Salud y Equilibrio Emocional

Salud y Equilibrio Emocional Atención y Terapia Psicológica, de manera presencial y/o vía online a través de Zoom.
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29/05/2026

Seamos inteligentes, desarrollemos CONFIANZA en nosotros mismos.
Si necesitas ayuda, podemos apoyarte, Julio Balleli Dominguez Ayala Psicólogo , citas al 5539252240, atención presencial en la ciudad de Oaxaca o Vía Online.


Creer en ti mismo, amarte a ti mismo, respetarte. Es la Base para tener una buena autoestima. Cree en ti y elígete siemp...
15/05/2026

Creer en ti mismo, amarte a ti mismo, respetarte. Es la Base para tener una buena autoestima. Cree en ti y elígete siempre como tú principal prioridad.

Citas en la ciudad de Oaxaca, al 5539252240. Julio Balleli Domínguez Ayala Psicólogo. Atención en la Col. Reforma o Col. Centro.

En Mercedes, ganaba carreras, subía al podio, pero por dentro me estaba muriendo.Todos veían al piloto sonriente, al hom...
09/05/2026

En Mercedes, ganaba carreras, subía al podio, pero por dentro me estaba muriendo.

Todos veían al piloto sonriente, al hombre del bigote, al finlandés bromista. Pero el Valtteri real se encerraba en el hospitality después de cada carrera y lloraba sin poder parar. 'Solo eres el escudero', repetía una voz en mi cabeza. 'Levántate, deja paso, no molestes'. Sentía que mi carrera era un chiste, que jamás sería campeón, que había firmado mi condena al firmar en la mejor escudería del mundo.

La depresión me atrapó en la Fórmula 1, el mejor circo del mundo. Demasiado miedo a fallar, demasiado miedo a que me despidieran, demasiado miedo a que todos supieran que no estaba bien. Dejé de comer, dejé de dormir. En las fiestas, fingía. En casa, lloraba. Pensé en dejarlo todo, en desaparecer de la F1 para siempre.

Pero hablar me salvó. Le conté a mi familia, a mi pareja, a un psicólogo. Y poco a poco, fui entendiendo que mi valor no dependía de si ganaba o perdía frente a Lewis. Dependía de cómo me trataba a mí mismo.

Ahora, en 2026, corro con otra escudería. Mis tiempos vuelan, mi mente está en paz. Sigo sin ser campeón del mundo, y me da igual. Porque lo más importante es que ya no me escondo. Si un piloto de F1 habla de depresión, cualquier persona puede hacerlo.

Si hoy sientes que estás atrapado en un papel que no es tuyo, que los demás deciden por ti, escúchame: tu salud mental NO es un contrato. Tú vales por lo que eres, no por lo que produces. Busca ayuda. Yo lo hice, y mi vida cambió para siempre.

— Valtteri Bottas

Cuando tienes problemas y te los guardas para ti solo, es mucho más difícil superarlos, busca un espacio donde puedas so...
08/05/2026

Cuando tienes problemas y te los guardas para ti solo, es mucho más difícil superarlos, busca un espacio donde puedas soltar todo eso que te duele y que no te deja ser feliz, ir a terapia es seguro. Psic. Julio Balleli Dominguez Ayala, Citas al 5539252240, en la ciudad de Oaxaca o Vía Online para todo el país.

04/05/2026

Piénsalo y actúa, ahora es el momento !!!
Citas en la ciudad de Oaxaca al 5539252240, presencial o vía Online. Julio Balleli Dominguez Ayala Psicólogo .

Creo que vale la pena leerlo, háganlo y compartanlo. Gracias !!!Todos los jueves hacía cuarenta minutos de coche para ir...
04/05/2026

Creo que vale la pena leerlo, háganlo y compartanlo. Gracias !!!

Todos los jueves hacía cuarenta minutos de coche para ir a hacer ganchillo a una residencia donde no conocía a nadie.

Tenía sesenta y cinco años, acababa de jubilarme y, por primera vez en mi vida, las mañanas se me hacían eternas.

