Gastroenterólogo en Oaxaca

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10/03/2026

🏰🌳 El Castillo De Chapultepec: El Palacio Sobre El Cerro… Y Los Secretos Bajo La Tierra

En lo alto del Bosque de Chapultepec se levanta uno de los edificios más simbólicos de México.

Pero lo que muchos visitantes ven hoy —salones, balcones y jardines— es solo una parte de la historia.

Porque el cerro donde se construyó el castillo ya era un lugar importante mucho antes de la época colonial.

Para los mexicas, Chapultepec era un sitio sagrado asociado a manantiales, gobernantes y observación del territorio.

Siglos después, en el virreinato, ese mismo punto elevado fue elegido para levantar un edificio que terminaría convirtiéndose en el único castillo imperial de América.

Pero su historia no es solo política.

También tiene detalles de ingeniería y estructuras poco conocidas.

🧱 El Castillo Que Se Adaptó Al Cerro

El castillo no fue construido en terreno plano.

Se levantó directamente sobre la roca del cerro, lo que obligó a los ingenieros a adaptar la estructura al terreno.

Parte de sus cimientos están literalmente integrados a la montaña.

Eso permitió que la construcción resistiera el paso del tiempo y los movimientos del suelo de la ciudad.

No fue solo arquitectura elegante.

Fue ingeniería adaptada al paisaje.

🕳️ Los Espacios Que Pocos Ven

Debajo del cerro existen pasajes, túneles y estructuras subterráneas que formaron parte de distintas etapas históricas.

Algunos fueron utilizados para servicios del castillo, otros como conexiones estratégicas en épocas militares.

La historia completa de estos espacios aún se sigue estudiando, porque el cerro de Chapultepec ha sido ocupado por diferentes culturas durante siglos.

Lo que vemos arriba es solo una capa de esa historia.

🌎 Un Lugar Que Cambió De Función Muchas Veces

El edificio fue residencia virreinal, colegio militar, palacio imperial durante el gobierno de Maximiliano y hoy alberga el Museo Nacional de Historia.

Pocas construcciones en América han tenido tantas vidas distintas en el mismo lugar.

Pero lo que vuelve especial a Chapultepec no es solo el castillo.

Es el cerro mismo.

Un lugar donde se cruzan historia mexica, ingeniería colonial, política imperial y memoria nacional.

Y todavía hay algo que sigue despertando curiosidad:

Si ese cerro ha sido utilizado durante tantos siglos…

¿cuántas partes de su historia seguirán ocultas bajo la tierra?
(Ojo imagen ilustrativa teórica )

31/01/2026

En Vladivostok, último suspiro del ferrocarril transiberiano, nació en 1920 un niño llamado Yuli Borisovich Brynner. Un rincón remoto, más cerca de China y Corea que de Moscú, parecía condenarlo al anonimato. Pero la paradoja del mundo quiso otra cosa: aquel niño se convertiría en una de las estrellas más recordadas de Hollywood.

Su infancia fue un viaje constante. De Vladivostok a Harbin, en el norte de China, y luego a París, donde aprendió guitarra, se unió a un grupo de gitanos y hasta se colgó de un trapecio en el circo. La bohemia parisina lo puso en contacto con artistas como Jean Cocteau y Picasso, y su madre, convencida de su talento, lo llevó a Nueva York. Allí, bajo la tutela de Mijaíl Chéjov, sobrino del célebre escritor, descubrió la interpretación.

De Shakespeare pasó a Broadway, y de Broadway al cine. En El rey y yo (1956), con su porte regio y su mirada penetrante, se adueñó del escenario y de la pantalla, ganando un Oscar y dos Tonys por un papel que interpretó más de 4.600 veces. En Los diez mandamientos (1956) se enfrentó a Charlton Heston con la fuerza de un faraón, y en Los siete magníficos (1960) se erigió como líder indiscutible de un western que aún resuena como epopeya. Cada actuación era un monumento, un gesto de autoridad y magnetismo.

Lo curioso es que Brynner no era calvo. En 1955 decidió afeitarse la cabeza para interpretar al rey Mongkut de Siam, y descubrió que esa imagen lo potenciaba: su cráneo rasurado, junto con sus facciones angulosas y su porte felino, se convirtió en su marca registrada. Lo que empezó como una decisión práctica se transformó en un símbolo de atractivo, poder y singularidad. En un Hollywood lleno de rostros, él eligió diferenciarse con la ausencia de cabello, y esa ausencia lo volvió inolvidable.

