Dr. Jesús García Rizo

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11/03/2026

La actriz Hilary Duff dedicó un conmovedor mensaje para despedir a Robert Carradine, su entrañable ‘papá’ en la serie de ‘Lizzie McGuire’.

El actor de 71 años se quitó la vida como consecuencia de una dura batalla de casi 20 años contra el trastorno bipolar.

“Esperamos que su camino pueda servir para arrojar luz y fomentar que se enfrente el estigma que acompaña a las enfermedades mentales”, dijo su familia.

Las palabras de Hilary no solo recuerdan a un gran compañero de set, sino que nos invitan a ser más empáticos con las batallas silenciosas de los demás.

19/01/2026
13/01/2026

Hoy 13 de enero, es el Día Mundial de la Lucha contra la Depresión, un día que nos recuerda que la depresión es un trastorno real que afecta a millones de personas, y convoca a la concientización sobre esta, ya que existe mucha desinformación, estereotipos, ideas erróneas en incluso romantización acerca de la depresión, y no darle la importancia debida, puede terminar con destinos fatales.

Pero a la vez, es un llamado, para aquellos que han sufrido o sufren depresión, para recordarles que a pesar de todo, siguen aquí, fuertes en la lucha contra sus demonios internos.

Si no tienes depresión, por favor, presta atención a los señales, aunque no lo creas, puedes salvar una vida, con el hecho de estar presente y escuchar.

Y, si sufres depresión, recuerda que, está bien no estar bien, y que no es debilidad pedir ayuda, eres más fuerte de lo que crees, no te digo que no tengas miedo, ya que es normal tenerlo, pero si es posible superarlo 🤍

13/01/2026

es el Día Mundial de la Lucha Contra la Depresión ☹️, es considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) la principal causa de discapacidad en el mundo. 🙁💔

¡Recuerda pedir ayuda! 🆘

07/01/2026

Le dijeron que nunca hablaría. Se convirtió en una de las voces más influyentes del mundo.
Porque a veces lo que te distingue es justo lo que el mundo necesita.

En 1950, un médico examinó a Temple Grandin, de dos años, y le dio a su madre un veredicto que parecía definitivo.

Su hija nunca hablará.
Nunca vivirá de forma independiente.
Debería internarla en una institución y seguir adelante.

Temple se mecía de un lado a otro, inaccesible por su nombre o por la mirada de los demás. Los sonidos la abrumaban. El contacto la llenaba de pánico. Gritaba, se cerraba en sí misma y parecía vivir en un mundo al que nadie más podía entrar. El diagnóstico de la época fue “daño cerebral”. Lo que hoy conocemos como autismo.

La solución aceptada en los años cincuenta era simple y cruel: esconderla. Hacerla desaparecer.

Su madre, Eustacia Cutler, se negó.

Ignoró a los expertos. Rechazó la institucionalización. Buscó terapeutas, maestros y a cualquiera dispuesto a trabajar con una niña a la que el sistema ya había dado por perdida. Y, más importante aún, le dio permiso para ser diferente.

Temple habló tarde. Y cuando lo hizo, sus palabras eran literales, rígidas, directas. Las normas sociales no tenían sentido para ella. Las expresiones faciales la agotaban. La conversación trivial era una carga.

Pero empezó a notar algo en sí misma que los demás no veían.

Ella no pensaba con palabras.
Pensaba en imágenes.

Si alguien decía “perro”, la mayoría imaginaba una idea vaga. Temple veía todos los perros que había conocido, con forma, tamaño, color y contexto. Su mente funcionaba como un archivo visual.

Sus sentidos estaban hiperafinados. Los ruidos fuertes eran dolorosos. Las etiquetas de la ropa eran insoportables. Ciertas texturas la desbordaban. El mundo no dejaba de golpearla.

Pero esa sensibilidad escondía un don.

De adolescente, en el rancho de su tía, observó cómo trasladaban al ganado por una manga estrecha. Los animales entraban en pánico. Se resistían. Se golpeaban. Los ganaderos lo llamaban terquedad.

Temple vio otra cosa.

Sombras que parecían agujeros. Cadenas que tintineaban como amenazas. Reflejos de luz que, para una vaca, eran alarmas visuales. Desde el punto de vista del animal, el entorno era aterrador.

Y Temple comprendía ese miedo. Porque ella también era una pensadora sensorial.

Entonces empezó a diseñar.

Curvas en lugar de rectas, para que los animales no vieran lo que había delante. Paredes sólidas para bloquear distracciones. Menos contrastes, menos objetos colgantes, menos estímulos agresivos. Sustituyó la fuerza por la comprensión.

Se rieron de ella.
Era autista.
Era mujer.
No venía de una familia ganadera tradicional.

