragmentada, o depende excesivamente de la aprobación de los demás para definir quién es (identidad); cambia constantemente de metas, carece de un proyecto de vida consistente o toma decisiones impulsivas sin valorar sus consecuencias (autodirección); muestra dificultades importantes para comprender las emociones o perspectivas ajenas (empatía); o establece relaciones marcadas por el aislamiento, la manipulación, la dependencia o el conflicto permanente (intimidad).

Cuando estas alteraciones son persistentes, rígidas y afectan de manera significativa la vida personal, familiar, social o laboral, probablemente ya no estemos hablando únicamente de rasgos de personalidad, sino de un verdadero trastorno de la personalidad.

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