Ctu Centro de Terapia Psicológica Única

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Terapeuta-Psicólogo
Ciudad de Puebla Zona La Paz
Teléfono 221 559 1143

Terapia Individual y Grupal Tratamiento de Fobias
Terapia del Sueño
Trastornos Cognitivos Demencia-Alzheimer
Apego al tratamiento

19/08/2026

La mujer que no sabía nada

Por Koko Lemus Abreu

Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

Alma abrió los ojos a las seis con cuarenta y siete de la mañana y descubrió que no sabía qué significaban las seis con cuarenta y siete. Había unos números verdes flotando sobre una caja negra junto a la cama y, aunque podía leerlos, no tenía la menor idea de por qué alguien habría puesto una máquina a contar números durante toda la noche. Tampoco sabía por qué estaba acostada junto a un hombre de cincuenta y tantos años que dormía boca arriba con la boca abierta y producía un sonido grave, intermitente, vagamente industrial. Lo observó durante algunos segundos intentando decidir si debía gritar, golpearlo o escapar. Eligió la opción más civilizada: le dio un empujón con el codo. El hombre abrió los ojos y murmuró: “¿Qué pasa, Alma?”. Ella se incorporó de golpe. Acababa de descubrir dos cosas extraordinarias: aquel desconocido sabía su nombre y, aparentemente, ella se llamaba Alma.
“¿Quién eres?”, preguntó. El hombre dejó de bostezar. “¿Cómo que quién soy?”. “Eso pregunté”. Hubo un silencio breve durante el cual él pareció buscar alguna señal de broma en el rostro de su esposa. No la encontró. “Soy Roberto”. Alma procesó el dato. Roberto. El nombre no produjo absolutamente nada. Ningún recuerdo, ninguna emoción, ninguna escena. “¿Y qué haces en mi cama?”. Roberto tardó unos segundos en contestar. “Nuestra cama”, corrigió. “Soy tu marido”. Aquella información era considerablemente más grave que la anterior. Alma miró su mano izquierda. Había un anillo. Lo examinó como quien encuentra una pieza arqueológica. “¿Y esto?”. “Nuestra argolla de matrimonio”. Alma volvió a mirarlo. “¿Contigo?”. Roberto comenzó a preocuparse. Ella también, aunque por razones diferentes.
En menos de veinte minutos Alma descubrió que tenía cincuenta y dos años, llevaba veintisiete casada con Roberto, era madre de dos hijos llamados Mariana y Diego, vivía desde hacía dieciocho años en aquella casa y tenía una perra llamada Frida que, mientras todos intentaban explicarle quién era, insistía en lamerle los pies con una familiaridad que Alma consideró francamente abusiva. El problema no era que hubiera olvidado algunas cosas. Había olvidado todas las cosas. Conservaba el lenguaje, podía caminar, sabía utilizar objetos elementales y comprendía conceptos básicos, pero su autobiografía había desaparecido. Su vida estaba ahí, perfectamente organizada alrededor de ella, solo que Alma era la única persona que no había recibido el instructivo.
Cuando Mariana bajó corriendo las escaleras y trató de abrazarla, Alma retrocedió instintivamente. “Soy yo, mamá”. Aquella palabra produjo un silencio brutal. Mamá. Alma sabía perfectamente qué significaba ser madre. Lo que no sabía era que ella lo fuera. Miró a la joven que tenía enfrente buscando desesperadamente algún indicio que confirmara semejante responsabilidad. Los ojos, la nariz, algún gesto. Nada. “¿Eres mi hija?”. Mariana comenzó a llorar. “Sí”. Alma sintió culpa por hacer llorar a una desconocida y después sintió una culpa todavía más extraña al comprender que aquella desconocida, según todos los presentes, había salido de su cuerpo veinticuatro años antes. “Perdóname”, dijo, porque todavía recordaba para qué servían las disculpas, aunque no recordara a quién debía ofrecérselas.