Antes trabajaba en una biblioteca municipal pequeña.

Me gustaban los horarios fijos, el silencio, las estanterías bien puestas, la gente que entraba con una pregunta y salía con algo entre las manos. Una novela. Una respuesta. A veces solo un poco de calma.

Y de pronto, un día, todo eso se terminó.

De la noche a la mañana me vi en la cocina de mi casa mirando el reloj, sin saber dónde meterme.

La televisión me cansaba. Ir de compras por pasar el rato me daba tristeza. Ni siquiera pasear me servía ya. Cuando una se siente vacía por dentro, el aire fresco no arregla gran cosa.

Así que un jueves por la mañana cogí mi bolsa con los ovillos, me subí al coche y me fui.

Por qué acabé precisamente en aquella residencia de las afueras, no sabría explicarlo del todo. A lo mejor porque desde la calle se veía siempre encendida la luz de una salita con libros. A lo mejor porque la soledad reconoce la soledad aunque no la llames por su nombre.

La primera vez, una auxiliar me preguntó muy amable a quién venía a ver.

“A nadie”, le dije. “Solo quiero sentarme un rato y hacer ganchillo.”

Me miró como si yo fuese una señora un poco rara.

Y no le faltaba razón.

Pero me senté de todos modos en un sillón junto a la ventana. Saqué un ovillo amarillo claro y la aguja. Nunca he sido especialmente buena. Los puntos me salían demasiado apretados, luego demasiado flojos. Los bordes se me torcían. Aquello parecía más un trapo enfermo que un gorro.

Pensé que nadie iba a fijarse en mí.

Hasta que una mujer mayor se paró a mi lado con su andador, bajó la vista a lo que yo tenía entre las manos y soltó:

“Eso está fatal hecho.”

Levanté la cabeza.

Tenía el pelo gris muy corto, la cara fina y esa mirada de mujer que en su vida debía de haber puesto firmes a unos cuantos.

“Sí”, le dije. “Yo también lo veo.”

Señaló mi labor con un dedo.

“Así tira. No te va a quedar bien.”

Me aparté un poco en el sillón y levanté la segunda aguja.

“Entonces siéntese”, le dije. “Así, por lo menos, nos saldrá medio desastre en vez de desastre entero.”

Resopló por la nariz. Pensé que seguiría de largo.

Pero no.

Se sentó.

“Me llamo Pilar”, dijo al cabo de un momento, como si no se estuviera presentando sino dando un dato importante.

Yo le dije mi nombre y acerqué la lana hacia ella.

“Las manos ya no me responden como antes”, murmuró.

“Las mías nunca respondieron demasiado bien”, le contesté.

Entonces me miró de verdad.

Y sonrió.

No fue una sonrisa grande. Apenas un gesto en la comisura. Pero era una sonrisa de las buenas. De esas que dicen: venga, a ver si no eres tan tonta como pareces.

Desde aquel día empecé a ir todos los jueves.

No siempre mucho tiempo. Dos horas, a veces tres. Pilar solía estar ya allí cuando yo llegaba. El andador aparcado a un lado, las gafas en la punta de la nariz, la lana bien colocada sobre las piernas.

Hacíamos gorros. Gorros torcidos, anchos, estrechos, con colores que no pegaban ni con cola. Una vez hice uno que parecía una maceta aplastada. Pilar se rió tan fuerte que dos auxiliares asomaron la cabeza por la puerta.

Con el tiempo empezó a hablar más.

No de cosas grandes. De lo que queda.

Del invierno del sesenta y tres, cuando la ropa se helaba en el tendedero.

Del jersey azul marino que le hizo a su hijo cuando cumplió siete años.

Del ruido del pasillo por la tarde.

Del silencio después de cenar.

Una mañana, sin levantar la vista de la labor, me dijo:

“Lo peor no es el silencio. Lo peor es que llega un momento en que nadie vuelve a pedirte nada.”

La entendí al instante.