Pero Brynner no solo actuaba: miraba. Con su Leica capturó más de 8.000 fotografías, retratos íntimos de rodajes y de amigos que eran leyendas: Ingrid Bergman, Sophia Loren, Frank Sinatra, Grace Kelly, Mia Farrow. Su cámara era un segundo escenario, donde inmortalizaba la vida con la misma intensidad con la que la vivía. Entre romances, amistades y noches interminables en Las Vegas, su carisma era un imán que atraía tanto a divas como a colegas.

El amor lo acompañó en múltiples formas: cuatro matrimonios, hijos biológicos y adoptivos, y una vida sentimental tan intensa como su carrera. Su encanto era descrito como un embrujo, capaz de hacer sentir seguras y radiantes a las mujeres que posaban frente a su lente.

Sin embargo, la paradoja final fue cruel. Fumador empedernido desde los doce años, el cáncer de pulmón lo apartó del mundo en 1985, a los 65 años. Antes de morir, dejó un legado inesperado: un mensaje grabado contra el tabaquismo, convertido por la Sociedad Estadounidense del Cáncer en una campaña mundial. Su voz, que tantas veces interpretó reyes y héroes, se alzó por última vez para advertir sobre los peligros de un hábito que lo había consumido.

23/01/2026

En el verano de 1975, Robert De Niro vivía dos vidas.

Durante el día estaba en Italia, rodando la película 1900 de Bernardo Bertolucci. Pero cada fin de semana tomaba un avión a Nueva York, se subía a un taxi amarillo y desaparecía por las calles de Manhattan.

Acababa de ganar un Oscar por El padrino: Parte II. Era uno de los actores más solicitados de Hollywood.

Y, sin embargo, pasaba doce horas seguidas conduciendo a desconocidos por Nueva York.

Una noche, uno de los pasajeros lo reconoció. Un joven, también actor, lo miró fijamente, sin poder creerlo, y dijo:
—Espere un momento. Usted acaba de ganar un Oscar. Dios mío… ¿de verdad es tan difícil encontrar trabajo?

De Niro no cambió su actitud. Simplemente siguió conduciendo.

Aquello era su preparación para Taxi Driver — un retrato crudo e implacable de Travis Bickle, un veterano de Vietnam mentalmente inestable que deambula por las calles de neón de un Nueva York en decadencia, escrito por Martin Scorsese.

De Niro no quería interpretar a Travis Bickle.
Quería convertirse en él.

Obtuvo una licencia oficial de taxista. Durante un mes trabajó turnos nocturnos de quince horas. Perdió treinta y cinco libras. Visitó una base militar en Italia y grabó conversaciones con soldados del Medio Oeste para perfeccionar el acento plano y distante de Travis. Escuchó obsesivamente los diarios de Arthur Bremer, el hombre que intentó asesinar a George Wallace.

Y estudió las enfermedades mentales — no en libros de texto, sino observando, escuchando, absorbiendo.

Cuando por fin comenzó el rodaje en las sofocantes calles de Nueva York, en plena huelga de los servicios de limpieza, parecía que la propia ciudad se estuviera pudriendo. Scorsese filmaba en edificios abandonados. El equipo tuvo que contratar a pandillas locales para protegerse de otras pandillas. Era un caos.

Entonces ocurrió una escena que casi nunca sucede.

En el guion solo había una indicación sencilla: Travis practica con su pi***la frente al espejo. Eso era todo. No había diálogo escrito.

De Niro se plantó frente al espejo en un pequeño apartamento de Columbus Avenue. Scorsese se agachó a sus pies — en aquellos días no existían monitores de video. Y De Niro empezó a hablar.

—¿Me estás hablando a mí?

Lo repitió. Y otra vez. Cada vez de una forma distinta. Cada vez más inquietante.

Detrás de la puerta, los productores estaban furiosos. El rodaje se retrasaba. Empezaron a golpear la puerta, exigiendo que Scorsese cortara la escena y siguiera adelante.

Scorsese entreabrió la puerta lo justo para decir:
—Está bien. Está bien. Dos minutos más. Una toma más.

Luego cerró la puerta y dejó que De Niro continuara.

El resultado fue una de las frases más citadas de la historia del cine — completamente improvisada, nacida en un momento de tensión que podría haberlo arruinado todo.

Cuando Taxi Driver se estrenó en 1976, el público quedó conmocionado. Los críticos calificaron la actuación de De Niro como electrizante. La película ganó la Palma de Oro en Cannes. De Niro fue nominado al Oscar al Mejor Actor.

