09/03/2026
Cuando la migraña se volvió un problema frecuente en mi vida cotidiana.
Esto que les voy a platicar, me sucedió hace dos años. Empecé a notar que el patrón característico de cómo percibía el dolor por migraña, había cambiado.
Ya no era un dolor pulsátil en un área de la cabeza, sino que se volvió un dolor difuso.
Tengo bruxismo, y se me contracturan algunos músculos faciales y del cuello, así que pensé que ese dolor se estaba mezclando, y ya no podía identificar si era cefalea tensional o síndrome de dolor miofascial por bruxismo.
En esa época tomaba antiinflamatorios y relajantes musculares, al menos 3 veces por semana, y a dosis máxima.
Pensaba que estaba muy estresada, que no me alimentaba lo suficientemente bien, que siendo honesta, no estaba usando la férula dental todas las noches como debía usarla.
Así estuve. A veces con un dolor difuso, y en contadas ocasiones, sentía un débil latido en algún punto de la cabeza. Ya no era una pulsación fuerte, acompañada de mucha sensibilidad a la luz, y casi no había náuseas. A veces, me dolía levemente el ojo derecho.
Pero, aunque el dolor era más leve, estaba presente la mitad de los días de mi vida. Tener dolor casi a diario, me estaba deprimiendo.
Pero, posponía la cita con el neurólogo. ¿Qué me podría dar, que yo no conociera?, me decía una vocecita sabelotodo.
Un día, me levanté con la impactante noticia, de que la hermana de una amiga mía, había tenido un aneurisma cerebral y había fallecido. Ella era más joven que yo, completamente sana.
Entonces, se me sembró en automático la idea, de que quizá las características de mi dolor, se habían modificado porque podría tener un tumor cerebral o un aneurisma. Mi chip de ansiedad por la salud se activó.
Hice cita con el neurólogo. Se me hizo eterno el tiempo que tuve que esperar.
Era la primera vez que iba con él, pero tenía buenas recomendaciones, así que me di la oportunidad.
Un neurólogo joven con buen currículum.
Le llevé una bolsita de snacks por si no había desayunado. La dejé sobre el escritorio y la miró con curiosidad.
"Le traje unos snacks, por si no tuvo tiempo de desayunar, son mis favoritos". Sonrió. Una sonrisa difícil de describir. Abrió la bolsita y dejó encima las tres mandarinas, los cacahuates y una barra de chocolate.
Me preguntó datos generales, y empezamos a hablar sobre mi migraña, otros antecedentes, y le confesé el miedo que tenía de morir de un aneurisma. Le describí con lujo de detalle todo lo que me preguntaba, porque pues es de los médicos que te escuchan con paciencia.
Volvió a sonreír. Me dijo: "tengo la sospecha de que gran parte de su problema, está en la bolsita de los snacks. Estas tres cosas desencadenan migraña. Pero venga, voy a explorarla".
Todo normal en la exploración física. Volvió a decir: "yo creo que la alimentación y el uso tan frecuente de antiinflamatorios y a dosis tan alta es lo que ha ocasionado que la migraña haya cambiado sus características y sea tan frecuente".
Me recordó todos los alimentos que pueden ocasionar migraña. Me dijo que hay algunos estudios que mencionan que algunos pacientes se han beneficiado de una dieta libre de gluten y lácteos. "No, a mi eso no creo que me haga daño", le dije. En mi mente pensé: "¿dejar mi café con leche y pan por la mañana?", no hay manera.
"Lo que sí me hace daño son más de 100 gramos de chocolate, el jugo de naranja, el glutamato monosódico, y más de tres tazas de café", le dije con toda seguridad.
"Un poco de chocolate, no me hace daño", le dije.
Volvió a sonreír, como cuando yo he pensado que los pacientes forman su propio discurso a su conveniencia.
Hablamos de fármacos.
Hablamos de estudios de imagen.
Me dijo que él creía que la angiorresonancia que yo estaba solicitando, saldría todo normal, pero que bueno (palabras más, palabras menos), me ayudarían a disminuir mi ansiedad por lo sucedido a la hermana de mi amiga (en otro post les hablaré de cuándo sí están indicados los estudios de imagen por la Asociación Americana de Neurología).
Me tomé el estudio. Regresé a una segunda cita. Todo normal.
Me cambió de antiinflamatorio y me habló de un fármaco nuevo que durante un ataque de migraña ayuda a liberar una molécula llamada CGRP. Cada pastilla cuesta $350 pesos, o el equivalente a casi 20 dólares.
Dejé de tomar las dosis tan altas de antiinflamatorio, y deje el nuevo fármaco como segunda opción si no me funcionaba lo primero.
Eliminé radicalmente las mandarinas y todos los frutos secos. Me quedé con una dosis pequeña de chocolate. Eso marcó la diferencia (y también el tratamiento farmacológico).
Tres meses después de la consulta, en lugar de tener tres episodios de migraña a la semana, se prolongaron a uno o dos episodios al mes (antes y durante la menstruación).
En total, solo he necesitado una dosis del fármaco caro, una vez al mes máximo. Normalmente, con una dosis de antiinflamatorio es suficiente.
Para mi, la clave estuvo en la alimentación.
Tomar un jugo de naranja, hace que me salga una roncha y me de migraña en menos de media hora. Es un tipo de pseudoalergia. Eso lo descubrí hace como 20 años. Pero, honestamente, me costó trabajo identificar que algo similar me pasaba con las mandarinas (quizá como me gustan tanto, mi mente se resistía a dejarlas).
Y bueno, aún tengo muchas experiencias que compartir sobre migraña. Creo que podría hacer todo un capítulo sobre eso. Los leo en los comentarios.
Texto e imagen: Soy médica neurodivergente