02/12/2025
Hay algo que suele pasar en terapia: cuando el dolor baja un poco, aparece la ilusión de que ya estamos bien. El síntoma se alivia, las emociones se estabilizan y entonces surge la tentación de pensar que “ya no es necesario seguir”.
Pero, ese es justamente el punto donde el proceso comienza de verdad.
Sentirse mejor no significa haber sanado; significa que el YO se fortaleció lo suficiente para empezar a mirar lo que antes dolía demasiado, comenzar a verse y hacer consciencia. Que la angustia se calma no porque el conflicto haya desaparecido, sino porque ahora el paciente puede sostenerlo sin desbordarse.
En términos clínicos, abandonar la terapia cuando uno empieza a mejorar es como detener una cirugía cuando apenas desapareció el dolor de la anestesia: lo profundo sigue ahí, esperando.
La mejora inicial es importante, sí, pero no es la meta. Es la puerta de entrada al trabajo interno que por fin puede hacerse sin huir, sin someter al cuerpo, sin apagar la emoción.
La terapia no es un analgésico.
Es un espacio donde el paciente aprende a comprenderse, acompañarse y revisar sus raíces, no solo sus síntomas.
Por eso, lo más difícil no es empezar terapia; lo más valioso es quedarse cuando el alivio llega, porque es justo ahí donde comienza la verdadera transformación psíquica.