03/10/2026
OCTUBRE: MES DE LA CONCIENTIZACIÓN DEL DUELO GESTACIONAL, PERINATAL E INFANTIL
Hay duelos que el mundo no siempre ve… pero que el corazón recuerda cada día.
“Mejor que pasó ahorita y no después”.
“Estaban de muy poquitas semanas”.
“Eres joven, vas a tener otros”.
“Por lo menos no alcanzaste a conocerlo”.
“Después tendrás otro bebé”.
“Debes ser fuerte y seguir adelante”.
Son frases que muchas personas dicen intentando consolar, pero que pueden terminar haciendo todavía más silencioso un dolor que ya resulta difícil de explicar.
Octubre también es un momento para darle voz a un duelo que muchas veces la sociedad intenta esconder por incomodidad. Un dolor que merece ser reconocido, nombrado y respetado, aunque quienes están alrededor no sepan qué decir.
Porque cuando una mujer pierde un embarazo, un bebé durante la gestación, al nacer o durante la infancia, no desaparece solamente una presencia física. También puede romperse de golpe todo un futuro que ya había comenzado a imaginar.
Cuando aparece un positivo, no solamente ocurre un cambio en el cuerpo. También comienza a construirse una historia: un nombre, una habitación, una familia y una vida que empieza a imaginarse incluso antes de poder conocer el rostro de ese bebé.
Por eso la pérdida puede sentirse tan profunda. No solamente se pierde aquello que estaba creciendo dentro del cuerpo; también se pierde todo aquello que ya había comenzado a existir dentro del corazón.
Y mientras la madre intenta comprender lo ocurrido, su cuerpo también atraviesa un proceso intenso. Se estaba preparando física y hormonalmente para sostener una vida y, de repente, tiene que adaptarse a una realidad completamente diferente. Puede quedar agotamiento físico, cambios en el cuerpo, desajustes hormonales, tristeza y un vacío difícil de explicar.
Y muchas veces todo esto sucede mientras el mundo continúa como si nada hubiera pasado.
Ahí aparece otra parte profundamente dolorosa de este duelo: sentir que nadie comprende por qué sigues sufriendo por alguien que otros ni siquiera llegaron a conocer.
Porque un bebé no necesita haber nacido para haber ocupado un lugar dentro de una familia. El amor también puede comenzar cuando lo esperamos, imaginamos su llegada, elegimos un nombre y soñamos con conocerlo.
Por eso otro hijo no reemplaza al que murió. Cada bebé tiene su propia historia, su propio lugar y su propio vínculo con quienes esperaban su llegada.
Desde una mirada sistémica, también podemos reconocer la importancia de darle un lugar a ese bebé dentro de la familia. No para quedarse atrapados en el dolor, sino para reconocer que existió, que fue esperado, que fue amado y que forma parte de la historia familiar.
A veces la sanación comienza precisamente cuando podemos dejar de esconder esa existencia y decir internamente:
“Te veo. Sé que exististe. Te reconozco como parte de nuestra familia. Siempre tendrás un lugar en mi corazón”.
Porque darle un lugar a un hijo que murió es permitir que el amor encuentre una forma diferente de permanecer.
Puedes continuar con tu vida y conservar su memoria, volver a sonreír sin sentir que lo estás olvidando y volver a amar sin sentir que estás reemplazándolo.
Si has vivido una pérdida gestacional, perinatal o infantil, no necesitas que te digan que “ya pasó” para poder sanar. Necesitas reconocer que para ti sí pasó algo: hubo un bebé, hubo un vínculo, hubo una ilusión, hubo un futuro imaginado y también hubo una despedida.
Si todavía llevas en silencio la pérdida de un bebé y sientes que ese dolor nunca tuvo un lugar dentro de tu familia, mi libro: “EL DOLOR QUE NO TE PERTENECE” puede ayudarte a mirar esa historia, reconocer ese vínculo y comenzar a soltar con amor aquello que has seguido cargando.
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