Después llegaron las preguntas. ¿Sabes dónde estás? No. ¿Sabes qué día es? No. ¿Sabes quién es el presidente? Tampoco, aunque Alma pensó que, considerando las caras de los demás, quizá aquella fuera la menos urgente de sus ignorancias. Roberto llamó a emergencias y durante las siguientes horas su vida se convirtió en una conferencia sobre ella misma. Fotografías, nombres, fechas, médicos, preguntas, estudios, historias. Cada persona parecía poseer una pieza del rompecabezas y todos esperaban que, al mostrársela, Alma exclamara: “¡Claro!”. Pero nada ocurría. Le enseñaron una fotografía de su boda. Allí estaba ella, mucho más joven, abrazada al desconocido que ahora decía llamarse Roberto. “Parecemos contentos”, comentó. Roberto sonrió por primera vez aquella mañana. “Lo estábamos”. Alma levantó una ceja. “¿Estábamos?”. “Estamos”, corrigió rápidamente.
Al volver a casa comenzó la verdadera tragedia, que resultó tener una sorprendente cantidad de comedia doméstica. Alma tenía que aprender quién era y, además, tenía que aprender cómo se suponía que debía ser Alma. Descubrió que tomaba café sin azúcar porque Roberto preparó una taza y se la entregó así. Dio un sorbo y puso una cara espantosa. “¿Yo tomo esto?”. “Todas las mañanas”. “Pues Alma tenía muy mal gusto”. Descubrió que cocinaba porque encontró varios recipientes etiquetados con su letra. Descubrió que odiaba el cilantro porque Diego se lo advirtió antes de que probara una salsa. Lo probó de todas formas y decidió que aquella versión anterior de sí misma quizá tenía razón en algo.
Pero cada descubrimiento exigía un esfuerzo agotador. Abrir un cajón significaba encontrarse con veinte objetos cuya importancia desconocía. Sonaba el teléfono y aparecía “Laura”. ¿Quién demonios era Laura? Roberto explicaba que era su hermana. Alma contestaba y una mujer decía “hermanita” con una intimidad que ella no había autorizado. Entraba al supermercado y tenía frente a sí cuarenta marcas de detergente sin saber cuál compraba normalmente. Elegir cereal se convertía en una investigación de mercado. Vestirse requería estudiar qué prendas parecían combinar entre sí. Incluso cepillarse los dientes podía producir una pregunta: ¿por qué utilizaba aquella pasta dental y no otra?
Al tercer día estaba exhausta. Entonces comenzó a ocurrir algo interesante. Alma empezó a crear reglas.
El café de la lata azul era el que Roberto preparaba por las mañanas. La taza blanca era la suya. Frida comía después de las siete. Mariana llamaba casi todas las noches. El hombre del puesto de frutas se llamaba Ernesto y parecía confiable porque le había dicho “qué bueno verla, señora Alma” sin intentar venderle mangos demasiado maduros. La vecina de enfrente hablaba muchísimo. El horno tardaba más de lo que indicaba la perilla. Roberto dejaba las llaves siempre en lugares distintos y después preguntaba dónde estaban, una costumbre que Alma consideró irritante incluso sin disponer de veintisiete años de antecedentes para confirmarlo.
Su cerebro estaba trabajando horas extras. Clasificaba. Comparaba. Descartaba. Establecía relaciones. Una información recibía más importancia que otra. Algunas personas comenzaban a resultarle familiares. Algunos procedimientos dejaban de requerir atención consciente. El mundo, que tres días antes había sido una avalancha insoportable de información, empezaba lentamente a organizarse. Con el orden llegó el alivio.
Una mañana Roberto le preguntó si quería café. “En la taza blanca”, respondió ella sin pensarlo. Se quedó inmóvil. Acababa de utilizar una expectativa. Ya sabía algo antes de comprobarlo. Sabía dónde estaba su taza. Durante unos segundos sostuvo aquel objeto entre las manos con una emoción desproporcionada para una pieza de cerámica de supermercado. Su cerebro había comenzado nuevamente a construir un mundo.
