31/07/2026
Muchas familias llegan a consulta convencidas de que el problema está únicamente en el adolescente: “es desafiante”, “es grosero”, “no obedece”, “no le interesa la escuela”. Y aunque estas conductas son reales y requieren intervención, pocas veces el problema se encuentra únicamente en el joven.
Uno de los mayores retos en la terapia con adolescentes no es solo trabajar con ellos, sino también con el contexto en el que viven. Con frecuencia encontramos hogares donde los límites son inconsistentes, el tiempo frente a las pantallas es excesivo, existen pocas responsabilidades acordes a su edad y la principal estrategia para modificar la conducta suele ser el castigo.
Paradójicamente, es mucho menos frecuente reforzar las conductas que sí queremos ver. Expresiones como: “¿Por qué voy a felicitarlo si es su obligación?” hacen que los comportamientos adecuados pasen desapercibidos, mientras que la atención se concentra casi exclusivamente en los errores.
Desde una perspectiva conductual, cambiar una conducta implica modificar las contingencias que la mantienen. No basta con pedirle al adolescente que actúe diferente; es necesario construir contextos donde esas nuevas conductas sean más probables y tengan consecuencias que favorezcan su mantenimiento.
Por eso, en muchas ocasiones, el problema no es únicamente el adolescente. Es un sistema completo que, sin darse cuenta, está contribuyendo a que ciertos patrones de comportamiento se mantengan.
Y ahí aparece uno de los mayores desafíos para quienes hacemos psicoterapia: aunque podamos identificar qué cambios serían útiles, no siempre las familias cuentan con la disposición, el tiempo, los recursos o las condiciones para implementarlos. Cambiar la conducta de una persona suele ser difícil; cambiar la dinámica de todo un sistema familiar lo es aún más.