30/05/2026
Por ahí dicen que quienes trabajamos en educación a veces estamos como en un mal matrimonio: nos quedamos por los niños. 😅 Y aunque la frase tiene mucho de broma, también tiene algo de verdad. Hay días cansados, retos inesperados, preocupaciones y uno que otro dolor de cabeza. Pero al final siempre son ellos quienes nos recuerdan por qué vale la pena.
Hoy tuve el privilegio de vivir el último pase de lista de mis alumnos de sexto semestre. Hace apenas tres años llegaron con sus caras de niños, llenos de inquietudes, sueños, dudas y una energía inagotable. Hoy los veo convertidos en jóvenes más seguros, con mayor claridad sobre quiénes son y hacia dónde quieren ir.
Quienes trabajamos en la educación vemos pasar generación tras generación, pero eso no hace más fácil despedirse. Siempre existe esa mezcla extraña de alegría y nostalgia al verlos partir.
He tenido la fortuna de acompañar a muchos de ellos no solo desde el ámbito académico, sino también desde Pastoral. Ahí conocí historias que guardo con mucho cariño, sus alegrías, sus tropiezos, sus primeros amores, sus preocupaciones familiares y la manera en que fueron encontrando la fuerza para salir adelante.
Por momentos me pregunto si realmente escogí esta vocación, porque hay días en que siento que fue ella quien me eligió a mí. Ver crecer a los jóvenes en lo académico, humano y espiritual es uno de los regalos más grandes que he recibido.
Gracias, generación 2026, por permitirme formar parte de su historia. Me llevo recuerdos, aprendizajes y la enorme satisfacción de verlos convertirse en personas extraordinarias.
Ahora sí, vuelen alto. Y recuerden que, aunque ya no estén en las aulas, siempre habrá quienes los recordemos con cariño, incluso a aquellos que nos sacaron algunas canas antes de tiempo.