El Despertar De La Conciencia Espiritual

El  Despertar De La Conciencia Espiritual Es una página donde se fomenta la libre interacción entre humanos con un mismo propósito que es el de unirnos con nuestro espíritu.

He estado muy ausente de esta página. Ahora quiero compartir con ustedes una nueva faceta mia. Comencé a escribir sobre ...
24/08/2026

He estado muy ausente de esta página. Ahora quiero compartir con ustedes una nueva faceta mia. Comencé a escribir sobre mi exploracion de mis vidas simultáneas mal llamadas vidas pasadas. Les comparto el link de la pagina donde narro distintas experiencias que he sido conciente a través de los sueños. Ahí estaré escribiendo cada semana una nueva historia espero puedan seguirme. Gracias. https://www.facebook.com/share/p/19CQg88DZj/

Memorias del Alma: El valle antes del tiempo
No recuerdo exactamente cómo llegué allí. Simplemente, de un momento a otro, fui consciente de que me encontraba caminando por un enorme valle de tierra rojiza, rodeado de peñascos, barrancos y montañas que parecían elevarse hasta perderse en el horizonte. Al fondo podía distinguir un río serpenteante que recorría el valle de norte a sur. A sus orillas crecía abundante vegetación y, hacia el extremo norte, cerca del cauce, alcanzaba a verse una pequeña comunidad de casas rústicas.
Las construcciones parecían levantadas con los mismos materiales que ofrecía la región: madera, fibras vegetales, quizá barro, piedra y techos semejantes a la paja. Sin embargo, había algo extraño en ellas. Desde mi perspectiva parecían demasiado altas.
Y no eran solamente las casas.
Todo aquel lugar parecía gigantesco.
Las montañas poseían dimensiones impresionantes y los árboles que cubrían las partes altas del valle, semejantes a grandes pinos, parecían mucho mayores que cualquiera que hubiera visto antes.
Mientras intentaba comprender dónde estaba, escuché voces provenientes de uno de los peñascos. Me dirigí hacia allí esperando encontrar a alguien que pudiera orientarme.
Antes de llegar observé un grupo de hombres trabajando. Mediante cuerdas fabricadas con algún tipo de fibra vegetal gruesa y retorcida descendían enormes troncos desde una parte elevada de la peña. Utilizaban otros troncos más pequeños como soportes y palancas.
Pero cuando finalmente pude observarlos de cerca me quedé completamente pasmado.
Eran gigantes.
Yo siempre me he considerado una persona de estatura promedio, pero junto a aquellos hombres parecía un niño pequeño. Según mis cálculos, algunos debían superar fácilmente los tres metros de altura.
Esperé alguna reacción cuando me vieran.
No ocurrió.
Nadie pareció sorprenderse por mi tamaño, por mi ropa ni por mi presencia.
Me acerqué a uno de ellos y traté de preguntarle:
—¿Dónde estoy? ¿Cómo se llama este lugar?
No recuerdo haber escuchado claramente una respuesta pronunciada con palabras. La comunicación se sintió diferente, casi telepática. El hombre simplemente señaló hacia la cima del peñasco y comprendí que debía continuar subiendo. Allí arriba habría alguien capaz de responder mis preguntas.
Cuando finalmente alcancé la cima descubrí un lugar que parecía funcionar como fortaleza y punto de vigilancia. Desde allí podía observarse el valle prácticamente en las cuatro direcciones. Era evidente que habían elegido aquella posición porque permitía detectar con anticipación la llegada de cualquier extranjero.
Había numerosos hombres trabajando. Algunos cortaban y transportaban madera. Otros parecían artesanos.
Estos últimos tallaban enormes figuras humanas directamente sobre grandes troncos.
Si los habitantes del valle ya eran gigantescos, aquellas estatuas eran todavía mayores. Fácilmente duplicaban la altura de quienes las construían.
Mientras las observaba, uno de los hombres se acercó a mí.
Era incluso más alto que los demás. Recuerdo que apenas alcanzaba la altura de su cintura. Al darse cuenta de nuestra diferencia de tamaño decidió sentarse para quedar aproximadamente frente a mí.
Tenía un cuerpo fuerte y musculoso, evidentemente acostumbrado al trabajo físico. Vestía ropas sencillas confeccionadas con una fibra parecida al algodón. Llevaba sandalias de cuero y varios brazaletes alrededor de los brazos. Su cabello estaba trenzado y adornado con pequeños anillos de algún metal que no pude identificar. Tenía la barba ligeramente crecida.
Por la manera en que los otros hombres se dirigían hacia él comprendí que ejercía algún tipo de autoridad.
Le pregunté inmediatamente:
—¿En qué lugar me encuentro? ¿Y en qué año estamos?
El hombre me observó con una expresión extraña, como si mis preguntas carecieran de sentido.
En lugar de responder comenzó a explicarme lo que estaban haciendo.
Me señaló las enormes figuras de madera.
Según él, aquellas estatuas formaban parte de la defensa del valle. Las construían deliberadamente con el doble de tamaño de sus propios habitantes para engañar a las tribus enemigas que observaban desde la distancia.
Las colocaban en los puntos más altos de los peñascos con uno de los brazos levantado verticalmente. En la mano instalaban una especie de antorcha donde colocaban brea u otro material combustible que encendían durante la noche. El resto de la estatua era cubierto con algún tipo de resina para proteger la madera del fuego. Los colocaban sobre plataformas móviles accionadas con engranaje y cuerdas que los hacían desplazarse de un extremo a otro.
Desde lejos, aquellas figuras parecían enormes guardianes.
