18/02/2026
El término síndrome de Asperger, actualmente en desuso, se refiere al trastorno del espectro autista de nivel I, y se llama así debido a las descripciones que hizo Hans Asperger, un psiquiatra n**i que siguió los estudios originales de Grunya Sukhareva pero que, a diferencia de ella, clasificó el autismo con base en la funcionalidad de la persona, descartando a los autistas de “menor funcionamiento” o “no productivos al sistema”, para quienes proponía la eugenesia.
Así, perpetuar el diagnóstico de Asperger es capacitista.
El autismo no es una escala de funcionamiento y no hay autistas más o menos funcionales, como si de lavadoras nos tratáramos. Mucho menos si esta funcionalidad se basa en la oralidad y la forma como nos permite deambular por un sistema que la mayoría de las veces y en casi todos los casos nos es hostil.
Una enfermedad que no se ve o no se mide, como se puede hacer con un tumor o el azúcar alta, es ignorada y sirve de pretexto para descalificar al que la padece, y esa es la situación del trastorno del espectro autista de nivel I al que “no se le nota lo autista” porque aprende a enmascararlo para no ser rechazado.
Ya debería ser momento de cambiar el paradigma y para ello el lenguaje importa, por lo que tendríamos que comenzar por dejar de describir el autismo en función del neurotipo alista, y dejar de hablar de dificultades y déficits para hablar de diferencias en el procesamiento sensorial y la regulación emocional.
Somos un neurotipo distinto con rasgos y características específicos que no deben ser medidos en función de comparativas con la neuronorma estadística.
Los autistas somos diferentes, no somos menos.