10/07/2026
Cínica de Rehabilitación "Arcángel Metatrón" (Querétaro).
"Consejería en adiciones"
Leyenda del Consejero: "El Guardián del Faro"
Había una vez, en una costa rocosa y azotada por tormentas, un faro que guiaba a los barcos perdidos en la noche. El farero, un hombre viejo y sabio, conocía cada arrecife, cada corriente y cada engaño del mar. Todas las noches, subía a la torre y encendía la luz, no para navegar él mismo, sino para que otros pudieran encontrar el camino a puerto seguro.
Una noche, un joven llegó a la puerta del faro. Venía empapado, con el rostro surcado por la sal y las lágrimas. Había naufragado tantas veces que ya no recordaba cómo era sentir tierra firme bajo sus pies.
—Quiero que me lleves a la orilla —le exigió al farero—. Enséñame el camino.
El farero lo miró con calma y respondió:
—Yo no puedo navegar tu barco, joven. Mi deber es encender la luz para que tú puedas ver los escollos y elegir tu propia ruta. El viaje es tuyo, y solo tú puedes tomar el timón.
El joven se enojó. Quería que el farero remara por él, que cargara su peso, que le diera respuestas fáciles. Pero el farero, con paciencia, le mostró el mapa de aquella costa traicionera, le enseñó a leer las estrellas y le advirtió sobre las corrientes que arrastraban a los incautos hacia el abismo.
Pasaron los meses. El joven intentó zarpar muchas veces. Algunas noches, el farero veía su barco tambalearse, casi volcarse, y sentía la tentación de lanzarse al agua para salvarlo. Pero sabía que si lo hacía, el joven nunca aprendería a mantenerse a flote por sí mismo. Entonces, desde lo alto, encendía la luz con más fuerza, iluminándole el camino, pero dejando que fueran sus propias manos las que gobernaran el timón.
Una madrugada, cuando el cielo comenzaba a clarear, el joven regresó al faro. Pero esta vez no llegó como un náufrago: llegó como un marinero. Su barco estaba entero, sus ojos brillaban con la claridad de quien ha enfrentado la tormenta y ha salido victorioso.
—He llegado a la orilla —dijo—. Gracias por la luz.
El farero sonrió y respondió:
—No me des las gracias a mí. La luz siempre estuvo ahí. Tú fuiste quien decidió mirarla y seguir su destello.
Desde entonces, el joven se quedó junto al farero. No para que lo guiaran, sino para aprender a encender la luz para otros. Y así, comprendió que el verdadero oficio del consejero no es cargar con el barco de nadie, sino sostener la llama para que otros encuentren su propio rumbo.