05/05/2026
Nuestra madre es nuestro primer vínculo con la vida. A través de ella no solo llegamos al mundo, sino que también recibimos de manera consciente e inconsciente una forma de relacionarnos con el amor, el cuidado, la pertenencia y la abundancia.
Cuando la relación con la madre fluye, incluso con sus imperfecciones, la persona suele sentirse “tomando la vida” con mayor apertura. Hay una sensación interna de permiso para existir, para disfrutar, para vincularse. En cambio, cuando hay rechazo, distancia emocional, juicio o heridas no resueltas, es común que aparezcan dificultades en distintas áreas: relaciones de pareja, autoestima, conexión con el propio cuerpo o incluso con el éxito y el dinero.
Tomar a la madre tal como es. No desde la resignación, sino desde el reconocimiento de que ella, con su historia y sus límites, fue el canal a través del cual recibimos la vida. Cuando dejamos de luchar internamente contra lo que “no fue” y honramos lo que sí hubo, algo se ordena dentro: soltamos la exigencia, el reclamo constante y el deseo de que el pasado hubiera sido distinto.
Esto no significa justificar heridas ni negar el dolor, sino asumir una posición más adulta: reconocer que ahora somos responsables de lo que hacemos con lo recibido. Desde ahí, se abre la posibilidad de “maternarnos” a nosotros mismos, es decir, darnos aquello que quizá faltó: cuidado, validación, ternura y límites amorosos.
Al final, la relación con la madre no solo habla de ella, sino de cómo estamos parados frente a la vida.