21/04/2026
Muchos adultos, cuando hieren, no se detienen a revisar lo que hicieron, sino a defender la manera en que lo hicieron. No preguntan si lastimaron, si humillaron, si asustaron o si cerraron la posibilidad de hablar; lo que hacen es levantar una frase como escudo: “yo hablo así y punto”. Y en esa frase, que a veces parece tan cotidiana y tan inofensiva, cabe la enorme trampa de convertir la propia forma de herir en un rasgo de identidad, en una especie de salvoconducto que los autoriza a actuar como actúan.
Una cosa es reconocer que uno tiene una historia, un temperamento, unas heridas o unas maneras aprendidas de reaccionar; y otra muy distinta es usar todo eso como permiso para seguir descargándose sobre quien tiene menos poder, menos recursos emocionales y menos posibilidades de defenderse. Hay frases que no describen simplemente una personalidad, sino que van más allá y revelan una renuncia a revisarse.
A muchos niños se les exige una comprensión inmensa frente al mal genio, la dureza o la torpeza emocional de los adultos. Se les pide que entiendan que “así es papá”, que “así habla mamá”, que “no lo dicen por mal”, que “hay que conocerles el genio”, pero esa comprensión que tan fácilmente se les exige a los hijos no siempre va de regreso. Porque mientras el adulto reclama aceptación para su manera de ser, al niño se le corrige el tono, el gesto, el llanto, la demora, la frustración y hasta la forma de sentirse. El adulto tiene derecho a ser como es, pero el niño no.
Haber sufrido no vuelve justo hacer sufrir, ni haber sido criado con dureza transforma la dureza en virtud. Comprender de dónde vienen ciertas formas de hablar o de reaccionar puede ser importante, pero comprender no es justificar. A veces, la verdadera madurez no empieza cuando un adulto logra explicar por qué es como es, sino cuando deja de usar esa explicación como refugio y se atreve a preguntarse qué está dejando en los hijos cada vez que habla desde ahí.
Decir “yo hablo así y punto”, más que cerrar una discusión, cierra la posibilidad de revisar el daño.