24/07/2026
Los árboles que podían caminar
Hay recuerdos que no regresan con ruido. Vuelven como el aroma de la tierra después de la lluvia, como una voz que el tiempo nunca consiguió borrar. Hoy recordé a mi madre.
Una mujer otomí que llevaba en su mirada la memoria de sus ancestros. No necesitaba libros para enseñarme; le bastaban sus palabras. Mientras el mundo me explicaba cómo funcionaban las cosas, ella me enseñaba que también existía un mundo que solo podía comprenderse con el corazón.
Me hablaba de árboles que podían caminar cuando nadie los observaba. De gigantes que alguna vez habitaron estas montañas. De brujas que recorrían la noche y se llevaban a los niños que olvidaban el camino de regreso a casa.
Nunca me dijo: "Esto es un cuento".
Y yo nunca pensé que fuera una mentira. En mi mente de niña, todo era posible.
Crecí creyendo que los árboles respiraban, que las montañas escuchaban y que la noche guardaba secretos. El bosque nunca fue un conjunto de troncos; era un lugar lleno de presencias. El viento no era solo aire: era un mensajero. El silencio tampoco estaba vacío; estaba habitado.
Con los años aprendí que muchas personas llaman fantasía a lo que no pueden explicar. Sin embargo, hoy comprendo que mi madre no intentaba convencerme de que aquellas historias ocurrieran exactamente como las narraba. Me estaba regalando una forma distinta de mirar la vida.
Las historias protegían. Las historias enseñaban. Las historias mantenían viva la memoria de un pueblo.
Cada árbol que caminaba me recordaba que la naturaleza tiene vida propia. Cada gigante hablaba de quienes estuvieron antes que nosotros. Cada bruja representaba el misterio, el respeto por la oscuridad y la prudencia frente a aquello que no comprendemos.
Sin saberlo, mi madre sembró en mí una semilla. La semilla del asombro.
Quizá por eso, aun siendo adulta, sigo buscando aquello que no siempre puede verse. Me conmueven los símbolos, los rituales, el silencio, la energía, las historias que sanan y las preguntas que no tienen una única respuesta.
Hoy entiendo que mi camino no comenzó cuando estudié terapias holísticas ni cuando decidí acompañar procesos de transformación. Comenzó mucho antes.
Comenzó en el regazo de una mujer indígena que, mientras contaba historias imposibles, me enseñaba que existen verdades que solo pueden decirse mediante los mitos.
Y entonces comprendo que mi infancia no fue una colección de cuentos. Fue una herencia. Una herencia invisible que me enseñó a caminar por el mundo con los ojos abiertos y el alma despierta.
A veces me pregunto si aquellos árboles realmente caminaban y sonrío. Porque quizá la verdadera pregunta nunca fue esa, la verdadera pregunta es si nosotros hemos dejado de escuchar el bosque; yo todavía no.
Cada vez que abrazo un árbol, escucho el eco de la voz de mi madre, por un instante, vuelvo a ser aquella niña que creía que el mundo estaba lleno de magia. Tal vez no porque la magia estuviera afuera, sino porque alguien tuvo la sabiduría de sembrarla primero dentro de mí. Gracias mamá.