14/02/2026
Fábula: El Amor y la Locura
Cuentan que una vez se reunieron todos los sentimientos y cualidades del hombre. Cuando el Aburrimiento había bostezado por tercera vez, la Locura les propuso: "Oigan, vamos a jugar a las escondidas".
La Intriga levantó la ceja y la Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: "¿A las escondidas?". El Entusiasmo danzó, seguido de la Euforia; la Alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la Duda y a la Apatía, que nunca se interesaban por nada.
"¡1, 2, 3…!", comenzó a contar la Locura. La primera en esconderse fue la Pereza, que, como siempre, se colocó detrás de la primera piedra del camino. La Fe subió al cielo y la Envidia se escondió detrás de la sombra del Triunfo, que por su propio esfuerzo había conseguido llegar a la copa más alta del árbol.
La Generosidad casi no logra esconderse, porque cada lugar que encontraba le parecía bueno para alguno de sus amigos: si era un lago cristalino, ideal para la Belleza; si era la copa de un árbol, perfecta para la Timidez; si era una ráfaga de viento, magnífica para la Libertad. Así que terminó escondiéndose en un rayo de sol.
El Egoísmo encontró un buen lugar desde el principio, ventilado y cómodo, pero solo para él. La Mentira se escondió detrás del arcoíris, y la Pasión y el Deseo, en el centro de los volcanes.
Cuando la Locura estaba terminando de contar, el Amor todavía no había encontrado lugar para esconderse, pues todos estaban ya ocupados. Hasta que encontró un rosal y, cariñosamente, decidió esconderse entre sus flores.
Concluyó la Locura y comenzó la búsqueda. La primera en aparecer fue la Pereza, apenas a tres pasos de una piedra. Sintió vibrar a la Pasión y al Deseo en los volcanes; en un descuido, encontró a la Envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba el Triunfo. Al Egoísmo no tuvo que buscarlo: él solo salió disparado de su escondite, que en verdad era un nido de avispas.
De tanto caminar, sintió sed y, al aproximarse a un lago, descubrió a la Belleza. La Duda fue más fácil de encontrar: estaba sentada sobre un cerro sin decidir dónde esconderse.
Y así iba encontrándolos a todos: al Talento, entre la hierba fresca; a la Angustia, en una cueva oscura. Pero el Amor no aparecía por ningún lado. La Locura lo buscó detrás de cada árbol, debajo de cada roca del planeta y encima de las montañas.
Cuando estaba a punto de darse por vencida, encontró un rosal y comenzó a mover sus ramas. Entonces escuchó un grito doloroso: habían herido al Amor en los ojos. La Locura no sabía qué hacer para disculparse: lloró, rezó, imploró, pidió perdón y prometió ser su guía para siempre.
Es por eso que, desde entonces, el Amor es ciego y la Locura siempre lo acompaña.
Anónimo
Obra: "L'Amour conduit par la Folie" (El Amor Guiado por la Locura).
Grabado de François-Léonard Séraphin, basado en la pintura de Jean-Baptiste Regnault (1790-1810).