26/07/2026
Sé que este tema puede incomodar a más de una persona, pero vale la pena reflexionarlo.
Una de las mayores muestras de amor y respeto hacia un niño es respetar también la autoridad de quienes lo están educando.
No se trata de si estamos o no de acuerdo con una regla. Se trata de no colocar al niño en medio de dos autoridades que se contradicen.
A veces sucede con la mejor intención:
— "Ándale, que no se entere tu mamá."
— "Tu papá es muy exagerado, sí puedes."
— "No le hagas caso al entrenador, yo digo que sí juegues así."
— "Tu maestra no tiene por qué regañarte, tú no hiciste nada."
— "Si tu mamá no te compra el juguete, yo sí."
— "No pasa nada si hoy no haces la tarea."
— "Déjalo, pobrecito, no lo obligues a recoger."
— "Cómete el dulce, al cabo tus papás no están."
— "No llores, ven con la abuela, aquí sí te dejo hacer lo que quieras."
Y también ocurre en la escuela o en el deporte, cuando algún adulto desacredita frente al niño las decisiones del maestro o del coach.
Quizá parezcan detalles pequeños, pero el mensaje que recibe el niño es enorme:
"Los límites dependen de quién esté presente."
Aprende que siempre puede buscar a otro adulto que le dé la razón, que las reglas son negociables y que la autoridad puede dividirse.
Eso no le da seguridad; al contrario, lo confunde.
Respetar la crianza de otros no significa que siempre estemos de acuerdo con todas sus decisiones. Significa reconocer que los padres, los maestros y los entrenadores necesitan coherencia para educar.
Si creemos que algo debe hablarse, hagámoslo entre adultos, nunca utilizando al niño como escenario.
Confieso que yo también aprendí esta lección.
Hace algunos años, uno de mis sobrinos tenía alrededor de un año. Yo estaba a punto de darle una probadita de betún del pastel, y su mamá, con toda tranquilidad, me dijo:
—"Prefiero que no, por favor."
Y ahí entendí todo.
No importaba si para mí era "solo una probadita". Ella era su mamá. Su decisión merecía ser respetada.
Desde ese día procuro recordar que, cuando respetamos la forma en que otros educan a sus hijos —aunque no siempre haríamos exactamente lo mismo—, no solo estamos respetando a los padres.
Estamos ayudando a que ese niño crezca con límites claros, relaciones sanas y un mensaje coherente.
Respetar la crianza de otros no es perder autoridad; es construir armonía.