Pero detrás de los elogios había una transformación tan total que incluso sus compañeros de reparto la notaron. Jodie Foster, que entonces tenía solo doce años, recordaría más tarde que durante los almuerzos de ensayo De Niro permanecía tan metido en el personaje que era “realmente aburrido” hablar con él.

No era grosero.
Simplemente ya no era Robert De Niro.

Era Travis Bickle.

Muchos años después, la Comisión de Taxis y Limusinas de la Ciudad de Nueva York hizo pública la auténtica licencia de taxista de De Niro como homenaje — una prueba de que una de las actuaciones más grandes de Hollywood no comenzó en un set de filmación, sino al volante de un verdadero taxi amarillo, recorriendo las mismas calles rotas por las que su personaje vagaría para siempre.

10/10/2025

Durante décadas, Sean Connery fue sinónimo de presencia. No solo por su voz grave o su mirada firme, sino por la forma en que ocupaba cada papel con convicción. Pero hacia el final de su carrera, eligió algo que pocos actores se permiten: desaparecer con elegancia. En 2006, anunció que se retiraba del cine. No hubo escándalo, ni despedida grandilocuente. Simplemente dijo que ya había hecho suficiente. Y lo cumplió.

Su último trabajo como actor fue prestar su voz a Sir Billi, una película de animación británica que pasó sin pena ni gloria. No fue un cierre brillante, pero tampoco lo necesitaba. Connery no buscaba redondear su legado con una obra maestra. Lo que buscaba era tranquilidad. Había llegado a ese punto en el que el arte ya no exigía más de él, y él tampoco de sí mismo.

Aún así, hubo invitaciones que lo hicieron dudar. Steven Spielberg lo quería de regreso en *Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal*, para retomar el papel del padre de Indy. Era lógico: su personaje en *La última cruzada* había sido entrañable, y el público lo recordaba con cariño. Pero Connery lo pensó bien. Leyó el guion, habló con Spielberg, y decidió no volver. No por falta de afecto, sino porque el papel ya no tenía el peso que merecía. “No era lo suficientemente generoso como para justificar el regreso”, dijo con honestidad.

"Hablé con Spielberg, pero no funcionó. [...] No era un papel tan generoso como para que valiera la pena volver a la carga y lanzarse. Y, de todas formas, habían llevado la historia por otro camino, así que el padre de Indy no era tan importante. Yo había sugerido que lo mataran en la película; habría sido más efectivo."

Y no fue la única vez. Años antes, también había rechazado interpretar a Gandalf en *El Señor de los Anillos*. No entendía del todo el guion, y aunque le ofrecieron una participación en una saga que terminaría siendo histórica, prefirió mantenerse fiel a su intuición. No le interesaba el ruido, ni el culto posterior. Le interesaba la paz.

En lugar de aparecer en pantalla, sugirió que su personaje en *Indiana Jones* estuviera mu**to. Que apareciera solo en una foto, como un recuerdo. Y así fue. Henry Jones Sr. no volvió, pero su ausencia se sintió. No como un vacío, sino como una elección respetuosa. Connery entendía que hay momentos en los que lo más valioso no es estar, sino saber cuándo no hacerlo.

Sus últimos años los vivió lejos de los focos, en su casa de las Bahamas, rodeado de calma. No dio entrevistas, no buscó homenajes. Se dedicó a lo que le hacía bien: leer, navegar, compartir con los suyos. Y cuando falleció en 2020, lo hizo como había vivido sus últimos años: en paz, conforme, sin cuentas pendientes.

Sean Connery no necesitó una última gran escena. Su legado estaba completo. Y su retiro, lejos de ser una retirada, fue una afirmación: la de un hombre que supo cuándo parar, y lo hizo con la misma firmeza con la que había vivido.

25/09/2025
08/09/2025

Cuando Steven Spielberg necesitó que E.T. se desplazara con fluidez en escenas donde los mecanismos robóticos no lograban el efecto deseado —especialmente en tomas amplias o momentos de caída— Universal Pictures recurrió a centros de rehabilitación física en busca de alguien capaz de moverse con destreza dentro del traje. Fue allí donde apareció Matthew, un joven que dominaba el arte de caminar con sus manos, y que, tras una audición en la que dejó a todos impresionados, fue elegido para el papel.

