04/08/2026
Milagros de la ciencia médica, es maravilloso el cuerpo humano.
¡Qué magnificas y bellas son tus obras Señor!
⚜️
El corazón de Anna Bågenholm llevaba más de dos horas sin producir circulación cuando llegó al hospital. Su temperatura interna había descendido hasta los 13,7 °C.
Los médicos no detuvieron la reanimación.
La llevaron al quirófano y comenzaron a calentar su sangre fuera del cuerpo.
Todo había empezado durante la tarde del 20 de mayo de 1999, en las montañas cercanas a Narvik, al norte de Noruega.
Anna tenía 29 años, trabajaba como médica en formación y era una esquiadora experimentada. Aquella tarde salió a practicar fuera de pista con dos compañeros del hospital, Marie Falkenberg y Torvind Næsheim.
Los tres conocían la zona.
Descendían por una garganta cubierta de nieve cuando Anna perdió el control. Cayó de espaldas sobre el hielo que ocultaba un arroyo alimentado por el deshielo.
La superficie se abrió.
Su cabeza y la parte superior del cuerpo desaparecieron bajo el hielo mientras sus piernas y los esquís permanecían afuera. La corriente comenzó a arrastrarla por debajo de la capa congelada hasta dejarla atrapada entre varias rocas.
El agua llenó rápidamente su ropa.
Sus compañeros llegaron a tiempo para sujetar los esquís y evitar que desapareciera completamente bajo el hielo. Intentaron tirar de ella, pero el cuerpo estaba encajado y la superficie congelada tenía unos veinte centímetros de espesor.
Anna encontró una pequeña bolsa de aire.
Permanecía boca arriba, con la nariz y la boca dentro de aquel espacio estrecho, mientras el resto de su cuerpo estaba sumergido en agua casi congelada.
Apenas siete minutos después del accidente, sus compañeros pidieron ayuda por teléfono.
Luego volvieron a sujetar los esquís.
Durante cuarenta minutos sintieron que Anna luchaba bajo el hielo. Movía el cuerpo intentando liberarse y trataba de comunicarse desde la bolsa de aire.
Después dejó de moverse.
Marie y Torvind eran médicos. Comprendían lo que probablemente estaba ocurriendo, pero continuaron sujetándola para impedir que la corriente se la llevara.
Los primeros rescatistas intentaron romper el hielo con una pala para nieve. La herramienta no era lo bastante fuerte.
También utilizaron una cuerda.
Nada funcionó.
Otro grupo consiguió llegar desde la parte inferior de la montaña con una pala puntiaguda. En lugar de abrir el hielo directamente sobre Anna, perforaron un agujero corriente abajo y trataron de alcanzarla desde allí.
A las 7:39 de la noche lograron extraerla.
Habían transcurrido aproximadamente ochenta minutos desde la caída.
Anna no respiraba. No tenía circulación detectable. Sus pupilas estaban dilatadas y no reaccionaban a la luz.
La reanimación comenzó inmediatamente.
Un helicóptero de rescate llegó pocos minutos después. Un anestesiólogo la intubó, comenzó a ventilarla con oxígeno y mantuvo las compresiones torácicas durante el traslado.
El vuelo hasta el Hospital Universitario de Tromsø duró cerca de una hora.
Las maniobras no consiguieron reiniciar su corazón.
Anna llegó al quirófano a las 9:10 de la noche. El electrocardiograma no mostraba actividad y su temperatura inicial era de aproximadamente 14,4 °C.
Mientras preparaban el procedimiento, la medición re**al descendió hasta los 13,7 °C.
Era una temperatura que, hasta entonces, ningún adulto con hipotermia accidental había sobrevivido de manera documentada.
A pesar de su apariencia, había una razón para continuar.
Anna se había enfriado progresivamente mientras su corazón todavía funcionaba. Antes de que la circulación se detuviera por completo, el frío ya había reducido considerablemente la actividad de sus órganos y la necesidad de oxígeno de su cerebro.
La hipotermia estaba matándola.
Al mismo tiempo, podía estar retrasando parte del daño que normalmente aparece pocos minutos después de un paro circulatorio.
Los médicos conectaron los vasos sanguíneos de sus piernas a una máquina de circulación extracorpórea. El dispositivo retiraba la sangre fría, la hacía pasar por un intercambiador de calor y la devolvía gradualmente a su cuerpo.
No podían calentarla de manera brusca.
Una diferencia excesiva de temperatura podía causar nuevas lesiones, alterar la circulación y hacer fracasar el procedimiento.
El equipo continuó trabajando mientras la máquina asumía temporalmente las funciones del corazón y los pulmones.
A las diez de la noche apareció una fibrilación ventricular.
Era un ritmo caótico e incapaz de impulsar sangre, pero significaba que el corazón comenzaba a mostrar actividad.
Quince minutos después apareció un ritmo capaz de producir pulso.
El corazón de Anna volvía a mover sangre por sí mismo.
El rescate todavía estaba lejos de terminar.
Durante el procedimiento surgió una hemorragia relacionada con uno de los accesos vasculares y fue necesario abrir el tórax para reparar la lesión. Más tarde, el deterioro de los pulmones obligó a conectarla a un sistema de oxigenación extracorpórea.
Las primeras nueve horas en el hospital estuvieron dedicadas a reanimarla, calentarla y estabilizarla.
Permaneció cinco días conectada al sistema de soporte extracorpóreo y veintiocho días en cuidados intensivos. Sus riñones, pulmones y aparato digestivo sufrieron complicaciones.
También desarrolló una lesión grave en los nervios periféricos.
Cuando recuperó la conciencia, podía pensar y reconocer lo que ocurría, pero apenas conseguía mover el cuerpo. Durante un tiempo creyó que permanecería paralizada.
La supervivencia había llegado antes que la recuperación.
Necesitó ventilación mecánica durante treinta y cinco días. Al cumplirse dos meses fue trasladada a una unidad de rehabilitación, donde comenzó a recuperar lentamente la fuerza y el movimiento de las extremidades.
Cinco meses después del accidente, su capacidad mental era considerada excelente. Todavía conservaba debilidad parcial en brazos y piernas, pero ya caminaba, realizaba excursiones, volvía a esquiar y comenzaba a reincorporarse al trabajo.
Con el tiempo terminó su formación y se especializó en radiología.
Trabajó en el mismo hospital donde una noche decenas de personas se negaron a considerarla irrecuperable.
Su caso fue publicado en la revista médica The Lancet y se convirtió en una referencia para el tratamiento de la hipotermia profunda con paro circulatorio.
La historia suele resumirse diciendo que el frío salvó a Anna.
La frase está incompleta.
El frío detuvo su corazón, dañó sus nervios y llevó sus órganos al límite. También enfrió su cerebro antes de que desapareciera la circulación y retrasó el daño durante el tiempo necesario para que llegara la ayuda.
Después hicieron falta dos compañeros que no soltaron sus esquís, rescatistas capaces de atravesar el hielo, una hora de reanimación durante el vuelo, una máquina que calentó su sangre y un equipo médico que siguió trabajando frente a un cuerpo que parecía no conservar ninguna señal de vida.
Anna no venció al invierno.
El invierno ralentizó la muerte durante el tiempo suficiente para que otras personas pudieran alcanzarla.