07/02/2025
Fragmento del texto: “Psicoanálisis y psiquiatría. El papel del psiquiatra y de la medicación en la construcción de espacios transicionales”, de: Luis Sales Alloza
El uso como objeto transicional puede resultar útil en aquellos casos en que no es posible iniciar un diálogo centrado en el yo y sus conflictos, bien por la intensidad de la angustia, bien por la energía de las defensas. Recuerdo el caso de una paciente joven que vino con una depresión tan severa que no hablaba. Entraba, saludaba y a continuación se quedaba sumida en una gran inhibición, agachaba la cabeza, fijaba la mirada en el suelo y no profería palabra en toda la sesión, solamente monosílabos en respuesta a mis preguntas, y a veces ni eso. Como no era un silencio resistencial, interpretable, sino más bien expresión de un vacío, de un estado de profunda soledad interior y como además la frecuencia semanal de las sesiones hacía muy peligroso dejarla tan sola de una sesión a otra, opté por introducir un tratamiento antidepresivo a dosis en principio muy bajas. A partir de ahí, el fármaco nos daba motivo durante la sesión para hablar un rato, teníamos un tema nuestro que tratar. Mientras comentábamos el tratamiento farmacológico, la paciente era capaz de comunicarme cómo le iba, qué efectos notaba, cómo era la experiencia esta vez en comparación a otras veces anteriores en que se había medicado, etc. Solamente eso. Era un nivel muy concreto de comunicación, ciertamente, pero al menos hablábamos. Poco a poco, el diálogo se fue extendiendo y ampliando a otras áreas, y pasado un tiempo el fármaco quedó prácticamente olvidado (aunque la paciente lo siguió tomando durante un largo período).
Cuando la angustia o el dolor son muy fuertes y el yo tiene pocos recursos simbólicos para elaborar un duelo, el paciente no puede hablar de nada y sólo quiere desprenderse del dolor, descargarse. Esta situación es muchas veces transmitida al médico de medicina general, el cual se ve llevado a actuar. Es el clásico: “Deme algo que me quite esto tan malo que tengo”, a lo que el médico responde: “Tómese esto y se le quitará”. Podríamos hablar de función chupete de la medicación, es como si el profesional dijese: “Cállate niño y duérmete”. Pero en psicoanálisis de lo que se trata no es de hacer callar al paciente, sino de ayudarle a que pueda hablar de lo que le pasa.
Dicho en pocas palabras, en lugar de tapar la boca con el medicamento, que es el efecto que tradicionalmente se produce y aquel por el cual muchos psicoanalistas desconfían de la medicación, el objeto fármaco debe servirnos para abrir la mente del paciente a un espacio creativo de comunicación, que antes estaba bloqueado. Ello no se opone en absoluto a la capacidad propiamente farmacológica de la sustancia que administramos, sea un ansiolítico o un antidepresivo, al contrario. Se trata de ir más allá y utilizarlo además como un mediador, algo de lo que nos vamos a servir para entendernos con el paciente.