Sin saberlo, Alma estaba descubriendo una de las habilidades más extraordinarias y menos apreciadas de la mente humana: no tratar toda la información como si fuera igualmente nueva. Vivir sería insoportable si cada mañana tuviéramos que comprobar desde cero quién es nuestra pareja, cómo funciona una cuchara, si el piso soportará nuestro peso o qué significa el sonido del teléfono. Nuestro cerebro necesita construir regularidades, asignar confianza, reconocer patrones y decidir qué información merece mayor atención. Necesita reducir incertidumbre. De otro modo, preparar el desayuno exigiría aproximadamente la capacidad intelectual de dirigir un aeropuerto internacional.
La paradoja era deliciosa. Durante años Alma probablemente había cometido el mismo pecado que cometemos todos: confiar demasiado en ciertas ideas, interpretar rápidamente a las personas, anticipar conductas y convertir experiencias repetidas en certezas. Ahora había conseguido accidentalmente la fantasía del pensamiento crítico absoluto: no creer nada previamente. Y resultaba que era horrible.
Sin experiencias anteriores no había prejuicios, ciertamente, pero tampoco había confianza. No había ideas cristalizadas, pero tampoco referencias. No existía sesgo de confirmación, pero tampoco había nada que confirmar. Cada persona era una incógnita. Cada situación debía analizarse. Cada decisión comenzaba desde cero. Alma había despertado convertida en la mujer intelectualmente más abierta del mundo y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa por no saber qué marca de jabón comprar.
Comprendió algo de esto una tarde, aunque naturalmente no utilizó palabras como “ponderación de precisión” ni “procesamiento predictivo”. Estaba sentada frente a una caja llena de fotografías que Mariana había llevado para ayudarla a reconstruir recuerdos. Su hija sacó una imagen. Alma aparecía junto a otra mujer, ambas riendo en una playa. “Es Teresa”, explicó Mariana. “Tu mejor amiga”. Alma observó la fotografía. “¿Puedo confiar en ella?”. Mariana sonrió. “Muchísimo”. Alma guardó silencio. “¿Cómo lo sabes?”. La muchacha iba a contestar inmediatamente, pero se detuvo. “Porque siempre ha estado contigo”. Alma volvió a mirar la fotografía. “Entonces tendré que confiar en que tú sabes en quién confiaba yo”. Mariana se rio. “Supongo”. Alma también. Era absurdo: para reconstruir su sistema de confianza necesitaba comenzar confiando en alguien.
Aquella noche escribió en una libreta los nombres de las personas que había conocido durante esos días y junto a cada nombre anotó lo que sabía. Roberto: marido, paciente, pierde las llaves, hace café horrible. Mariana: hija, sensible, explica bien, aparentemente confiable. Diego: hijo, hace bromas cuando está nervioso, llama menos pero aparece cuando hace falta. Teresa: amiga, pendiente de comprobación. Frida: perra, excesivamente afectuosa, confiabilidad alta excepto cerca de alimentos.
Alma todavía no recuperaba sus recuerdos cuando, varios meses después, encontró aquella primera libreta. Leyó las descripciones que había escrito sobre su familia y comenzó a reír. Roberto seguía perdiendo las llaves, aunque ya no siempre. Mariana seguía explicando bien las cosas, excepto cuando hablaba de sus novios. Diego efectivamente llamaba poco, pero había resultado ser quien mejor comprendía cuándo su madre necesitaba silencio.
Entonces Alma comprendió algo que antes de perder la memoria probablemente nunca había necesitado pensar. Una vida sin creencias sería imposible. Una vida gobernada por creencias inamovibles sería apenas un poco menos imposible. Necesitamos construir certezas provisionales, suficientes para levantarnos por la mañana sin investigar nuevamente quién duerme a nuestro lado, pero lo bastante flexibles para descubrir que esa persona puede sorprendernos.
Cerró la libreta y Roberto preguntó desde la cocina: “¿Has visto mis llaves?”. Alma estuvo a punto de responder que seguramente las había perdido otra vez. Se detuvo. Miró la mesa, después el perchero y finalmente sus propios bolsillos. Allí estaban.

