24/06/2026
Hubo una época en la que muchas madres y padres educaban a golpes. Cinturones, chanclas, cables, palos o cualquier objeto que estuviera al alcance podían convertirse en herramientas de “disciplina”.
Algunas heridas desaparecían en días; otras permanecieron durante décadas en forma de miedo, ansiedad, inseguridad o dificultad para relacionarse con los demás.
Es importante entender algo: la mayoría de esas mujeres no actuaban desde la maldad, sino desde sus propias heridas. Muchas vivían agotadas, sobrecargadas, sin apoyo emocional, atrapadas en matrimonios difíciles, pobreza, violencia o una cultura que normalizaba el castigo físico. Sin embargo, comprender el contexto no significa justificar el daño.
La neurosis no es simplemente “estar loca”. Es un estado de tensión emocional constante, de ansiedad, frustración, miedo, ira reprimida y conflictos internos no resueltos.
Muchas madres de generaciones anteriores cargaban con enormes cantidades de sufrimiento psicológico que nunca pudieron expresar ni sanar. En ocasiones, los hijos se convertían en el lugar donde descargaban esa tensión acumulada. El golpe no era una estrategia educativa; era una reacción emocional.
Lo más llamativo es que muchos adultos que fueron golpeados defienden hoy esos métodos diciendo: “Gracias a esos golpes soy un hombre de bien”. Pero esa afirmación merece ser examinada con cuidado.
No estar en la cárcel no significa estar emocionalmente sano.
No consumir dr**as no significa haber desarrollado una autoestima saludable.
Tener trabajo no significa haber aprendido a relacionarse de manera segura con los demás.
Pagar cuentas no significa haber sanado las heridas de la infancia.
Muchas personas confunden supervivencia con bienestar psicológico. Creen que porque lograron funcionar en la sociedad, los golpes fueron beneficiosos. Pero rara vez se preguntan cuántas oportunidades perdieron por miedo, cuántas relaciones sabotearon por desconfianza, cuántas veces callaron para evitar conflictos o cuántas noches vivieron con ansiedad sin entender de dónde venía.
La verdadera pregunta no es: “¿Sobreviví a los golpes?”
La verdadera pregunta es: “¿Quién habría sido yo sin ellos?”
Quizá habría tenido más confianza en mí mismo.
Quizá me habría sentido digno de amor sin tener que demostrar nada.
Quizá habría aprendido a expresar mis emociones sin vergüenza.
Quizá habría vivido con menos miedo al rechazo, al error o al abandono.
Cuando una persona agradece los golpes porque “salió bien”, está cometiendo un error lógico. Es como agradecer una fractura porque el hueso soldó y es más fuerte. El hecho de que alguien haya logrado recuperarse no convierte la lesión en algo bueno.
La evidencia psicológica moderna es clara: el miedo puede producir obediencia, pero no produce madurez emocional. Produce sumisión, hipervigilancia, resentimiento o dificultades afectivas. Un niño puede aprender a comportarse para evitar un golpe, pero no necesariamente aprende empatía, responsabilidad o autocontrol.
Un hombre de bien no es alguien que simplemente trabaja, paga impuestos y evita la cárcel. Un hombre de bien es alguien capaz de amar sin miedo, poner límites sin violencia, expresar emociones sin vergüenza, recibir afecto sin sospecha y construir relaciones sanas con los demás y consigo mismo.
Por eso, reconocer el daño de los golpes no es un acto de resentimiento hacia nuestros padres. Es un acto de honestidad. Significa dejar de romantizar el sufrimiento y aceptar que una persona puede haber hecho lo mejor que sabía hacer y, al mismo tiempo, habernos lastimado profundamente.
Sanar comienza cuando dejamos de llamar amor a lo que fue miedo y dejamos de llamar educación a lo que, muchas veces, fue violencia.