Pero los animales respondieron.

El estrés bajó. Las lesiones disminuyeron. El manejo se volvió más seguro y más humano. Los resultados hablaron.

Temple siguió adelante.

Obtuvo títulos universitarios y un doctorado en zootecnia. Soportó escepticismo, rechazo y condescendencia. La confundían con grosera porque no adornaba sus palabras. Pero ella no se desvió.

Se aferró a la observación.
A los datos.
A la verdad.

Hoy, casi la mitad de las instalaciones ganaderas de Norteamérica utilizan diseños basados en sus ideas. Millones de animales sufren menos miedo porque ella vio lo que otros no podían ver.

Temple se convirtió en profesora universitaria, autora y conferencista. Escribió Pensando en Imágenes, dando por primera vez una voz interna al autismo. Habló cuando las personas autistas no eran escuchadas.

Repetía siempre lo mismo:

Diferente, no menos.

En 2010, fue nombrada una de las personas más influyentes del mundo. Su historia fue llevada al cine. Recibió premios y reconocimiento internacional.

La niña que debía desaparecer terminó enseñándole al mundo cómo escuchar.

No solo transformó una industria. Transformó una forma de entender la mente humana.

Antes de ella, el autismo era visto como una tragedia. Algo que debía ocultarse o corregirse. Temple demostró que era una forma distinta de percibir el mundo.

Una que puede ver patrones invisibles.
Una que detecta lo que otros ignoran.
Una que construye lo que otros no imaginan.

Ella no superó el autismo.

Lo usó.

Y al hacerlo, nos recordó algo esencial: el progreso siempre ha dependido de mentes que no encajan del todo.

El mundo le dijo que nunca importaría.

Ella le enseñó al mundo a escuchar.

17/11/2025

En 1944, mientras Europa ardía en su conflicto más oscuro, un pediatra austriaco observaba otro tipo de silencio.
Uno que no venía de las bombas, sino de las mentes que vivían en un mundo propio.

Hans Asperger examinó a cientos de niños y jóvenes, y descubrió algo que entonces nadie sabía nombrar:
personas que parecían caminar en paralelo al resto,
con dificultades para comunicarse,
con una soledad que no era elegida,
pero también con una luz interior imposible de ignorar.

Lo llamó “psicopatía autista”, y décadas después el mundo lo conocería como síndrome de Asperger.

Asperger vio lo que nadie veía:
que algunas de estas mentes, lejos de ser “defectuosas”, poseían una precisión casi imposible,
una mirada distinta,
una capacidad obsesiva que podía convertirse en genio.

— Isaac Newton, incapaz de mantener amistades cercanas, pero capaz de imaginar un universo entero.
— Albert Einstein, solitario y soñador, que hablaba tarde pero cambió para siempre el lenguaje de la física.
— Marie Curie y su hija Irène Joliot-Curie, mentes incansables que vivían entre probetas y ecuaciones.
— Paul Dirac, el físico que hablaba tan poco que sus colegas bromeaban con “las unidades Dirac de silencio”, y que aun así formuló una de las ecuaciones más bellas de la historia científica.

Lo que Asperger descubrió era revolucionario para la época:
que el autismo no era un fallo del sistema, sino otra forma de existir.
Una forma con sus propios desafíos, sí,
pero también con un potencial extraordinario.

La obsesión se volvía método.
La soledad, foco.
La diferencia, fuerza.

Newton pasaba horas construyendo modelos mecánicos y esos juegos infantiles terminaron convirtiéndose en instrumentos ópticos que cambiarían la ciencia.
Einstein caminaba solo por las calles de Berna, murmurando ecuaciones que nadie entendía.
Dirac encontraba armonía en una ecuación antes que en una conversación.

Asperger escribió:
“Estos niños viven en su mundo propio, pero ese mundo propio puede enriquecer al nuestro.”

Hoy lo entendemos mejor:
la neurodiversidad no es un error en el patrón humano,
es parte del patrón.
Una de las muchas formas que tiene la inteligencia de manifestarse.

Y a veces, son precisamente esas mentes solitarias las que iluminan caminos que nadie más había visto.

12/11/2025
29/10/2025

Research suggests that receiving around four hugs a day can help improve emotional well being by reducing anxiety, loneliness, and depression. The concept, inspired by therapist Virginia Satir’s famous words about the power of hugs, highlights how physical touch supports mental health. Hugs trigger the release of oxytocin, often called the “love hormone,” which promotes calmness, lowers stress, and boosts mood. A 2024 meta analysis by Ruhr University Bochum and the Netherlands Institute for Neuroscience found that touch based interactions like hugging ease pain and emotional distress across all ages. Scientists say simple human touch remains one of the most effective yet underused tools for healing and connection.

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