Sanar es amar.

06/08/2026

¿Por qué el cerebro y las redes sociales aprenden a pensar igual?

Tu cerebro y las plataformas digitales tienen algo en común: ambos aprenden de lo que repites.

Cada vez que prestas atención a un contenido, reaccionas, das "me gusta", comentas o compartes, las redes sociales registran ese patrón y comienzan a mostrarte más de lo mismo. Al mismo tiempo, tu cerebro fortalece esas conexiones neuronales, haciendo que esas ideas parezcan cada vez más familiares, importantes... e incluso verdaderas.

Así, el cerebro y los algoritmos empiezan a aprender uno del otro, creando un círculo que refuerza creencias, emociones y formas de interpretar la realidad.

🎙️ En este episodio de ONDAS ALFA, La Frecuencia de tu Ser, exploramos cómo la neurociencia y la tecnología se encuentran para explicar por qué vemos realidades tan diferentes y qué podemos hacer para recuperar el pensamiento crítico.

🎧 Escúchalo y comparte tu opinión a través de las plataformas de
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Te invitamos a nuestro: 🍃 Taller terapéutico 🍃⌛Duración del taller: 6 sesiones (1 quincenal)⏳Duración de la sesión: 1 ho...
25/07/2026

Te invitamos a nuestro: 🍃 Taller terapéutico 🍃

⌛Duración del taller: 6 sesiones (1 quincenal)

⏳Duración de la sesión: 1 hora 30 minutos

⏰Horarios: Viernes 7 pm o Sábados a las 12 pm

📆Sesiones quincenales, pregunta por nuestras próximas fechas.

📍Ubicación: Colonia La Paz

💵Costo: $150.00 por persona por sesión. Total $900.00 (pago por sesión)

📉Pago anticipado: $790.00 (primera sesión)

ℹ️Info. wa.me/2215591143

Toda historia merece un final de amor y comprensión ❤️. Esta es tu oportunidad de darle un cierre a esa historia que compartes con aquellos que han trascendido.🍁

25/07/2026

Taller terapéutico grupal de duelo. Sesión 4.

23/07/2026

La ropa que ya no te queda

Por Koko Lemus Abreu
Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

Hay un momento curioso que todos hemos vivido, aunque pocas veces le prestamos atención. Ocurre cuando abrimos un clóset, encontramos una prenda que durante años fue nuestra favorita y decidimos volver a ponérnosla. Recordamos perfectamente cuándo la compramos, las ocasiones importantes en las que nos acompañó y hasta las personas que nos dijeron que nos veía bien. Sin embargo, basta intentar abotonarla para descubrir que algo cambió. No es solo que hayamos subido o bajado de peso. Cambió porque el cuerpo ya no es el mismo. La ropa sigue siendo exactamente la misma, pero quien intenta habitarla ya no lo es. Lo curioso es que, durante unos segundos, solemos culpar al espejo antes que aceptar una realidad: algunas cosas dejan de pertenecernos porque nosotros seguimos creciendo mientras ellas permanecieron exactamente donde las dejamos.

Con la identidad ocurre algo parecido, aunque resulta mucho más difícil notarlo porque no la colgamos en un gancho ni la doblamos en un cajón. La llevamos puesta todos los días. Nos levantamos con ella, discutimos con ella, educamos a nuestros hijos con ella, elegimos pareja con ella y hasta imaginamos el futuro a través de ella. La llamamos personalidad, carácter o forma de ser, como si hubiera aparecido terminada el día que nacimos. Sin embargo, buena parte de aquello que hoy defendemos como "así soy" comenzó siendo una solución bastante ingeniosa para resolver los problemas de otra época.

El niño que descubrió que sacar buenas calificaciones era la manera más rápida de recibir un abrazo quizá terminó convirtiéndose en el adulto que no sabe cuando parar porque siente que siempre debe demostrar su valor. La adolescente que aprendió que discutir en casa solo traía problemas pudo transformarse en la mujer que pide perdón incluso cuando no hizo nada malo. El joven que recibió reconocimiento únicamente cuando resolvía los conflictos familiares tal vez terminó creyendo que su lugar en el mundo consiste en hacerse indispensable para todos. Ninguno de ellos tomó esa decisión una mañana frente al espejo. Fueron adaptaciones inteligentes. Estrategias que, en su momento, ayudaron a conservar el cariño, evitar un castigo o encontrar un lugar dentro de la familia. El inconveniente aparece cuando seguimos utilizando esas mismas estrategias décadas después, aunque el escenario haya cambiado por completo.

