01/05/2026
𝑪𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒖𝒏𝒂 𝒑𝒔𝒊𝒄ó𝒍𝒐𝒈@ 𝒔𝒆 𝒆𝒏𝒇𝒆𝒓𝒎𝒂
Hay algo que casi no se dice en voz alta: a quienes cuidamos de otros también nos cuesta aceptar cuando necesitamos ser cuidados.
Todo empezó como muchas veces empieza… una tos, un malestar leve, la idea de que “no es nada”. Y entonces aparece esa parte de mí que quiere cumplir, que quiere estar, que no quiere fallar. Esa parte que se sienta frente a cada paciente con la convicción de sostener, de acompañar, de dar continuidad… incluso cuando el cuerpo empieza a pedir lo contrario.
Ser psicóloga en consulta privada también implica una realidad muy poco romántica: si no trabajo, no hay ingreso. Y entonces, mientras el cuerpo se debilita, la mente se llena. Piensas en los procesos que estaban por comenzar, en los que ya están en marcha y necesitan sostén, en las sesiones canceladas, en los pagos, en los pendientes… en todo eso que no se ve, pero pesa.
Y sí… también está esa búsqueda silenciosa de ir al médico esperando más una “alta” que una pausa. Como si descansar fuera un lujo y no una necesidad.
Pero enfermarme también me confrontó. Me obligó a detenerme. A reconocer que no soy solo la que sostiene, también soy humana. También me canso. También necesito espacio, cuidado, tiempo.
Hoy, desde este lugar, lo que más resuena en mí es el agradecimiento.
A cada uno de mis pacientes, por su comprensión, por su empatía, por recordarme —sin decirlo— que el vínculo terapéutico también se construye desde lo humano.
A mi familia, a mis colegas, por estar.
Y, sobre todo, a mi esposo… por sostenerme cuando yo no podía, por cuidarme, por acompañarme en silencio, por ser refugio emocional… y también, sin ruido, soporte en todo lo demás.
Porque al final, incluso quienes acompañamos procesos, también atravesamos los nuestros.
Y en ese recordatorio, hay algo profundamente humano… y profundamente sanador.