Me explicó que el valle era constantemente asediado debido a su fertilidad, al agua del río y a su posición estratégica. Muchas tribus deseaban controlar aquellas tierras.
Sin embargo, sus habitantes habían aprendido que la defensa no consistía únicamente en el combate cuerpo a cuerpo.
También era necesario utilizar estrategia.
Engañar.
Confundir.
Hacer creer al enemigo que se enfrentaría a una fuerza mucho mayor.
El hombre me explicó que preferían evitar las guerras porque durante los periodos de paz existía mayor progreso social y económico. Podían cultivar, construir, comerciar y desarrollarse.
Pero entonces pronunció una frase que quedó profundamente grabada en mi memoria:
—La paz es necesaria, pero nunca debe comprarse con sumisión.
Hizo una pausa.
—Antes la muerte.
Aquella explicación me parecía fascinante, pero yo seguía obsesionado con mis preguntas.
—Todo esto está muy bien —le dije—, pero todavía no me has dicho dónde estoy ni en qué año estamos.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Qué edad tienes? Pareces joven.
El hombre sonrió.
—Desde que nací han pasado doscientos sesenta y nueve ciclos lunares.
Lo miré desconcertado.
—Eso tampoco responde realmente mi pregunta.
Él volvió a observarme sin molestia, aunque claramente confundido por mi insistencia. Era como si conceptos que para mí resultaban fundamentales carecieran completamente de importancia para él.
Entonces ocurrió algo que cambió por completo la experiencia.
Vi salir de su cuerpo una especie de réplica.
No podría decir que fuera un espíritu ni una sombra. Era simplemente otra versión de aquel hombre desprendiéndose de él.
La figura original se levantó y regresó tranquilamente a sus actividades, como si yo hubiera dejado de existir para él.
La réplica, en cambio, me indicó que la siguiera.
—Las respuestas que quieras conocer, yo te las daré.
Caminé detrás de ella.
—Entonces dime quién eres.
Su respuesta fue inmediata:
—Mi nombre no es importante. Soy todo lo que soy.
Aquello volvió a frustrarme.
—Esa respuesta tampoco me satisface.
La figura sonrió.
—Es válido.
Continuamos caminando.
—No es que no quiera responderte. Simplemente, todo lo que pudiera explicarte acerca de quién soy está más allá del raciocinio perteneciente al tiempo del que provienes.
Me miró tranquilamente.
—Y no es que seas tonto. No me malinterpretes. Simplemente estás intentando comprender algo utilizando únicamente las herramientas conceptuales disponibles para tu nivel de conciencia.
Me explicó que aquello que yo entendía como leyes de la naturaleza, tiempo lineal, espacio, distancia y magnitudes no constituía necesariamente reglas absolutas.
—Cada nivel de conciencia interpreta la realidad de una forma diferente.
—Entonces respóndeme al menos en qué tiempo estamos.
La figura guardó silencio durante algunos segundos.
—Déjame encontrar palabras que tu mente pueda procesar.
Después me preguntó:
—¿Conoces la existencia de los dinosaurios en tu tiempo?
—Sí.
—Pues esta época se encuentra muchos eones antes de la aparición de aquellas especies.
Me quedé paralizado.
—Eso no tiene sentido.
Lo miré con incredulidad.
—¿Cómo puede haber seres humanos aquí antes de los dinosaurios?
La figura permaneció completamente tranquila.
—Porque vuestra ciencia todavía interpreta la historia desde una perspectiva muy limitada.
Según él, antes de la densificación progresiva de la materia y de la contracción de la conciencia habían existido muchas otras humanidades, algunas con niveles de conocimiento y conciencia superiores a los que nuestra civilización podía imaginar.
—En tu tiempo creéis que vuestra época representa la cumbre del desarrollo tecnológico —me dijo—. Pero existieron otras formas de conocimiento que no pueden ser demostradas únicamente mediante las herramientas que utilizáis actualmente.
—¿Entonces cómo podrían conocerse?
—Mediante una tecnología que también involucre la conciencia.
Recordé entonces algo que había dicho anteriormente.
—Cuando afirmaste que eres el creador de mi experiencia y de muchas otras… ¿podría llamarte mi yo superior?
La figura respondió:
—Si ese concepto es adecuado para tu nivel de comprensión, puedes llamarme así.
Entonces hice otra pregunta:
—¿Esta vida que estoy observando antes de los dinosaurios es una vida pasada?
Negó suavemente.
—Creo que el término correcto sería vida simultánea.
—¿Simultánea?
—El tiempo no es lineal. Todas las experiencias están conectadas. Imagina un lienzo que continúa escribiéndose constantemente. Nada está completamente terminado ni concluido.
Aquella idea me resultaba difícil de comprender.
—Entonces ¿esto ya ocurrió?
La figura volvió a negarlo.
—Para que puedas entenderlo de una manera aproximada: esto también ocurrirá.
Me quedé todavía más desconcertado.
—Pero si dices que pertenece a una época anterior…
—Eso solamente tiene sentido desde vuestra interpretación lineal del tiempo.
Continuó explicándome que las experiencias que estaba viviendo en mi existencia actual podían contribuir de alguna manera al desarrollo de otras versiones de mi propia conciencia.
Me habló entonces del dolor y de las pérdidas.
—Por ejemplo, la pérdida de tus padres ha sido una experiencia profundamente dolorosa. Pero en tu época existen herramientas psicológicas, sociales y profesionales que te permiten comprender el duelo desde perspectivas que quizá otras experiencias tuyas no tuvieron disponibles.