Resulta llamativo que la vida tenga un extraño sentido del humor. Justo cuando creemos haber aprendido a desempeñar nuestro papel con soltura, cambia el libreto. Llega un nuevo trabajo, una separación, el nacimiento de un hijo, la jubilación, una enfermedad o simplemente una etapa en la que aquello que siempre funcionó deja de ofrecer los mismos resultados. Es aquí cuando la ropa ya no nos queda. Entonces hacemos lo que casi todos: intentamos esforzarnos el doble. Si siempre fui el fuerte, ahora trataré de ser todavía más fuerte. Si siempre complací a los demás, ahora intentaré agradar aún más. Si durante años me convencí de que mi valor dependía de ser útil, trabajaré hasta el agotamiento para recuperar esa sensación de importancia. Es una reacción comprensible. Cuando el mapa deja de coincidir con el territorio, solemos pensar que el problema está en el camino y no en el mapa.

Por eso muchas personas sienten que viven atrapadas en una repetición constante. Cambian de empleo, de pareja, de ciudad o de proyectos, pero ciertas escenas parecen regresar con distintos actores. No porque exista una fuerza misteriosa que dirija el destino, sino porque seguimos interpretando la realidad desde la misma versión de nosotros mismos. Es como intentar leer una novela nueva dejando un separador, siempre en la misma página. Tarde o temprano volveremos al lugar donde nos quedamos la vez anterior.

Durante mucho tiempo se creyó que crecer consistía en acumular experiencias. Hoy sabemos que eso no siempre ocurre. Hay personas que atraviesan innumerables acontecimientos sin modificar la manera en que los comprenden, mientras otras, a partir de una sola experiencia, reorganizan por completo su forma de mirar el mundo. La diferencia no está únicamente en lo que sucede, sino en la disposición para revisar las historias que nos contamos acerca de lo sucedido. Esa capacidad de observar nuestras propias conclusiones con cierta distancia probablemente sea uno de los aprendizajes más valiosos de la vida adulta.

No deja de sorprender que dediquemos tanto esfuerzo a actualizar el teléfono celular, el automóvil, la computadora o el guardarropa y, sin embargo, demos por hecho que la idea que tenemos sobre nosotros mismos debe permanecer intacta durante décadas. Nos preocupamos porque un programa de computadora quedó obsoleto, pero rara vez pensamos que algunas de nuestras certezas también pueden haber caducado. Seguimos diciendo "yo soy así" con la misma seguridad con la que alguien insistiría en utilizar un mapa de hace treinta años para recorrer una ciudad que hoy tiene nuevas avenidas, colonias y caminos.

De este modo llegamos a comprender que las preguntas: "¿quién soy?" o "¿cómo puedo cambiar?" resultan insuficientes. Es posible que convenga empezar por otra mucho más sencilla: "¿Desde cuándo creo esto sobre mí?". Esa pequeña variación tiene un efecto curioso. Deja de tratar a la identidad como una sentencia y comienza a verla como una historia. Y toda historia, por muy antigua que sea, tiene un autor, un contexto y un momento en el que comenzó a escribirse.

Eso no significa que debamos declarar la guerra a nuestro pasado. Al contrario. Muchas de las decisiones que hoy juzgamos con dureza fueron, en realidad, extraordinarios actos de adaptación. El problema no es haberlas tomado. El problema aparece cuando olvidamos que eran respuestas para una etapa específica y las convertimos en leyes permanentes. La niña que aprendió a ser invisible para evitar conflictos merece comprensión, no desprecio. El adolescente que decidió no volver a confiar después de una traición probablemente estaba intentando protegerse. El hombre que convirtió el trabajo en el centro de su vida quizá solo buscaba sentirse valioso. Cada uno hizo lo mejor que pudo con las herramientas que tenía en ese momento.

La buena noticia es que crecer no exige renunciar a esa historia. Exige agradecerle el servicio que prestó y preguntarle si todavía necesita seguir ocupando el asiento del conductor. Hay una enorme diferencia entre respetar el camino recorrido y permitir que siga decidiendo todos los caminos futuros. Una identidad saludable conserva la memoria sin quedarse a vivir en ella. Aprende de la experiencia sin convertirla en prisión. Reconoce que el pasado explica muchas cosas, pero no está obligado a escribir todas las páginas que aún faltan.

