05/06/2026
Mirar el mundo como lo hacen los niños no significa ser ingenuos ni ignorar las dificultades de la vida. Significa conservar una forma de estar en el mundo que muchas veces perdemos al crecer: la capacidad de sorprendernos.
Un niño puede quedarse observando una hormiga durante varios minutos, hacer diez preguntas sobre una nube o emocionarse con algo que para un adulto parece insignificante. No es porque su realidad sea más sencilla, sino porque aún no ha decidido que ya lo sabe todo. Su mirada está abierta. La curiosidad es más fuerte que la prisa.
Con los años acumulamos experiencia, responsabilidades y certezas. Aprendemos a clasificar las cosas rápidamente, a anticipar resultados y a protegernos de las decepciones. Todo eso tiene valor, pero también puede hacer que la vida se vuelva predecible. Dejamos de mirar y empezamos simplemente a reconocer. Dejamos de descubrir y comenzamos a asumir.
Recuperar algo de la mirada infantil es un acto de resistencia frente a la rutina. Es permitirnos pensar que todavía hay algo nuevo que aprender de una persona conocida, de una calle que recorremos todos los días o incluso de nosotros mismos. Es reemplazar, de vez en cuando, la afirmación “ya sé” por la pregunta “¿y si hubiera algo más que ver?”.
La esperanza también nace de esa actitud. Los niños suelen creer que las cosas pueden mejorar, que los problemas tienen solución y que mañana puede traer algo bueno. La vida adulta nos enseña prudencia, pero no debería robarnos la capacidad de imaginar posibilidades. La esperanza no es negar la realidad; es negarse a creer que la realidad actual es todo lo que existe.
Quizá crecer no consista en abandonar al niño que fuimos, sino en integrarlo. Tener la responsabilidad de un adulto y, al mismo tiempo, la curiosidad de quien sigue maravillándose. Mantener la experiencia sin perder la capacidad de asombro. Caminar con los pies en la tierra, pero con los ojos todavía capaces de descubrir estrellas.
Porque, en el fondo, una vida plena no depende únicamente de lo que nos ocurre, sino de la manera en que aprendemos a mirar lo que nos ocurre.