Matthew De Meritt, nacido sin piernas, tenía apenas 12 años cuando se convirtió en una figura clave para dar movimiento y alma al entrañable extraterrestre.

Aunque su contribución fue fundamental, **jamás fue acreditado como “E.T.” en los créditos oficiales**, apareciendo únicamente bajo el título de “Movimiento especial E.T.”. A pesar del calor extremo dentro del traje y las extensas jornadas de filmación, Matthew guarda recuerdos entrañables de aquella experiencia, especialmente por la calidez de Spielberg, quien siempre mostró genuina preocupación por su bienestar.

Tras su participación en *E.T.*, tuvo una breve aparición en *Cyborg 2* junto a Angelina Jolie, aunque luego optó por una vida alejada de los reflectores. Hoy reside en Los Ángeles, es padre, juega baloncesto en silla de ruedas, enseña inglés y mantiene el vínculo con el equipo que dio vida a la película.

Su historia es una prueba viva de cómo el talento, la inclusión y la autenticidad pueden transformar una producción cinematográfica… y dejar una marca profunda sin necesidad de reconocimiento público.

05/09/2025

Rock Hudson y una joven Sharon Stone posan en el set de su película. Sus miradas, aparentemente casuales, guardan una historia profunda que, al conocerla, transforma por completo la forma en que se observa esa imagen.

La historia detrás de *El hombre de Las Vegas* (1984), con Hudson como protagonista y Stone dando sus primeros pasos en el cine, tiene una intensidad que va más allá del guion. Lo que ocurría fuera de cámara revela una verdad silenciosa, cargada de humanidad.

En ese año, Rock Hudson ya vivía con el diagnóstico de VIH. Aunque aún no lo había hecho público, enfrentaba en privado una enfermedad rodeada de desconocimiento y prejuicios. Durante el rodaje de *The Vegas Strip War*, evitaba besar en la boca a Sharon Stone. No por falta de profesionalismo ni cercanía, sino por el temor de ponerla en riesgo, aunque más tarde se confirmaría que el virus no se transmite por besos. Ese gesto, discreto pero poderoso, hablaba de su sensibilidad, su miedo y su ética personal.

Hudson, símbolo del Hollywood clásico, atravesaba una batalla íntima que, sin saberlo, marcaría un antes y un después en la visibilidad del VIH y en la lucha de la comunidad LGBTQ+. Por su parte, Sharon Stone irradiaba energía y determinación, y con los años se convertiría en una voz activa en favor de la investigación sobre el VIH, quizás tocada por aquel encuentro.

Hudson nunca compartió su diagnóstico con el equipo. El estigma era feroz. Pero su decisión de cuidar a Stone, sin necesidad de palabras, fue un acto de profunda dignidad. Cuando en 1985 reveló públicamente su enfermedad, se convirtió en el primer gran actor en hacerlo, abriendo una conversación global que aún resuena.

26/08/2025

En 1981, Chris Gardner vivía el in****no que ningún padre quisiera enfrentar. Sin hogar, sin dinero y con un hijo de apenas dos años, cada día era una batalla contra la desesperanza.

Cada tarde, después de recoger a su pequeño Christopher de la guardería, comenzaba una rutina dolorosa: buscar dónde pasar la noche. A veces tenían suerte y encontraban un albergue. La mayoría de las veces no. Les tocaba dormir en los sucios baños del metro o en algún rincón que les diera refugio del frío.

Gardner tenía una única camisa. Cada noche la lavaba en los baños públicos, intentando lucir presentable al día siguiente. Porque durante el día, hacía prácticas no remuneradas en una firma de bolsa, Dean Witter Reynolds. No ganaba ni un centavo, pero sabía que era la única puerta que podía abrirle un futuro distinto.

Mientras tanto, vendía equipos médicos para conseguir lo básico: pañales, comida. Algunas veces no tenía dinero para pagar la guardería, y en secreto, escondía a su hijo debajo de su escritorio durante las reuniones en la oficina.

El cansancio era brutal, la presión, insoportable. Pero una noche, tras dormir en un baño del metro, su hijo lo abrazó y le dijo: “Papá, eres un buen papá.”

Esas palabras lo sostuvieron cuando todo parecía a punto de romperse. Gardner terminó su programa, obtuvo su licencia de corredor de bolsa y no se detuvo. Eventualmente, fundó su propia firma multimillonaria.

Hoy es un empresario exitoso, autor y filántropo. Y aquella historia de un padre sin hogar que se negó a rendirse, ha inspirado al mundo entero.

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