Me explicó que aprender a procesar el desapego, la pérdida y el dolor generaba una forma de conciencia que no quedaba encerrada en una sola existencia.
—Aquello que comprendes aquí puede convertirse en resiliencia en otras experiencias donde esas herramientas todavía no existen.
Después comenzó a hablarme del cuerpo y de las enfermedades.
Me dijo que, conforme la humanidad comprendiera mejor la relación entre conciencia, emociones y materia, descubriría la importancia de vivir de una manera más coherente.
Poner nombre a lo que sentimos.
Expresarlo.
Ser fieles a nosotros mismos.
Dejar de vivir constantemente desde la represión y el conflicto interno.
Decía que muchas cosas que actualmente parecían extraordinarias podrían algún día ser comprendidas de una manera completamente diferente.
Pero había algo más que quería decirme.
—Algunas experiencias de tu alma han ocurrido con niveles de conciencia más bajos. Otras han sucedido muy cerca de aquello que podría llamarse tu luminosidad de origen.
Lo observé.
—¿Y tú?
—Yo soy una de ellas.
Por primera vez sentí que la conversación comenzaba a volverse profundamente personal.
—Pero no estoy aquí para juzgarte —continuó—. Tampoco para decirte qué tienes que hacer.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
Me miró.
—Porque me has llamado internamente cada vez que te sientes perdido.
Sentí una emoción difícil de describir.
—Sea cual sea el camino que decidas tomar en tu vida, yo estaré contigo.
—¿Entonces me dirás qué decisiones debo tomar?
—No.
Su respuesta fue firme.
—No siempre recibirás respuestas. Algunas veces solamente recibirás señales.
Guardé silencio.
—Cuando tengas una duda sobre qué camino seguir, escucha tu intuición y pregúntate algo muy sencillo.
Se acercó ligeramente.
—¿Estoy tomando esta decisión desde el miedo o desde la sabiduría?
Aquellas palabras quedaron profundamente grabadas en mí.
—El miedo es válido —continuó—. Tiene una función. Puede protegerte y advertirte de un peligro. Pero cuando comienza a impedir que tomes decisiones, que actúes o que vivas, entonces pierde su utilidad.
Miró hacia el valle.
—El miedo que protege es una señal. El miedo que paraliza se convierte en una prisión.
Después me habló de personas que, a través de diferentes experiencias, habían desarrollado capacidades espirituales, intuición o facultades relacionadas con la sanación.
Según él, muchas de esas conciencias experimentaban épocas donde la medicina material y la comprensión espiritual todavía se encontraban poco desarrolladas.
Sin embargo, existía un velo de olvido.
Las capacidades adquiridas podían confundirse y terminar siendo utilizadas para dominar, asustar o manipular a otras personas mediante brujería, hechicería o diferentes formas de ocultismo.
—El problema aparece cuando entregas tu poder a algo externo y olvidas la naturaleza de tu verdadero ser.
No pronunciaba aquellas palabras desde el juicio.
Más bien parecía describir incluso esos errores como parte de un proceso mayor.
—Nada escapa completamente del aprendizaje. Todo puede convertirse en conciencia.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Sentí que comenzábamos a elevarnos.
Primero pude observar desde arriba el peñasco donde trabajaban aquellos hombres.
Después apareció ante mí todo el valle.
El río se convirtió en una delgada línea serpenteante rodeada de vegetación.
Las casas de aquella comunidad comenzaron a parecer diminutas.
Seguimos ascendiendo.
Las montañas disminuyeron de tamaño hasta que finalmente pude observar una enorme extensión de la superficie del planeta.
Lo que apareció ante mis ojos no se parecía a ningún mapa que hubiera visto.
Los continentes actuales simplemente no estaban allí.
Las grandes extensiones terrestres parecían distribuidas alrededor del planeta aproximadamente sobre la región ecuatorial, como enormes islas continentales rodeadas por mares.
Busqué algún territorio conocido.
América.
África.
Europa.
Asia.
Nada coincidía.
La configuración del planeta era completamente diferente.
Mientras continuaba observando aquella imagen escuché nuevamente la voz.
—Cualquier paso que quieras dar estará bien.
El planeta permanecía debajo de nosotros.
—Incluso si eliges vivir con menos conciencia, seguirás teniendo experiencias y esas experiencias terminarán convirtiéndose en sabiduría para tu alma.
Guardó silencio durante unos segundos.
—Pero cuanto más inconscientemente vivas, más caos y dolor podrás experimentar.
Sentí que todo comenzaba lentamente a desaparecer.
—Y entonces podrías terminar sufriendo tanto la vida que olvidarías algo esencial.
—¿Qué cosa?
Su respuesta llegó como un pensamiento.
—Lo hermosa que es.
La visión comenzó a desvanecerse.
Antes de perder completamente su presencia escuché una última frase:
—Cuando vuelvas a sentirte perdido, no necesitas conocer todo el camino.
Silencio.
—Solo necesitas preguntarte desde dónde estás dando el siguiente paso.
Y entonces desperté.
Durante algunos minutos permanecí inmóvil intentando comprender lo que acababa de experimentar.
No sé si aquel lugar fue simplemente producto de un sueño, una construcción profunda de mi inconsciente, una metáfora creada por mi mente o algo perteneciente a una dimensión de la conciencia que todavía no puedo comprender.
Quizá nunca tenga una respuesta.
Pero desde aquella experiencia quedó dentro de mí una pregunta mucho más importante que saber dónde estaba o en qué época había ocurrido todo aquello:
¿Estoy eligiendo desde el miedo o desde la sabiduría?

