22/08/2026
¿Existe una Relación Masónica con el ídolo Baphomet?
Para muchos, tras las puertas cerradas de las Logias Masónicas, hay un nombre que susurra con más fuerza: el de Baphomet. Algunos afirman que la Orden Masónica lo adora en secreto, ocultándolo al mundo bajo el manto de rituales reservados; otros aseguran que sólo se trata de una invención diabólica que la Iglesia Católica creó para destruir a los Templarios y ahora condenar a los Masones. ¿Es posible que una corriente profunda, invisible para la mayoría de los propios masones, guarde en su interior un pacto antiguo que nunca se revela a los profanos? ¿Hay una Masonería verdadera que trasciende religión, política y razón, y que en su silencio protege algo demasiado grande para ser dicho en voz alta? Los grados filosóficos templarios, especialmente dentro del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, reviven la herencia de aquellos caballeros del Temple… y donde algunos ven honor, otros ven sombras que no se han disipado en ochocientos años.
Grado Masónico propiamente Templario
27º — Soberano Comendador del Templo
Es el grado más directamente vinculado a la Orden del Temple. Su mensaje honra el juramento, la lealtad, el sacrificio y la defensa del santuario interior; revive el ideal de los antiguos Caballeros Templarios no como ejército material, sino como guardián de la Verdad .
I. La sombra que nació en la hoguera
Todo comienza con los Caballeros Templarios. Fundados hacia 1118 por Hugo de Payns y André de Montbard, reconocidos oficialmente en 1128 bajo el nombre de Pobles Compañeros de Cristo y del Templo de Salomón, pasaron de ser nueve caballeros pobres a la orden más poderosa de la cristiandad. Su riqueza, su influencia y su cercanía a los secretos del Oriente despertaron envidias profundas. El viernes 13 de octubre de 1307, Felipe el Hermoso ordenó detenerlos en toda Francia. Bajo tortura, muchos confesaron lo que se les exigía: renegar de Cristo, escupir sobre la cruz, adorar una cabeza misteriosa… y Baphomet.
Sin embargo, los documentos originales cuentan otra historia. En las actas reales de arresto, en los artículos de acusación del papa Clemente V, el nombre de Baphomet no aparece. De 231 caballeros interrogados por comisionados pontificios en París, solo 12 mencionaron algo parecido —siempre bajo tormento—, mientras que 183 confesaron renegar de Cristo y 180 haber ultrajado la cruz. La palabra misma podría derivar de Mahoma (Mahoma), o de una fórmula griega que significaría «absorción en la sabiduría», o de un juego de letras al revés: Tem-Abas, «Padre del Templo de la Paz de todos los Hombres». Ninguna mención de una figura con cuerpo humano y cabeza de cabra. Lo que se describía era una cabeza: con una o tres caras, de plata o madera, a veces barbuda, a veces resplandeciente en la oscuridad.
II. El rostro que nadie vio… hasta el siglo XIX
La imagen que hoy conocemos como Baphomet no tiene origen medieval. Nació en la pluma del masón Éliphas Lévi en 1856, cuando dibujó la figura andrógina con cabeza de cabra, alas, antorchas y pentagrama en el pecho para su obra Dogma y Ritual de la Alta Magia. Lévi mezcló dioses egipcios, la cabra de Mendes, simbolismo gnóstico y su propia imaginación, y afirmó que el pentagrama invertido representaba al mal. Antes de él, nadie asociaba la estrella de cinco puntas con el demonio ni con Baphomet.
Luego vino Leo Taxil, quien en 1894 confesó haber fabricado todo un escándalo literario para atacar a la Masonería, incorporando figuras semejantes como prueba falsa. Más tarde, autores como Paul Jagot, Oswald Wirth y Maurice Bessy repitieron la imagen sin citar fuente alguna. Recién en 1966, Anton Szandor LaVey fundó la Iglesia de Satán y adoptó el símbolo como propio, cerrando el círculo de confusión: lo que nació como calumnia política, pasó por la fantasía ocultista del siglo XIX y terminó convertido en emblema de un movimiento moderno, sin raíz histórica real.
