03/08/2026
La soledad del cirujano: Una reflexión después de 36 años de ejercer la cirugía.
A lo largo de estos años dedicados a la cirugía, he comprendido que el mayor reto de esta profesión nunca ha sido aprender una nueva técnica ni dominar un procedimiento complejo. Lo verdaderamente difícil ha sido construir, con el paso de los años, un juicio quirúrgico sólido: esa capacidad que solo la experiencia otorga para tomar decisiones bajo presión, valorar riesgos con objetividad y actuar con serenidad cuando el bienestar de otra persona depende de nuestras manos.
Sin embargo, incluso ese juicio experto no prepara por completo para la carga más pesada de nuestra profesión: aprender a convivir con la responsabilidad que acompaña cada decisión.
Cada vez que entro al quirófano siento el mismo respeto por la cirugía que experimenté al inicio de mi carrera. Soy plenamente consciente de que todo procedimiento implica riesgos. No obstante, la experiencia acumulada, la actualización médica continua y el apego a la mejor evidencia y a las guías clínicas internacionales me permiten enfrentar cada caso con seguridad, criterio y confianza.
La experiencia no elimina la responsabilidad; la hace aún más consciente. Y quizá esa sea la mayor enseñanza de toda una vida dedicada a esta profesión.
Hoy, sin embargo, percibo un cambio profundo.
No es la cirugía en sí lo que más me preocupa. Lo que ha cambiado es todo aquello que la rodea.
Antes de programar una intervención, además de analizar el diagnóstico, planear la estrategia quirúrgica y procurar la máxima seguridad del paciente, inevitablemente aparecen preguntas que hace algunos años apenas ocupaban espacio en mi mente: ¿cómo será interpretada una complicación inherente al procedimiento?, ¿existirá una valoración objetiva de los hechos o se buscará de inmediato un responsable?, ¿se sustentará en criterios médicos o en percepciones ajenas a la realidad clínica?
Resulta paradójico que, después de miles de procedimientos realizados y de una trayectoria profesional construida durante más de tres décadas, experimente hoy mayor tensión antes de una cirugía que cuando era un cirujano joven. No porque haya disminuido mi confianza en mis conocimientos o en mis habilidades técnicas; por el contrario, nunca me he sentido mejor preparado. La diferencia es que el entorno en el que ejercemos ha cambiado profundamente.
Un artículo recientemente publicado “The Lonely Surgeon” describe con notable precisión esta realidad. La responsabilidad del cirujano continúa siendo profundamente individual, pero la presión externa se ha intensificado. Los pacientes llegan con información obtenida en Internet y en las redes sociales; en ocasiones es útil y bien fundamentada, pero otras veces resulta incompleta, descontextualizada o simplemente incorrecta. Al mismo tiempo, con frecuencia parece que las instituciones, la opinión pública y, en ocasiones, incluso los procesos legales, buscan primero identificar a un culpable antes que comprender la complejidad inherente a la atención médico-quirúrgica.
Esa transformación ejerce una presión silenciosa sobre muchos cirujanos.
En mi caso, lo que hoy genera mayor ansiedad al programar una cirugía no es el acto operatorio. Es la posibilidad de que un resultado adverso —incluso cuando corresponda a una complicación probablemente esperada, explicada previamente y tratada de manera adecuada— termine convirtiéndose en un conflicto legal capaz de poner en duda una trayectoria profesional construida con esfuerzo, honestidad y dedicación durante toda una vida.
La cirugía siempre ha exigido fortaleza emocional. Sin embargo, pocas veces se habla del peso psicológico que implica tomar decisiones trascendentales todos los días, sabiendo que de ellas dependen la salud y, en ocasiones, la vida de otras personas.
A pesar de todo, sigo convencido de que ejercer esta especialidad continúa siendo un privilegio.
Treinta y seis años de práctica me han enseñado que la inmensa mayoría de los pacientes depositan en nosotros algo mucho más valioso que su enfermedad: su confianza. Esa confianza, expresada con esperanza, respeto y gratitud, es la que da verdadero sentido a mi profesión y la que, incluso en los momentos más difíciles, reafirma mi vocación.
Quizá el mayor desafío de la cirugía moderna ya no consista únicamente en perfeccionar una técnica quirúrgica. Tal vez el verdadero reto sea conservar la serenidad, la objetividad, la integridad y la vocación en un entorno cada vez más complejo, donde el juicio profesional convive con presiones sociales, mediáticas y legales que hace apenas unas décadas eran impensables.
Porque, al final, un buen cirujano no es solo quien domina la técnica, sino quien continúa actuando con ética, prudencia, compasión y responsabilidad, aun sabiendo que muchas de las decisiones más importantes de su vida profesional deberá tomarlas, inevitablemente, en soledad.
Y quizá esa sea la esencia de nuestra profesión: aceptar que, aunque la cirugía se realiza en equipo, la responsabilidad moral de decidir siempre recae, en última instancia, sobre una sola persona: el cirujano.