Yo no vivía allí. Seguía teniendo mi casa, mis rutinas, mi libertad. Pero desde que me jubilé también yo tenía esa sensación de haber dejado de servir para algo. La gente me preguntaba qué tal estaba. Casi nadie me preguntaba si hacía falta que ayudara en algo.

Cuando ya teníamos una cesta llena de gorros, le dije medio en broma:

“¿Y ahora qué hacemos con todo esto?”

Pilar acarició un gorro verde chillón y dijo:

“Sería una pena meterlos en un armario.”

Así que pregunté aquí y allá hasta encontrar un centro donde acogían a chavales que lo estaban pasando mal. Nada grande. Nada de montar una campaña. Solo ropa de abrigo para chicos que no tenían demasiado.

Pilar asintió y siguió trabajando.

Luego, con un gorro color mostaza, se quedó quieta.

Metió la mano en el bolsillo de la rebeca, sacó un papelito y escribió algo. Después lo dobló con cuidado y lo escondió dentro del dobladillo.

“¿Qué has puesto?”, le pregunté.

“No es asunto tuyo”, me respondió.

Pero lo dijo con una voz suave, casi tierna.

La semana siguiente su sitio estaba vacío.

Lo supe antes de que nadie me dijera nada.

Me senté igualmente. Dejé las manos sobre el bolso sin sacar la aguja. El sillón de al lado siguió vacío, y de pronto todo me pareció absurdo. El camino. La lana. Los gorros mal hechos. Ese pequeño consuelo que habíamos ido remendando entre las dos.

Ya me estaba levantando para marcharme cuando una auxiliar me trajo un sobre.

“Ha llegado esta mañana”, me dijo. “Creo que es para usted.”

Dentro había una foto.

Salía un chico delgado, de unos catorce años, con una cara seria y cansada. Llevaba puesto el gorro mostaza de Pilar. Le quedaba un poco grande y casi le tapaba las cejas.

También había una carta.

El chico se llamaba Dani.

Escribía que llevaba el gorro todos los días. Que había encontrado la nota escondida dentro. Que nunca antes nadie había hecho algo pensando solo en él.

Y luego venía una frase que no he podido olvidar desde entonces:

“Cuando leí que este gorro lo había hecho Pilar, de 89 años, para alguien que no debía sentirse olvidado, noté calor de golpe, pero no solo en la cabeza.”

Leí esa frase tres veces.

Luego me quedé sentada en aquella salita pequeña, llorando en silencio.

El jueves siguiente volví.

Había comprado ovillos nuevos. Mostaza, azul oscuro, rojo.

El sitio de Pilar seguía vacío. Así que dejé la lana amarilla sobre su sillón, me senté a su lado y empecé el primer punto.

Mi compañero todavía hoy, de vez en cuando, me pregunta si de verdad merece la pena hacer tanto camino para eso.

No siempre le contesto.

Hay cosas que solo se entienden cuando una ha visto con sus propios ojos lo poco que hace falta para devolverle a alguien un poco de calor.

Un gorro.

Una frase sincera.

Dos horas en las que dejas de ser solo una vieja, una persona sola o alguien apartado.

Yo sigo yendo todos los jueves.

Y cada vez que la lana se me desliza entre los dedos, pienso lo mismo:

no siempre se salva una vida entera.

A veces solo se salva un jueves.

Pero para alguien, eso ya puede ser todo.

Descubre más historias bonitas con Cosas Que Te Hacen Pensar.

20/04/2026
06/04/2026

A veces ellos nos sorprenden con mayor sabiduría que muchos adultos.

Psicólogo Julio Balleli Domínguez Ayala, citas en la ciudad de Oaxaca al 5539252240 o Vía Online.

01/04/2026

Para reír un momento !!!

31/03/2026

No dejes de intentar lo que te gustaría lograr, si no lo haces, nunca sabrás si pudiste alcanzar esa meta !!!
Psic. Julio Balleli Domínguez Ayala, citas en la ciudad de Oaxaca al 5539252249 o Vía Online.

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