19/02/2026

Hoy de nuevo empiezo a escribir tenía abandonada la página debido a situaciones personales.

Hoy tomo conciencia de que la diferencia entre estar sano físicamente y enfermo está al alcance de un solo pensamiento.

Durante años he vivido con un miedo terrible a la vida eso hizo que desarrollará un tremenda necesidad de control de la vida.
La vida me ha enseñado que está no se controla solo se fluye navegando en el río inmenso de la incertidumbre.
Pague muy caro el querer controlar todos los sucesos que ocurrían en mi vida y como consecuencia acarree un montón de desequilibrios emocionales que fueron mermando mi salud física y psicológica.
Hoy me rindo a la vida(Dios) donde quiera que esta me lleve, se que nada en la vida ocurre por error sea cual sea el estado donde uno se encuentre todo es aprendizaje y quizá algunos tengan que repetirse muchas veces por nuestra necedad. Pero tarde o temprano se concreta el aprendizaje.
También durante mucho tiempo le hui a todo lo que resultaba incómodo y me trajo todo eso un falsa paz. Pero tarde o temprano eso te trae consecuencias. Te mantiene en un estado contraído que cierto día te levantas y te preguntas ¿Porque estoy donde estoy? ¿Porque me siento frustrado?

Lo mejor es fluir con la vida, todo el tiempo no sabes hacia donde te va a llevar pero no hay que temer sea cual sea el destino transitorio yo lo he aprendido a raíz de padecer problemas digestivos. Cada que abrigaba al miedo y a la ansiedad dejando que en mi mente pasarán muchas situaciones hipotéticas que me quitaban la calma comenzaba con transtornos gastrointestinales. Pero cuando le empecé a poner freno a mis pensamientos y comencé a respirar estimulando el nervio vago por arte de magia el dolor y las molestias se esfumaban.

Se valiente, se responsable de tu salud y de tus pensamientos el pasado ya fue y lo mejor está por venir siempre y cuando abrigues el optimismo en tu corazón .

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