27/04/2026
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El amor no cae del cielo. No es un milagro que te toca o una suerte que te salva. El amor es como la tierra: se cultiva, se riega, se trabaja.
Desde niñas nos enseñaron que el amor romántico es entrega total, aguantar, sacrificarnos hasta desaparecer. Que si duele es porque es verdadero. Que si no nos quema, no es amor. Mentira.
La tierra no da frutos si solo una persona la riega. Se seca. Se agrieta. Se vuelve estéril. Y así pasa con nosotras cuando sostenemos relaciones solas, cuando cargamos con todo el trabajo emocional, cuando nos dicen que amar es perder el nombre propio.
Desde el feminismo aprendimos que amar también es poner límites. Es negociar el cuidado. Es entender que mi tiempo vale, que mi cuerpo no es territorio de conquista, que mi paz no se negocia por migajas de cariño.
Cultivar el amor es responsabilidad compartida. Yo pongo semillas, tú pones agua. Yo quito la mala hierba, tú abonas. Si solo una siembra, la tierra se cansa. Si solo una cosecha, la otra se vacía.
El amor feminista no es menos romántico. Es más real. Porque elige quedarse desde la libertad, no desde el miedo. Porque no confunde intensidad con violencia. Porque sabe que el amor que no te deja crecer, no es amor. Es jaula.
Nosotras ya no queremos príncipes que nos rescaten. Queremos compañía que tome la pala y cultive a la par. Que entiendan que el amor no es destino. Es decisión diaria. Es tierra fértil cuando se trabaja en común, no cuando una sola se desangra para que florezca.
El amor que merecemos riega, no inunda. Acompaña, no posee. Libera, no encierra. Y esa tierra, chingona y nuestra, sí da frutos.