La madurez tiene menos que ver con encontrar respuestas definitivas y mucho más con aprender a formular preguntas distintas. En lugar de repetir "así soy", podríamos empezar a decir "así aprendí a responder durante una etapa de mi vida". Parece un cambio mínimo de palabras, pero abre un horizonte completamente diferente. La primera frase cierra cualquier posibilidad. La segunda deja espacio para la curiosidad, el aprendizaje y el crecimiento.

La próxima vez que abras el clóset y encuentres esa prenda que alguna vez fue tu favorita, quizá valga la pena sonreír antes de guardarla nuevamente. Mira el resto de la ropa. Seguramente descubrirás que hay otras prendas que hoy reflejan mucho mejor la persona en la que te has convertido. Con la identidad ocurre lo mismo. No todas las versiones de nosotros están destinadas a acompañarnos toda la vida. Algunas llegaron para ayudarnos a atravesar una etapa y, cuando esa etapa termina, también merecen descansar. Al fin y al cabo, crecer no consiste en olvidar quién fuimos, sino en permitir que la persona que somos hoy tenga, por fin, un lugar donde respirar.

Sanar es amar.

¿Alguna vez has dado por hecho una explicación... y después descubriste que la realidad era muy diferente?En cuestión de...
22/07/2026

¿Alguna vez has dado por hecho una explicación... y después descubriste que la realidad era muy diferente?

En cuestión de segundos, nuestra mente suele completar los espacios en blanco con una historia... y muchas veces la creemos sin cuestionarla.

Pero, ¿y si esa fuera solo una de muchas posibles explicaciones?

Este ejercicio no consiste en pensar de forma positiva ni en negar lo que sientes. Consiste en hacer algo mucho más valioso: aprender a considerar diferentes posibilidades antes de emitir un juicio definitivo sobre ti mismo o sobre los demás.

Porque una interpretación no es un hecho... es una hipótesis que merece ser revisada.

💭 Una de las enseñanzas más importantes de esta herramienta es dejar espacio para decir:

"Todavía no tengo toda la información."

Y esa simple frase puede evitar muchos malentendidos, conflictos y sufrimiento innecesario.

✨ Recuerda:

Una situación puede revelar algo sobre las circunstancias... pero no define tu valor como persona.

❤️ Si esta reflexión te hizo pensar, compártela. Nunca sabemos cuándo alguien necesita recordar que no todo lo que piensa... es necesariamente la realidad.

🎙️ Y recuerda que, si no pudiste escuchar el programa en vivo, puedes disfrutarlo cuando quieras en nuestro podcast de Spotify: Ondas Alfa: La Frecuencia de Tu Ser.

Escúchalo aquí:
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Te invitamos a nuestro: 🍃 Taller terapéutico 🍃⌛Duración del taller: 6 sesiones (1 quincenal)⏳Duración de la sesión: 1 ho...
21/07/2026

Te invitamos a nuestro: 🍃 Taller terapéutico 🍃

⌛Duración del taller: 6 sesiones (1 quincenal)

⏳Duración de la sesión: 1 hora 30 minutos

⏰Horarios: Viernes 7 pm o Sábados a las 12 pm

📆Sesiones quincenales iniciando viernes 24 de julio y sábado 25 de julio

📍Ubicación: Colonia La Paz

💵Costo: $150.00 por persona por sesión. Total $900.00 (pago por sesión)

📉Pago anticipado: $790.00 (primera sesión)

ℹ️Info. wa.me/2215591143

Toda historia merece un final de amor y comprensión ❤️. Esta es tu oportunidad de darle un cierre a esa historia que compartes con aquellos que han trascendido.🍁

¿Alguna vez te has preguntado si reaccionas a lo que realmente ocurrió... o al significado que aprendiste a darle?A vece...
21/07/2026

¿Alguna vez te has preguntado si reaccionas a lo que realmente ocurrió... o al significado que aprendiste a darle?

A veces una sola situación puede hacernos sentir rechazados, insuficientes o poco valorados. Sin embargo, el problema no siempre está en el hecho, sino en el libreto que nuestra mente activa automáticamente para interpretar lo que sucede.

🧠 "Sacar el libreto a la luz" es una herramienta que te ayudará a descubrir qué creencias aprendidas están dirigiendo tus emociones y tus decisiones sin que te des cuenta.

