13/02/2026
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Freud llamaría a esto compulsión a la repetición: el inconsciente no busca felicidad, busca familiaridad. Si el amor primario tuvo cierto tono (distante, narcisista, salvable, inalcanzable…), el deseo se vuelve experto en encontrar “clones afectivos” con distinto nombre pero mismo guion.
Lacan diría que no elegimos al otro, elegimos el significante: “el rubio misterioso que no sabe lo que siente” como metáfora del objeto a, ese pequeño vacío que creemos que ahora sí vamos a completar.
Y el 14 de febrero se convierte en la escena perfecta: flores, promesas… y el inconsciente diciendo: “tranquila, ya encontré otro con el mismo firmware emocional.”
La negación del “yo no tengo patrón” es casi adorable. Porque el patrón no está en el color de cabello… está en la economía libidinal que insiste en amar donde duele un poquito más de lo necesario.
El verdadero acto revolucionario no es cambiar de pareja. Es cambiar el guión interno.
Y eso, sí que no viene en caja de chocolates.