III. La huella en la Masonería: ¿sombra o reflejo?
Aquí surge la inquietud más inquietante: ¿por qué entonces tantos —incluso masones— sienten que Baphomet pertenece a la Orden? Parte de la confusión viene de Albert Pike, soberano Gran Comendador del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, quien citó a Éliphas Lévi sin cuestionar su origen, escribiendo sobre Baphomet como figura de sabiduría oculta. ¿Significa esto que Pike conocía una verdad secreta que la mayoría ignora? ¿O simplemente repitió lo que la literatura de su tiempo ofrecía?
Los grados templarios de la Masonería honran la lealtad, el sacrificio y la búsqueda del Santo Grial; no adoran figuras demoníacas. Los sellos de los antiguos Templarios mostraban cruces, corderos, peces, leones… nunca pentagramas invertidos ni cabezas de cabra. Sin embargo, la duda persiste: ¿existe una corriente profunda, una Masonería interior que no se limita a lo escrito en los rituales públicos, donde los símbolos se transforman y lo que parece cabra es en realidad otra cosa? ¿Es Baphomet el nombre oculto de una fuerza que trasciende el bien y el mal tal como los conocemos?
IV. El verdadero rostro: el chivo que carga con todo
Más allá de calumnias y fantasías, hay un sentido profundo y sagrado que se ha olvidado. Baphomet, en su raíz más antigua, evoca el chivo expiatorio del rito del Yom Kipur, el Día del Perdón descrito en el Levítico. En el día más solemne del año, dos machos cabríos eran elegidos: uno era sacrificado, su sangre rociada ante el Arca del Pacto como ofrenda de reconciliación; sobre el otro, el sumo sacerdote ponía las manos y confesaba todas las culpas del pueblo, y era llevado al desierto para nunca volver.
Uno representaba la muerte sustitutiva: el justo que paga por el pecado de los demás —precisamente lo que la tradición cristiana reconoce en Jesucristo, el «Carpintero» que cargó con nuestra deuda—. El otro representaba la liberación: la iniquidad arrastrada a tierra desierta, sin retorno. Ninguno era demonio. Ambos eran símbolos de amor y expiación. La imagen de la cabra que hoy aterroriza nació para recordarnos que alguien carga con lo que nosotros no podemos llevar.
V. La puerta entreabierta
Entonces, ¿hay algo oculto? Sí: el misterio no está en adorar un ídolo, sino en comprender lo que está detrás de todos los ídolos. La Masonería, en sus grados superiores, invita a mirar más allá de las apariencias. Algunos han visto en Baphomet la síntesis de opuestos: masculino y femenino, cielo y tierra, luz y oscuridad —una imagen de la unidad que todo lo abarca—. Otros han tomado esa imagen y la han convertido en ídolo o en arma. La verdad, como siempre, depende de quién mira y con qué corazón.
Lo que es seguro: la figura demoníaca que circula hoy no viene de los Templarios ni de la Masonería. Viene de la política que los destruyó, de la imaginación literaria del siglo XIX y de movimientos modernos que adoptaron lo ajeno como propio. Pero la pregunta permanece, como un eco en el Templo: ¿será que hay algo real, antiguo y poderoso, que se ha disfrazado de monstruo para protegerse de quienes no sabrían comprenderlo?
Desvelar la historia de Baphomet: su origen como acusación falsa lanzada por la Iglesia y la corona de Francia contra los Caballeros Templarios en 1307, sin aparecer en los documentos originales; su invención visual por Éliphas Lévi en 1856; su difamación por Leo Taxil y su posterior adopción por la Iglesia de Satán en 1966. Se aclara que ni los Templarios históricos ni la Masonería tradicional —incluidos los grados templarios del Rito Escocés— han adorado a Baphomet, aunque la confusión se ha alimentado de citas de autores como Albert Pike y de la literatura ocultista. Se revela el sentido profundo y sagrado olvidado: la figura remite al chivo expiatorio del Yom Kipur, símbolo de expiación y liberación, prefiguración del sacrificio de Cristo. Finalmente, se plantea la inquietud: ¿existe una sabiduría interior, oculta a la mayoría, que ha usado estas imágenes para proteger verdades demasiado grandes para el mundo profano?
Alcoseri