A través de este ejercicio aprenderás a diferenciar entre lo que ocurrió y lo que tu mente concluyó, para reconocer que muchas de esas reglas no son verdades absolutas, sino aprendizajes que alguna vez tuvieron sentido... y que hoy pueden ser transformados.

💭 Una de las ideas más poderosas de esta herramienta consiste en cambiar una sola frase:

En lugar de decir:
"Así soy."

Prueba decir:
"En algún momento aprendí que debía ser así."

Ese pequeño cambio puede abrir la puerta a una nueva forma de entenderte, con más compasión y menos juicio.

✨ Recuerda:

"Esta idea forma parte de mi historia, pero no representa toda la realidad ni define por completo quién soy."

❤️ Si esta reflexión resonó contigo, compártela. A veces, el primer paso para cambiar nuestra historia es reconocer que no estamos obligados a seguir el mismo guion de siempre.

🎙️ Y recuerda que, si no pudiste escuchar el programa en vivo, puedes escucharlo cuando quieras en nuestro podcast de Spotify: Ondas Alfa: La Frecuencia de Tu Ser.

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¿Qué haces cuando la vida rompe tus planes?Todos hemos vivido momentos en los que las cosas no salen como esperábamos: u...
19/07/2026

¿Qué haces cuando la vida rompe tus planes?

Todos hemos vivido momentos en los que las cosas no salen como esperábamos: una discusión inesperada, la pérdida de un empleo, el final de una relación, un cambio de planes o una noticia que transforma nuestra rutina.

En esos momentos solemos pensar que lo importante es lo que pasó. Sin embargo, desde la psicología existe una pregunta aún más poderosa:

¿Cómo reaccioné cuando mi mundo dejó de seguir el guion que yo había escrito?
¿Intentas que todo vuelva a ser como antes?
¿Buscas comprender por qué ocurrió?
¿O aprovechas la experiencia para conocerte mejor y crecer a partir de ella?

No existe una respuesta "correcta". Lo importante es reconocer desde dónde reaccionamos, porque solo aquello que hacemos consciente puede transformarse.

💭 El psicólogo Jack Mezirow llamó a estos momentos "dilemas desorientadores": situaciones que desafían nuestras creencias y nos invitan a construir una nueva manera de comprender la vida. Aunque suelen ser incómodos, también pueden convertirse en el inicio de un profundo crecimiento personal.

❤️ Si esta reflexión te hizo sentido, compártela. A veces, el cambio que más tememos es el que termina transformándonos en una mejor versión de nosotros mismos.

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¿Cuántas decisiones de tu vida tomas porque realmente las deseas... y cuántas porque sientes que "deberías"?Con el tiemp...
18/07/2026

¿Cuántas decisiones de tu vida tomas porque realmente las deseas... y cuántas porque sientes que "deberías"?

Con el tiempo dejamos de ver estas ideas como aprendizajes y comenzamos a vivirlas como si fueran verdades absolutas.

Pero... ¿alguna vez te has preguntado de dónde vienen esos "debería" que dirigen tu vida?

🧠 "Los 'debería' que dirigen mi vida" es un ejercicio que te ayudará a identificar esas reglas invisibles que influyen en la forma en que interpretas la realidad, te relacionas con los demás y tomas decisiones.

Descubrirás que muchas de las exigencias que hoy te impones no nacieron contigo: las aprendiste en algún momento de tu historia. Y si fueron aprendidas... también pueden ser revisadas y transformadas.

💭 Una de las reflexiones más poderosas de este ejercicio es cambiar una sola frase:

En lugar de decir:
"Una buena persona siempre debe ayudar a todos..."

Prueba decir:
"Aprendí que una buena persona siempre debe ayudar a todos..."

Ese pequeño cambio puede abrir la puerta a una gran transformación.

❤️ Si esta publicación te hizo pensar, compártela con alguien que necesite recordar que vivir no siempre consiste en cumplir expectativas, sino en construir una vida coherente con sus propios valores.

🎙️ Y recuerda que, si no pudiste escuchar el programa en vivo, puedes disfrutarlo cuando quieras en nuestro podcast de Spotify: Ondas Alfa: La Frecuencia de Tu Ser.

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